The World in Words
Putinomía
Anders Åslund
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WASHINGTON, D.C. – El Presidente Vladimir Putin convirtió las elecciones presidenciales de Rusia en un referéndum sobre él mismo… y ha obtenido una victoria aplastante. Pero, si bien se niega a exponer claramente sus planes para permanecer en el poder una vez que expire su segundo mandato en la primavera próxima, su política económica resulta clara.
Lo más extraño de las elecciones a la Duma fue que Putín perdió la calma. Se prodigó exageradamente en apariciones públicas que fueron tan agresivas como poco substanciales. Arremetió contra Occidente y el “caos” del decenio de 1990, del mismo modo que en 1999 expresó su cólera contra los terroristas chechenos y en 2003 contra los oligarcas.
El Kremlin abandonó los procedimientos democráticos, al controlar el proceso de autorización a los partidos y a sus candidatos para presentarse a las elecciones, mientras Rusia Unida, el partido de Putin, monopolizó las informaciones de los medios de comunicación. Se impidió hacer la mayor parte de su campaña a los activistas de la oposición y en muchos casos se los detuvo, mientras que los tribunales controlados por el Kremlin rechazaron sus reclamaciones. Hubo intimidación en gran escala para que se votara por Rusia Unida. Se impidió realizar su labor a los observadores independientes de las elecciones.
A consecuencia de ello, más que una elección de la Duma estatal, lo que ha habido ha sido un nombramiento. Carece de legitimidad y sus miembros son desconocidos, pero también la legitimidad de Putin ha quedado empañada por el fraude generalizado. El único mitin “de masas” que dio en Moscú no atrajo a más de 5.000 personas. Lo que hay que preguntarse sobre todo es hasta dónde llegará su autoritarismo o si esta patética campaña lo debilitará.
La política de Putin resulta fácil de entender, si tenemos en cuenta que suele hacer lo opuesto de lo que dice. En su primer mandato, Putin resultó ser un reformador autoritario, que emprendió importantes reformas del mercado, como, por ejemplo, la introducción de un impuesto uniforme de la renta del 13 por ciento, pero en su segundo mandato Putin se mostró simplemente autoritario, al no emprender reformas económicas ni sociales dignas de mención. La expropiación de la compañía petrolera Yukos, cuyo valor ascendía a 100.000 millones de dólares, fue la señal y tras él se produjo una corrupción en ascenso.
Putin ha establecido una dictadura puramente personal. Gobierna mediante la administración presidencial y fuerzas de policía secreta sin ideología ni partido y que compiten entre sí. Rusia Unida es poco más que una panda de funcionarios estatales. Ha dejado prácticamente sin poder a las demás instituciones del Estado.
El autoritarismo personal raras veces sobrevive a su fundador. Como Putin ha creado un régimen excesivamente centralizado y que no puede sobrevivir sin él, debe permanecer como Presidente. La ley tiene una importancia mínima, pues siempre puede ordenar al Tribunal Constitucional que apruebe su tercer mandato.
Se puede describir el régimen de Putin como un grupo de clanes, compuesto por grandes empresas dominadas por el Estado, como, por ejemplo, Gazprom, Rosneft, Vneshtorgbank, Rosoboronexport y los Ferrocarriles Rusos, junto con los organismos de seguridad. Los compinches de Putin en el KGB, que suelen proceder de San Petersburgo, controlan esas instituciones y obtienen de ellas enormes comisiones ilegales. Al mismo tiempo, Putin ha procurado que todas se odien mutuamente para que lo necesiten como árbitro o padrino.
En una entrevista sensacionalista antes de las elecciones en el periódico ruso Kommersant , uno de esos directores del KGB, antes desconocidos, explicó cómo utilizan la extorsión estatal contra las empresas privadas para llevar a cabo su “reprivatización de terciopelo” mediante el saqueo de las empresas estatales. Según el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, la participación del sector privado en el PIB se ha reducido, al pasar del 70 por ciento al 65 por ciento durante el período de gobierno de Putin. Es probable que se acelere la renacionalización mediante la extorsión.
La justificación para esa renacionalización no ha sido ideológica, sino cínica: su objeto es simplemente el de brindar ingresos resultantes de la corrupción a los funcionarios del Kremlin. Aunque la corrupción ha ido reduciéndose en la mayor parte de la antigua Unión Soviética, ha experimentado un rápido aumento en Rusia desde 2004, al pasar a estar más racionalizada y concentrada. Ninguno de los cabecillas de Putin en el KGB ha sido detenido ni degradado siquiera.
Mientras la renacionalización adquiría impulso, la retórica económica pública cambió y pasó a ser estatista. Ahora Putin es partidario del proteccionismo, la intervención del Estado y las subvenciones. En esa atmósfera, no es probable que se hagan reformas estructurales progresistas.
Hasta época reciente, Rusia ha aplicado una política macroeconómica admirablemente conservadora, que ha acumulado enormes superávits presupuestarios y por cuenta corriente. Ha saldado su deuda exterior y ha acumulado reservas de divisas que ascienden a 450.000 millones de dólares.
Sin embargo, antes de las elecciones a la Duma Putin puso en peligro ese último vestigio de política económica responsable. Actualmente, el mayor motivo de preocupación económica de Rusia es la presión inflacionista en aumento, impulsada en particular por los precios de los alimentos. El aumento de los precios de los alimentos es un fenómeno internacional y la inflación de Rusia debe su impulso a los grandes superávits actuales por cuenta corriente y la gran afluencia de capital, pero el Gobierno de Rusia ya no está intentando mitigar esos factores, sino que está aplicando una política inflacionista.
La política monetaria no ha sido rigurosa durante el año transcurrido y antes de las elecciones a la Duma el Gobierno empezó a verter enormes sumas en las pensiones y otras transferencias de asistencia social. No es de extrañar que la inflación se haya disparado desde el 7 por ciento en la primavera pasada al 11 por ciento actualmente y en la próxima primavera puede llegar al 15 por ciento.
Naturalmente, se debería aplicar una política fiscal y monetaria restrictiva, pero resulta difícil cuando Putin está intentando aplacar a la población. Podría liberalizar el tipo de cambio y dejar que flote hacia arriba, pero ni siquiera está haciendo eso. En cambio, recurriendo a una antigua táctica soviética, Putin ha impuesto controles de precios oficiosos, que en una economía privatizada no pueden mantenerse mucho tiempo.
El crecimiento económico de Rusia sigue impulsado por las correctas reformas del mercado aplicadas en el decenio de 1990 y el primer mandato de Putin, junto con los elevados precios del petróleo y del gas, pero, si bien no es probable que se detenga el crecimiento en un futuro inmediato, el éxito económico de Rusia depende cada vez más de unos precios del petróleo y del gas no sólo elevados, sino también en aumento.
Así, pues, la pregunta principal sobre la política económica del tercer mandato de Putin es la de cuánto tardará en deteriorarse.
Anders Åslund forma parte de la dirección del Instituto Peterson de Economía Internactonal. Su libro más reciente es Russia’s Capitalist Revolution: Why Market Reform Succeeded and Democracy Failed (“La revolución capitalista de Rusia. Las razones por las que la reforma del mercado triunfó y la democracia fracasó”).
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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