Wednesday, October 22, 2014
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Regreso al futuro, cortesía de la Argentina

Con frecuencia se califica al Presidente Néstor Kirchner de la Argentina de radical anticapitalista por haber propuesto un recorte de más del 90 por ciento del valor de la deuda externa no saldada de la Argentina, pero, sean cuales fueren sus motivos, la ansiedad que propició el acuerdo en el último minuto de la Argentina con el FMI para saldar la deuda de 3.100 millones de dólares con esa institución mundial de préstamo puede servir para rescatar aquello en lo que consiste en verdad el capitalismo: el juicio apropiado sobre el riesgo.

El desarrollo económico entraña corrientes financieras y la acumulación de deuda. En el marco interno de un país, la quiebra y la suspensión de pagos son algo corriente. De hecho, una señal característica de vitalidad económica es la frecuencia de las quiebras, pues los fracasos de empresas indican la voluntad de apostar y aceptar riesgos con la innovación.

En la actualidad hay un mayor nivel de quiebras en los Estados Unidos que en la Unión Europea y a los americanos en quiebra les resulta más fácil lanzarse a nuevas empresas. Gracias a ello, los americanos están más preparados para ser innovadores.

Pero en la historia de las finanzas internacionales durante los sesenta últimos años, casi no se ha oído hablar de quiebras y suspensiones de pagos. Una consecuencia de ello es la de que los mercados internacionales no son tan dinámicos como podrían serlo y la prosperidad no está tan generalizada.

En el siglo XIX y en el período de entreguerras y de depresión del siglo XX, hubo suspensiones de pagos a carretadas. Países prestatarios como la Argentina o el Imperio otomano suspendían pagos periódicamente. Después eran castigados durante unos años a no tener acceso a los mercados internacionales de capitales. También se castigaba a quienes prestaban a países en suspensión de pagos, pues sus instrumentos (principalmente bonos) quedaban sin valor. Así, el mercado castigaba los riesgos muy difíciles de superar.

En algunos casos, como en los del Imperio otomano y Egipto, los acreedores reestructuraron las finanzas por la fuerza o amenazando con recurrir a ella, pero la diplomacia de las cañoneras no formaba parte necesariamente de la resolución de los problemas de las deudas. La Argentina, por ejemplo, alcanzó un acuerdo negociado voluntariamente en 1893.

Ese sistema funcionaba mientras los acontecimientos de un país no tuvieran repercusiones negativas en otros prestatarios y no hubiese riesgo o contagio sistémicos. Cuando la Argentina suspendió pagos en el decenio de 1890, los inversores europeos descubrieron, sencillamente, una nueva moda: la inversión en Rusia. Después de la crisis de Rusia en 1901, los inversores recurrieron a los Estados Unidos y a Australia.

La gran depresión de finales del decenio de 1920 y comienzos del de 1930 puso fin a esas actitudes, que eran adecuadas para un mundo levemente propenso a las crisis. Las crisis dejaron de ser leves. Las suspensiones de pagos de aquella época no quedaban limitadas a un país, sino que se transmitían al mundo entero con un pánico contagioso que destruía los sistemas financieros tanto en los países prestadores como en los prestatarios. Los políticos reaccionaron ideando un sistema financiero internacional después de la segunda guerra mundial en el que la quiebra y la suspensión de pagos resultaban más o menos imposibles.

Como durante mucho tiempo no hubo corrientes substanciales de capitales, al principio no importaba. Después, en el decenio de 1970, las corrientes de capitales comenzaron a fluir de nuevo y volvió a haber amenazas a la estabilidad del sistema.

América Latina tuvo una gran crisis de la deuda que estalló en 1982, pero, en realidad, apenas hubo suspensiones de pagos (con las excepciones del Perú y, durante unos meses de finales de 1987, del Brasil). En lugar de suspender pagos, los países acordaron planes de rescate con el FMI.

Al dinero de las instituciones financieras internacionales se sumó el nuevo dinero que los bancos acreedores habían de aportar como parte del precio para ser "rescatados" por el FMI. Se confirió al FMI una posición jurídica privilegiada y sólo los "Estados fracasados", es decir, devastados y destrozados, como, por ejemplo, el Sudán, suspendían pagos de préstamos concedidos por el Fondo.

En la gran crisis mexicana de 1994-95 y en la crisis del Asia oriental de 1997-98 se aplicó el concepto de "préstamos concertados". El aspecto esencial de la gestión de la crisis era el de evitar riesgos para el sistema y, por tanto, la quiebra.

Pero en la segunda mitad del decenio de 1990, ese sistema empezó a desmoronarse. Las sumas que habían de aportar las instituciones financieras internacionales eran tan cuantiosos, que empezó a resultar posible que quienes especulaban con divisas previeran circunstancias en las que no fuera posible prestar ayuda. Empezó a resultar difícil movilizar los préstamos del sector privado, porque había muchos más acreedores que en el mundo regido por los bancos del decenio de 1980, cuando podían celebrar las negociaciones tan sólo unos pocos participantes importantes.

El primer choque importante se produjo con la suspensión de pagos y devaluación de Rusia en agosto de 1998. Después de ellas, el FMI empezó a alentar a algunos países para que renegociaran la deuda en lugar de buscar dinero nuevo, al menos si eran prestatarios relativamente pequeños, como, por ejemplo, Ucrania o el Pakistán, con lo que no podían poner en peligro todo el sistema.

El segundo choque importante se produjo con el hundimiento de la divisa de la Argentina en el período 2002-03, tras el cual el Gobierno de la Argentina pidió la cancelación de una deuda extraordinariamente importante. La otra amenaza de la Argentina, la de no saldar su deuda con el FMI, constituyó una gravísima amenaza para el antiguo sistema y a algunos les pareció una respuesta justificada tras años de malos consejos en materia de formulación de políticas por parte del FMI y de los países del G-7.

En el siglo XXI, estamos volviendo a los usos del siglo XIX. Nuestro objetivo debe ser el de inventar mecanismos financieros para segmentar y difundir el riesgo a fin de que un caso negativo ya no tenga posibilidades de destruir todo el sistema.

Al estar menos preocupados con la prevención de las suspensiones de pagos, podemos hacer que haya una relación más congruente entre el riesgo y la recompensa. Se debe hacer que los acreedores en casos como el de la Argentina paguen una sanción. Las acciones actuales de la Argentina pueden hacernos retroceder al siglo XIX más rápidamente de lo que gustaría a algunos inversores, pero aquél era un mundo de un dinamismo y un crecimiento indiscutibles.

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