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Prohíban el bono común

FRANCFORT – Con la agudización de la crisis financiera global, los diferenciales entre los bonos gubernamentales de diferentes países de la Unión Monetaria Europea (UME) durante un tiempo se ampliaron drásticamente. En relación a los bonos alemanes, los diferenciales en febrero de rentabilidad del mercado secundario de los bonos gubernamentales con vencimientos cercanos a los diez años eran de 141 puntos base para Italia, 257 para Grecia y 252 para Irlanda, comparado con apenas 32, 84 y 25 puntos base, respectivamente, en 2000.

En los primeros años de la UME, las tasas de interés a largo plazo en los países de la eurozona en mayor o menor medida convergían a los niveles bajos registrados en países como Francia, Alemania y Holanda antes de la introducción del euro. Italia y Grecia experimentaban una enorme reducción del costo que implicaba servir su deuda pública en comparación con los días previos a la UME. Para mucha gente, la introducción del euro significó no sólo que el riesgo monetario -es decir, el riesgo de devaluación- había desaparecido, sino también que todos los miembros de la zona del euro ahora pertenecían a un área económica de estabilidad monetaria y, gracias a la disciplina del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, de estabilidad fiscal.

Es más, antes de la crisis, las diferencias en las tasas de interés a largo plazo entre los miembros de la UME eran de aproximadamente 25 puntos base, a pesar de los desarrollos fiscales desfavorables en algunos países de la UME. Pero hoy, los países con crecientes déficits presupuestarios, como Irlanda, junto con aquellos países con altos niveles de deuda pública, como Grecia e Italia, corren el riesgo de pagar tasas sustancialmente más elevadas por sus bonos gubernamentales. Los inversores reacios al riesgo tal vez hoy exijan mayores primas de riesgo para comprar bonos de países considerados como deudores débiles. Por otra parte, las tasas de interés a largo plazo en los países con posiciones fiscales más sólidas -Francia, Alemania y Finlandia- han experimentado tasas bajas como consecuencia de una "fuga hacia la calidad".

Esta suba en las tasas de interés a largo plazo ha afectado más a los países con posiciones fiscales en marcado deterioro. Hay quienes incluso sugieren que algunos países podrían abandonar la UME si este proceso continúa -una amenaza que, de concretarse, equivaldría a un suicidio económico.

No sorprende, entonces, que la idea de un bono europeo común se esté volviendo popular como una manera de contrarrestar el riesgo de los crecientes diferenciales de las tasas de interés de la UME. La idea principal es reducir las primas de riesgo que pagan los deudores con menor credibilidad fiscal. Pero esto sólo se puede lograr mediante garantías implícitas o explícitas de los países de la UME con finanzas públicas sólidas. Un "verdadero" bono paneuropeo tendría que conllevar una garantía conjunta por parte de todos los países de la plena emisión del bono, donde los "más fuertes" avalen a los "más débiles" -lo que, para los defensores de la idea del bono, constituye la verdadera solidaridad europea.

Un bono común eliminaría el diferencial de las tasas de interés entre los bonos emitidos por los diferentes países de la eurozona, de modo que la cuestión que debe abordarse es qué efecto tendría su emisión a nivel de la tasa de interés y, más importante aún , en la futura política fiscal y el propio euro.

Un bono común para la eurozona ciertamente implica que países como Francia y Alemania tengan que pagar tasas de interés más altas, lo que en definitiva resultaría en mayores cargas tributarias para sus ciudadanos. Es más, una vez que los mercados cuenten con la emisión de cantidades sustanciales del bono común, es factible que las tasas de interés sobre el enorme stock de bonos existentes -meramente nacionales- de países sólidos aumenten sustancialmente. Nadie está en condiciones de saber de antemano exactamente qué volumen podría alcanzar esta "cuenta", aunque esa cuestión -a pesar de su importancia- pasa por alto el punto crucial: un bono común sería el primer paso en una pendiente resbaladiza hacia los rescates, y por lo tanto hacia el fin de la zona del euro como una zona de estabilidad.

Para entender por qué, cabe recordar que el disparador inmediato de los crecientes diferenciales de las tasas de interés fue la preocupación cada vez mayor de los mercados financieros respecto de la solidez de algunos países de la eurozona, debido al marcado deterioro de sus posiciones fiscales actuales y proyectadas. Un bono común no sería ninguna cura para la falta de disciplina fiscal; por el contrario, no sería más que un placebo para un país "débil", pero también sería perjudicial porque alimentaría la ilusión de que es posible salir de las dificultades fiscales sin implementar una reforma fundamental.

Alentar a los países débiles a prolongar su dependencia de los déficits presupuestarios para albergar la esperanza de un rescate de facto sería muy costoso para los países más sólidos de la UME, al mismo tiempo que socavaría la credibilidad que tanto le costó ganarse a la UME como una zona de estabilidad y solidez fiscal. Y todos los países de la eurozona tendrían que hacerse cargo de este costo.

Un bono paneuropeo también tendría repercusiones políticas graves. Cualquier política que obligue a los países que optaron por la solidez fiscal a pagar por aquellos con grandes déficits y altos niveles de endeudamiento socavaría marcadamente el respaldo público con el que cuenta la zona del euro. "Solidaridad" en el sentido verdadero significa que los países de la eurozona deberían cumplir con las reglas fundamentales de la UME adhiriendo al Pacto de Estabilidad y Crecimiento y al principio de "no a los rescates". Los países tentados a socavar estos principios dejando de cumplir con sus compromisos solemnes sólo demuestran su falta de solidaridad.

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