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El dilema de los refugiados

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2004-08-05

Una de las razones por que los chipriotas griegos rechazaron el plan propuesto en abril último por el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, para reunificar Chipre fue que una abrumadora mayoría de ellos sintió que no hacía justicia a los reclamos de los refugiados desplazados por la invasión turca de 1974. Esta fue también una de las pocas ocasiones en que la opinión pública internacional tuvo conciencia de que había un problema de refugiados en la isla, ya que poca gente sabía que todavía los había de aquella guerra.

Cuando Turquía invadió Chipre en 1974 después de un intento fallido de la junta militar griega de Atenas por llevar a cabo la Enosis (unificación con Grecia), cerca de 250.000 chipriotas griegos fueron expulsados de sus hogares. Algunos huyeron, presas del pánico ante el ejército invasor, y algunos fueron expulsados: la acostumbrada imagen llena de complejidades y problemas morales que surge en tales situaciones.

Aunque sobrepasada, la comunidad chipriota griega reaccionó con humanidad, solidaridad y prudencia. Inicialmente, se crearon campos para refugiados, pero el gobierno chipriota griego decidió que, si bien no renunciaría a los reclamos de los refugiados por retornar a sus hogares en el norte, haría lo posible por no dejarlos vegetando mientras tanto en los escuálidos campos.

No se creó ninguna agencia para refugiados apoyada por la ONU para ayudarles. En lugar de ello, con alguna ayuda internacional pero principalmente con sus propios recursos, la República de Chipre (un país pequeño y entonces no demasiado próspero que había sido devastado por la guerra) lanzó un programa de reasentamiento y rehabilitación como proyecto nacional. El gobierno ofreció préstamos para la construcción de viviendas. En muchos casos, los refugiados construyeron sus propias casas.

Se estimuló los negocios con subsidios y préstamos gubernamentales. Se crearon escuelas y centros de formación. En unos pocos años los refugiados fueron absorbidos en la economía y la sociedad del sector sur de la isla, correspondiente a los chipriotas griegos. Como en la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial, gran parte de la prosperidad actual del Chipre actual es un resultado del impulso que recibió la economía con la absorción de los refugiados.

El que visite la parte chipriota griega de la isla hoy no encontrará campos de refugiados: la mayoría de los millones de turistas no conocen el hecho de que más de un tercio de los chipriotas griegos con los que se encuentran son refugiados o sus descendientes. La comunidad chipriota griega puede, con justicia, estar orgullosa del modo como manejó los problemas humanitarios y sociales de los refugiados, sin renunciar en ningún momento al reclamo de las tierras que perdió.

Igualmente encomiable ha sido la decisión estratégica de los chipriotas griegos de seguir una política de no violencia al estilo Gandhi: si bien hay una profunda amargura acerca de la ocupación turca y el hecho de que se hayan instalado colonos turcos en el norte, la comunidad chipriota griega decidió no usar la violencia contra la ocupación. En más de un cuarto de siglo, no ha ocurrido ningún incidente de terrorismo o violencia de los chipriotas griegos contra la ocupación turca. Esta es también es una de las razones por que tan poca gente ha escuchado alguna vez acerca de los refugiados chipriotas griegos.

Por supuesto, podría ser diferente: si los chipriotas griegos hubiesen seguido el ejemplo de los palestinos desde 1948 (esto es, mantener a los refugiados en campos, segregarlos de la sociedad de no refugiados y adoctrinar a sus niños con un mensaje militarista diario de odio, venganza y terrorismo) en la isla se viviría una atmósfera completamente diferente El ejemplo de los chipriotas turcos demuestra que sencillamente no es cierto que los ocupados no tengan más recursos que la violencia y el terrorismo. Recurrir a la violencia y al terror es una elección moral y estratégica. Los chipriotas griegos escogieron el camino de la no violencia; los palestinos escogieron la ruta opuesta. Siempre hay una opción, y siempre hay consecuencias.

Consideremos lo que ha alcanzado la comunidad chipriota griega (una economía floreciente, donde nadie vive en condiciones de miseria y humillación en campos de refugiados, y con membresía en la Unión Europea) en comparación con la catástrofe que la opción palestina ha causado a su propio pueblo. Quizás en el nivel de las relaciones públicas los líderes palestinos, sacrificando a su propio pueblo en el altar de la propaganda, puedan solazarse con sus logros: sin embargo, es su propia gente la que sufre.

Harían mejor mirando a través del Mediterráneo a Chipre y viendo cómo los refugiados pueden vivir con dignidad y honor, sin renunciar a sus reclamos por la tierra en disputa. Pero no por nada la República de Chipre es una democracia, mientras que los palestinos no han sido capaces de liberarse de la violenta opción militarizada que los ha llevado a la actual miseria.

Shlomo Avineri es profesor de ciencias políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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