The World in Words
Occidentalizar la región del mar Negro
Ronald Asmus
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El sangriento final de la crisis de los rehenes en una escuela de Osetia del Norte y recientes choques en Georgia entre tropas gubernamentales y fuerzas separatistas han devuelto la turbulenta región del mar Negro a las primeras páginas de los periódicos una vez más. Esa violencia en aumento es también una alerta para el Oeste, al poner de relieve la necesidad de una nueva estrategia euroatlántica en una región de importancia decisiva que se encuentra en la encrucijada de Europa, Eurasia y el Oriente Medio.
De hecho, la región del mar Negro es la frontera oriental de la comunidad euroatlántica con el gran Oriente Medio. Con el Afganistán, el Iraq y el Irán en los primeros puestos de la lista de desafíos estratégicos que afronta el Oeste, la de afianzar la democracia y la seguridad en esas nuevas zonas fronterizas de la comunidad euroatlántica ha pasado a ser una necesidad ineludible tanto para los Estados Unidos como para la UE. Además, los éxitos en esa región pueden brindar enseñanzas sobre cómo facilitar el arduo proceso de reforma y modernización en el gran Oriente Medio.
La "revolución rosa" de Georgia en el pasado invierno demostró que ahora existe la voluntad de aplicar una reforma radical. Por primera vez, un país de la región está dando los pasos concretos necesarios para realizar sus aspiraciones de llegar a ser un candidato viable a una futura adhesión a las instituciones euroatlánticas. Quien visita la capital de Georgia, Tiflis, ve ahora el mismo grado de determinación para unirse al Oeste que existía hace un decenio en los Estados bálticos.
Los Estados Unidos y Europa comparten el interés en el éxito de esos intentos, en particular porque están intentando diversificar sus suministros energéticos frente al petróleo de Arabia Saudita y el golfo Pérsico. El mar Negro está en condiciones de llegar a ser un conducto fundamental para que el petróleo y el gas natural no procedentes de la OPEP ni del Golfo lleguen a los mercados europeos y más allá de ellos. Así, pues, la estabilidad e integración a largo plazo de la región del mar Negro revisten una importancia decisiva para la estrategia de seguridad energética a largo plazo de los miembros de la UE y la OTAN.
No será fácil afianzar esos países en el Oeste. No es seguro que el resultado final sea unas mejores relaciones o una integración plena de esos países en la UE y la OTAN, pero estas dos organizaciones necesitan tender la mano a esos países, proceso que se debe considerar la próxima fase de la consumación de la gran Europa.
¿Cómo debe ser una nueva estrategia, audaz, pero realista, de mano tendida de la UE y la OTAN a la región del mar Negro? Es evidente que los países de la región son más débiles y están más atrasados que los anteriores candidatos a la integración occidental, pero lo bueno es que la UE y la OTAN están en condiciones mucho mejores para elaborar una estrategia ambiciosa que con la Europa central y oriental hace un decenio. Si la UE y la OTAN deciden lanzar una audaz estrategia de mano tendida para esa región, podrán recurrir a los instrumentos, el talento conceptual y la experiencia práctica ya existentes.
Por ejemplo, la OTAN tiene ya tres miembros -Bulgaria, Rumania y Turquía- fronterizos con el mar Negro. En cuanto a la UE, las candidaturas de Rumania y Bulgaria deben concluir con una adhesión lograda, junto con la cuestión de las aspiraciones a la adhesión de Turquía. Una UE de la que formen parte Sofía y Bucarest y que esté en sintonía con Ankara estará en buenas condiciones para relacionarse con toda la región.
La UE debe también dar mayor consistencia a su nueva política de vecindad, mientras que la OTAN debe aplicar nuevos mecanismos para fortalecer los lazos con la región. Ambas organizaciones deben pensar en una carrera más larga que unos 100 o 200 metros lisos, tal vez en un maratón. Si los países de la región hacen suya la idea, una red de miembros actuales de la UE y la OTAN podría dar un paso adelante con proyectos y asistencia encaminados a promover la identidad y la comunidad del mar Negro.
Los recientes acontecimientos en Georgia nos recuerdan que se debe conceder prioridad a la resolución de los "conflictos congelados", es decir, los de las regiones escindidas de Osetia del Sur y Abjacia, de Transdniestria en Moldavia y Nagorno-Karabaj en Azerbaiyán. En realidad, esos conflictos no están congelados; son heridas purulentas que engendran corrupción y delincuencia organizada. Inhiben la democratización y provocan inestabilidad. Si bien esos conflictos entrañan agravios históricos, los protagonistas exteriores -en particular, Rusia- contribuyen a su falta de resolución, que es esencial para una reforma lograda.
Hasta ahora, ni los Estados Unidos ni Europa han concedido máxima prioridad a esos conflictos. Para resolver esas guerras semilatentes, es necesaria una mayor participación política, un compromiso económico y la voluntad de aportar fuerzas y observadores occidentales de mantenimiento de la paz, si se necesitan y cuando así sea.
Pero la paz y la estabilidad a largo plazo necesarias para hacer avanzar la reforma política y económica en la región requerirán también ora un cambio en el comportamiento de Rusia ora una reducción de su influencia. La experiencia del pasado decenio indica que la mejor forma de avanzar puede ser una política con una participación intensa del Kremlin y que al mismo tiempo proteja los intereses occidentales fundamentales.
La elaboración de una nueva estrategia euroatlántica para la región del mar Negro debe comenzar con el reconocimiento por parte de las democracias de América del Norte y Europa de su interés político y moral en el resultado. El de proyectar estabilidad y seguridad en esos países es el segundo paso lógico para construir una Europa "completa y libre" y proteger la frontera oriental de la comunidad euroatlántica con el Oriente Medio. Esa tarea será tan importante a lo largo del próximo decenio como la integración de la Europa central y oriental en el Oeste lo fue en el decenio de 1990.
Ronald D. Asmus es miembro transatlántico decano de la Fundación Marshall Alemana y de 1997 a 2000 fue Vicesecretario Adjunto de Estado de los EE.UU. para Asuntos Europeos .
Copyright: Project Syndicate, septiembre de 2004.
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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