Este año, Asia ha estado inmersa en una fiebre electoral. Filipinas y Taiwán han elegido nuevos presidentes; India y Malasia han renovado sus parlamentos y cargos de primeros ministros. Septiembre trae dos nuevas elecciones de vital importancia: una elección legislativa en Hong Kong y una elección presidencial en Indonesia. Los votantes de estos países pueden hacer que se intensifique una perturbadora paradoja que ha surgido en la región: mientras más "vigorosa" se vuelve una democracia asiática, más disfuncional resulta ser.
No faltan ejemplos. El intento de los partidos de oposición de destituir mediante el juicio político al Presidente de Corea del Sur, Roh Moo Hyun, con la más débil de las excusas; la imposibilidad del Presidente de Taiwán, Chen Shui-bian, de lograr aprobar iniciativas legislativas en un parlamento controlado por el opositor Kuomintang; el estancamiento del primer periodo de la Presidenta de Filipinas, Gloria Macapagal Arroyo, y la obstrucción a las reformas fiscales necesarias para prevenir una debacle financiera al estilo argentino, predicha para principios de su segundo periodo: cada una de estas situaciones es testimonio de la parálisis democrática de Asia.
Si la situación de punto muerto y confusión fuera el único resultado, estos conflictos políticos podrían ser tolerables. Pero el estancamiento crónico ha puesto a varias democracias asiáticas frente a la amenaza del descrédito, la violencia potencial y la perspectiva de un declive económico.
De hecho, los precedentes de inmovilidad democrática en Asia poco tienen de esperanzadores. Por ejemplo, desde la creación de Pakistán en 1947, las divisiones partidistas han sido la causa de que ningún gobierno electo haya sido capaz de completar su periodo. De modo que los desalentados paquistaníes han aceptado el gobierno militar como cosa del destino.
El problema de Asia a menudo surge de algo que los franceses llaman "cohabitación", un difícil arreglo mediante el cual un presidente electo directamente debe coexistir con un parlamento controlado por un partido o grupo de partidos rivales. Puede que a las maduras democracias de Estados Unidos o Francia les resulte posible funcionar con los "frenos y contrapesos" de un gobierno dividido (aunque el intento de los Republicanos por destituir al Presidente Clinton hace algunos años puede sugerir algo distinto), pero en Asia el no poder otorgar poderes ejecutivos y legislativos a una misma institución es, por lo general, un inconveniente terrible.
Esto parece particularmente cierto cuando un gobierno intenta promulgar leyes que supongan reformas radicales en lo político o económico. El presidente electo quiere hacer cosas, pero la asamblea se rehúsa a aprobar las leyes necesarias. O viceversa.
El esquema genera un punto muerto legislativo. Los líderes incompetentes culpan a las legislaturas por sus fracasos; los legisladores culpan a los presidentes que pertenecen a partidos rivales. Las acusaciones cruzadas pasan a reemplazar la aceptación de las propias responsabilidades, alimentando la demanda popular por un hombre (o mujer) fuerte que pueda pasar por encima de las divisiones políticas. El breve "gobierno de emergencia" de Indira Gandhi en los años 70 fue en parte resultado de esta disfunción institucional.
Un gobierno dividido también juega a favor de los movimientos separatistas de Asia. En un momento crucial para el proceso de paz en Sri Lanka, la Presidenta Kumaratunga se enfureció tanto por las políticas de su rival político, el Primer Ministro Wickremessinghe, que sacó de sus puestos a tres de sus ministros y llamó a elecciones con casi cuatro años de anticipación. Los únicos que parecen haberse beneficiado con esta división del sistema democrático son los feroces Tigres Tamiles. De manera similar, en Nepal la insurgencia maoísta se ha aprovechado de las divisiones entre el Rey y el parlamento para ganar control de gran parte del interior del país.
Es cierto que las democracias asiáticas, con todo lo inestables que puedan ser, son preferibles a las autocracias militares, como en Pakistán o Birmania, o comunistas, como en China y Vietnam. Pero los peligros de una democracia debilitada no son meramente el bloqueo de la legislación y la ineficacia gubernamental. Los presidentes ambiciosos, pero cuyas iniciativas se ven frustradas, tienen la fácil tentación de tomar medidas inconstitucionales; después de todo, razonan, el pueblo los eligió directamente. Lo mismo se puede decir de algunos primeros ministros, como el autoritario Thaksin Shinawatra de Tailandia, a quien ahora se acusa de debilitar las tradiciones democráticas en aras de un gobierno personalista.
Dados estos precedentes y la inestabilidad generalizada resultante de las elecciones de este año, tal vez quienes diseñan las políticas en Asia deberían considerar los beneficios de deshacerse de la "cohabitación" y adoptar sistemas que permitan traducir una victoria electoral en poder real. Por supuesto, los sistemas políticos parlamentarios están lejos de ser perfectos. Ni Singapur ni Malasia, donde desde hace tiempo los partidos gobernantes han dominado el parlamento, tienen culturas políticas tan saludables como las que vemos en Taiwán o Corea del Sur.
Pero en democracias parlamentarias como las de Japón o India, un líder electo dirige el país hasta el día en que él o su partido o coalición pierden su mayoría legislativa. Esto significa que los gobiernos son evaluados, no por su capacidad de ser mejor estrategas que los parlamentos, sino por la calidad de sus políticas. Esta parece ser una forma más eficiente (y políticamente más estable) de democracia que la poco feliz cohabitación, que produce impresentables confrontaciones en Taiwán, Corea del Sur y Filipinas.
En contraste, los peligros que plantea un gobierno dividido pueden ser mayores que unas cuantas turbulencias parlamentarias. Es posible que la cohabitación se convierta muy pronto en un problema incluso en la cuasi-democracia de Hong Kong, si los votantes eligen el 12 de septiembre una legislatura hostil a Tung Chee-hwa, el jefe ejecutivo nombrado por Beijing para este territorio. Indonesia también se arriesga a llegar a un punto muerto si, como es probable, la elección del 20 de septiembre tiene como resultado un presidente de un partido distinto al que controla el parlamento.
Abraham Lincoln tenía razón: una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse. En muchas democracias asiáticas, sólo la reconstrucción institucional impedirá el derrumbe.


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