Sunday, November 23, 2014
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El tropiezo de Atlas

Si el mundo va a tener una recuperación económica decente, el cambio dependerá de que EEUU se ponga de pie y siga cumpliendo su papel de importador global de último recurso. Ningún otro país es capaz de impulsar el carro si la economía estadounidense sigue perdiendo potencia. Hay cierto optimismo de que Japón se levante nuevamente, pero en la pasada década, enormemente desilusionante, se han entrevisto demasiadas seudo-recuperaciones en Japón como para justificar tales esperanzas.

Es probable que Europa también resulte ser una desilusión. Las proyecciones del crecimiento europeo siguen a la baja, a pesar de que las perspectivas de las políticas gubernamentales son una reducción en el gasto y el aumento de impuestos, a medida que la estabilidad fiscal y el pacto de crecimiento limitan su campo de acción. Más aún, el Banco Central Europeo parece indefenso, ya que está limitado por las trabas autoimpuestas de sus objetivos inflacionarios. Tampoco los mercados emergentes son lo suficientemente grandes como para jugar un papel significativo en el equilibrio de la demanda mundial total.

De modo que Estados Unidos sigue siendo la mejor y última esperanza de la economía del planeta. Pero esto es preocupante por dos razones. En primer lugar, Estados Unidos no puede cargar para siempre con enormes déficits de cuenta corriente (¡y que siguen creciendo!): en algún momento el deseo de los inversionistas extranjeros por colocar una parte cada vez mayor de su riqueza en Estados Unidos se desvanecerá y, luego, tomará la dirección opuesta. Cuando eso ocurra, el dólar caerá y el estímulo que significa para el mundo la demanda estadounidense de importaciones llegará a su término.

Segundo, no hay signos de que el gobierno de EEUU entienda o tenga la voluntad de estimular a la economía estadounidense de manera suficiente como para producir un rápido crecimiento económico. Consideremos la política monetaria estadounidense. La Reserva Federal de EEUU ha llevado las tasas de interés de corto plazo a niveles notablemente bajos: 1.25% por año. No es posible bajarlas mucho más. Lo que es más importante, ¿sería la limitada capacidad de reducción de las tasas de interés capaz de tener un efecto importante en la demanda? No parece probable.

Las tasas de interés de largo plazo se podrían reducir significativamente si la Reserva Federal diera el paso sin precedentes de hacer compras masivas de bonos del gobierno de largo plazo. Pero, ¿daría la Reserva un paso tan radical sin una grave crisis interna? Es poco probable que una situación en que EEUU avanza con un crecimiento que es positivo pero menor que la tasa de crecimiento de la producción potencial (las condiciones de hoy en día) impulse una acción drástica por parte de la Reserva Federal. Sin embargo, un crecimiento estadounidense positivo pero lento es de poca ayuda para el resto del mundo.

Ahora demos una mirada a la política fiscal. La barroca estructura del gobierno de EEUU siempre ha sido hostil al ejercicio efectivo de la política fiscal. Los intentos de utilizar la política fiscal para estabilizar la economía usualmente aparecen demasiado tarde como para ser de ayuda, no importa cuál sea la situación. Afortunadamente, tales iniciativas por lo general han sido de una magnitud demasiado pequeña como para generar una destrucción económica significativa.

Hasta ahora. Sean cuales sean los cambios a las leyes de impuestos que el Congreso de EEUU apruebe este verano, es poco probable que tengan un gran efecto en el flujo del poder de compra de los hogares sino hasta abril de 2004. De manera similar, sean cuales sean los aumentos del gasto que el Congreso apruebe este otoño, éstos no tendrán efectos significativos en el gasto del gobierno sino hasta el verano y el otoño de 2004. Pero esta vez, la lentitud del estímulo se ve empeorada por las fallas en el diseño del programa económico de Bush. Incluso "The Economist", con su orientación conservadora, observa que las propuestas de la administración Bush no constituyen un estímulo de corto plazo: simplemente "no proporcionan el fuerte impulso de corto plazo al que han estado llamando muchos líderes políticos, incluido el Presidente Bush".

Incluso si las rebajas de impuestos propuestas se implementan completamente, no proporcionarán, como la administración Bush da a entender que ocurrirá, el impulso de $1,000 por año al ingreso de 90 millones de hogares. En lugar de ello, probablemente significarán cerca de $250 adicionales a los ingresos de los hogares típicos, y sumas mucho mayores para los hogares con ingresos anuales superiores a $200,000. Pero esta es la gente que parece con menos tendencia a tomar sus rebajas de impuestos y gastarlas para impulsar la demanda agregada.

Si se mira más lejos en el futuro, los problemas de largo alcance de la política fiscal de EEUU se harán cada vez más visibles y urgentes: no hay siquiera rastros de un plan para conciliar los costos de largo plazo del estado de seguridad social con la limitada paciencia de los contribuyentes estadounidenses hacia los altos impuestos. Durante la mayor parte de la década de 1990, la economía mundial tuvo un desempeño notablemente bueno, a pesar de las crisis financieras a gran escala, el avance del SIDA en la estancada África y los problemas de las economías en transición. Esto se debió a la sólida política económica en los EEUU (comenzando con el aumento de impuestos de Bush-Mitchell-Foley en 1990), así como una extraordinaria dosis de buena suerte en el país.

No hay signos de que en la primera década del nuevo siglo siga habiendo una política económica sabia en EEUU. Si ha de volver la prosperidad mundial, la buena suerte económica de EEUU tendrá que ser incluso mejor de lo que fue en los años 90. Y el resto de la economía mundial haría bien si tratara de jugar a la segura y comenzara a trabajar en la construcción de su propia buena suerte.

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