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Bancos, estados y crisis financieras

PRINCETON – La etapa más reciente de la crisis financiera, desde la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, se ha caracterizado por pérdidas de grandes bancos y la continua amenaza de colapsos bancarios. La dimensión de la calamidad plantea el interrogante de si los países pequeños realmente pueden afrontar rescates bancarios.

Ahora bien, la definición de "pequeño" cambia permanentemente: hace unos meses, pequeño significaba Islandia, luego significó Irlanda y ahora significa Reino Unido. La secuela de la crisis bancaria exige pensar no sólo en la forma más apropiada de legislación bancaria, sino también en el tamaño apropiado del estado.

Siempre ha habido incertidumbre sobre el mejor diseño de un sistema bancario, y siempre ha habido competencia entre diferentes tipos de regulación bancaria. Por un lado, existe la idea -que definió a la banca durante gran parte de la historia norteamericana- de que los bancos deben estar próximos a los riesgos que deben juzgar. Ese ideal surgió de la lucha titánica de Andrew Jackson con Nicholas Biddle y el Second Bank of the United States. Se lo obligó al populismo a competir contra los financistas, y ganó el populismo. En consecuencia, la mayoría de los bancos norteamericanos del siglo XIX no tenían sucursales, y se circunscribían a un estado.

La estrategia alternativa fue la de Canadá, que, por sus raíces en la seguridad del régimen británico, le tenía mucho menos miedo a la centralización política, y estaba dispuesto a tolerar un sistema bancario a nivel nacional. El gran sistema bancario de Canadá distribuyó el riesgo más ampliamente, y obtuvo mejores resultados en episodios de pánico financiero, ya sea en 1907 como en 1929-1933.

El principio de banco más grande tiene dos atractivos principales. Primero, promete una gestión de riesgo más efectiva, porque los bancos grandes están menos expuestos a un solo tipo de cliente (a diferencia de los bancos rurales norteamericanos, que sufrieron cuando los agricultores norteamericanos sufrieron). Segundo, se presta de manera mucho más efectiva a un pensamiento estratégico de largo plazo sobre la dirección general de la economía nacional, o incluso internacional.

Sin embargo, los bancos más grandes empiezan a tener problemas cuando estos dos principios se confunden. La idea del banco más grande alcanzó su punto culminante en Europa continental, especialmente en Alemania, cuyo voluminoso sistema bancario pasó de las finanzas comerciales a las finanzas industriales a fines del siglo XIX.

En aquel momento, los países se interesaban ansiosamente en los modelos financieros desarrollados en otras partes. Después del pánico de 1907, el Congreso norteamericano convocó a una Comisión Monetaria Nacional, cuyo potencial modelo interesante y atractivo para Estados Unidos era el de los bancos al estilo alemán, que fueron imitados en Rusia, Japón, Italia y Egipto. Para 1931, hasta a Gran Bretaña le costaba resistirse al modelo alemán. También, realizó una investigación oficial y estableció la Comisión Macmillan, con el objetivo de escuchar evidencias sobre el mal servicio que los bancos británicos le brindaban a la industria británica, y sobre el mejor desempeño del modelo alemán en materia de convertir ahorros en finanzas industriales.

La Gran Depresión puso fin a este impulso imitador en el que parecía imponerse el banco universal. Por desafortunada coincidencia, la Comisión Macmillan dio a conocer su informe el 13 de julio de 1931, el día en que quebraba el banco universal más dinámico de Alemania, el Darmstädter Bank.

Para los años 1990, sin embargo, la emulación de otros modelos bancarios volvió a ponerse de moda. La construcción de imperios financieros movilizó la globalización de fines del siglo XX. Había una carrera competitiva de un lado a otro del Atlántico y -en menor medida- del Pacífico.

De hecho, la integración gradual del potencialmente vasto mercado de capitales europeo, y la creación de bancos europeos interfronterizos como resultado de las fusiones, daban la sensación de que estuviera surgiendo una nueva raza europea de superbancos. De la misma manera, Japón respondió a su crisis bancaria creando instituciones fusionadas muy grandes, mientras que Estados Unidos derogó gran parte de la legislación de la era de la depresión que restringía la banca. Finalmente, después de la crisis del peso de 1994-1995 en México y la crisis financiera asiática de 1997-1998, Estados Unidos exportó su nuevo modelo bancario a las economías de los mercados emergentes. Los bancos españoles y norteamericanos desembarcaron activamente en América latina.

El atractivo aquí era la oportunidad de una visión estratégica, que supo ver claramente y luego perseguir Robert Rubin, primero como secretario del Tesoro en la administración Clinton y luego como asesor del nuevo gigante de la banca norteamericana, Citigroup, que surgió de una fusión de 1998.

Pero los nuevos superbancos eran inherentemente vulnerables debido a la vasta diversidad y complejidad de sus transacciones. Mucho antes del surgimiento del problema de las hipotecas de alto riesgo, Citigroup se vio perjudicado por el comportamiento de sus operadores de Londres, que intentaron manipular el mercado europeo de bonos del gobierno, y por sus operadores de Tokio.

A una corporación industrial transnacional le resulta mucho más simple implementar controles para asegurar la calidad del producto. Por el contrario, en una empresa cuyo negocio es la intermediación financiera, se toman millones de decisiones de manera independiente, y sus implicancias pueden ser lo suficientemente serias como para amenazar a toda la firma.

Cuando la estrategia sale mal, empiezan las recriminaciones. Los estados europeos tradicionales de tamaño mediano no pueden permitirse tener una visión estratégica para sus bancos. Pero, incluso para Estados Unidos, la noción de un mundo que se mantiene unido gracias al plan de negocios de Citigroup es simplemente demasiado costosa. Existe el peligro de que en el afán de nacionalizar  bancos como consecuencia de la crisis financiera, los gobiernos crean que es su obligación implementar estrategias.

La visión estratégica de un banco que forje las fortunas económicas de un país, o de todo el mundo, es tan errónea como la idea de una planificación económica central. En este sentido, 2007-2009 es el equivalente capitalista de la defunción comunista de 1989-1991.

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