Los ataques terroristas en Arabia Saudí han hecho que muchos no sólo cuestionen las perspectivas de supervivencia de la gobernante Casa de los Sauds, sino que se pregunten si el reino es fundamentalmente disfuncional y destructivo. De algún modo, parece que la sociedad saudí ha producido un torrente de fanatismo violento que se inspira en la ortodoxia religiosa extrema.
El hecho de que 15 de los 19 secuestradores de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en EE.UU. fueran saudíes cristalizó una visión de larga data que considera al reino como un bastión del autoritarismo y la intolerancia. En algunos aspectos, esta percepción es exacta, pero no se puede aplicar al público saudí general. Por el contrario, sería un grave error suponer que el islamismo fanático define por completo las actitudes saudíes hacia la religión.
Entre 2001 y 2003, formé parte de un equipo que realizó un amplio estudio de los valores en Arabia Saudí, Egipto, Irán y Jordania. Nuestros resultados ofrecen una imagen sorprendentemente matizada de las actitudes saudíes. En comparación con los encuestados de otros países del Oriente Medio, los saudíes eran en general menos religiosos, y sus actitudes hacia la democracia y los matrimonios pactados también indican una corriente moderada subyacente.
Está claro que en los cuatro países la religiosidad es un fenómeno generalizado: más del 90% de los encuestados dice creer en Dios, en la vida después de la muerte, y en el cielo y el infierno. Pero los saudíes parecen ser menos religiosos que sus compañeros de fe musulmana. El sesenta y dos por ciento de los saudíes se describen como religiosos, en comparación con el 82% de los iraníes, el 85% de los jordanos y el 98% de los egipcios. Los estadounidenses también parecen ser mucho más religiosos que los saudíes, con un 81% de ellos describiéndose como tal.
Parte de esta variación se puede explicar por las diferencias entre naciones en cuanto a lo que significa ser religioso. Por ejemplo, los estadounidenses pueden definir la religiosidad de manera diferente que los habitantes del Oriente Medio, con quizás una menor adhesión a las creencias religiosas que lo habitual en los países islámicos. Esto también podría explicar en parte las diferencias entre los países musulmanes.
Pero la brecha entre lo que los saudíes definen como religiosidad, por una parte, y la definición de los iraníes, jordanos y egipcios, por otra, es tan grande que pone en entredicho la percepción predominante de que Arabia Saudí es una sociedad altamente religiosa y conservadora. De hecho, las acciones hablan más que las palabras: sólo el 28% de los saudíes dijo participar en los servicios religiosos semanales, en comparación con el 27% de los iraníes, el 44% de los jordanos, el 42% de los egipcios y el 45% de los estadounidenses.
Estos resultados, si bien apuntan en una dirección opuesta a las percepciones populares acerca de la cultura saudí, son menos sorprendentes de los que parecen. Desde hace mucho los sociólogos de la religión han argumentado que, en un ambiente religioso monolítico o cuando las instituciones religiosas están estrechamente vinculadas al estado, declina la religiosidad general del público.
Tiene sentido pensar que cuando las autoridades estatales hacen obligatorios estrictos códigos de conducta, la gente tiende a rebelarse y a alejarse de las instituciones religiosas sancionadas oficialmente. Por ende, no es de sorprender que los egipcios y jordanos, que viven en países donde el estado no obliga a ejercer la piedad, sean más religiosos que los iraníes o saudíes, quienes deben hacer frente a una política local "virtuosa" respaldada por el estado.
Incluso en el tema del matrimonio muchos saudíes expresaron visiones sorprendentemente liberales. Los encuestados se dividieron casi por partes iguales en la pregunta sobre los matrimonios pactados, con cerca de la mitad apoyando la idea de que el matrimonio se debe basar en el consentimiento de los padres, mientras un 48% prefirió al amor como la base del matrimonio. Dada la arraigada segregación por género y el dominio de los padres, este resultado parece revelar un fuerte deseo de una mayor libertad de opción individual en lo que tradicionalmente ha sido una decisión que toma la familia.
Finalmente, los saudíes resultan ser entusiastas partidarios de la democracia, contradiciendo nuevamente la imagen popular del conservadurismo saudí. De los saudíes encuestados, un 58% consideró a la democracia como la mejor forma de gobierno, un 23% no estuvo de acuerdo, y un 18% no expresó opinión.
El apoyo mayoritario a la democracia en un país que no tiene una historia previa secular y nacionalista parece algo contrario a lo que se podría intuir. De hecho, el respaldo a la democracia se corresponde con una serie de otras actitudes liberales que encontramos en Arabia Saudí. Los partidarios de la democracia tienden a ser menos religiosos, más seculares, más tolerantes hacia los demás, más críticos del desempeño del sector público y a estar más preocupados acerca de la invasión cultural occidental.
Más allá de los datos del estudio, la historia ha mostrado que las ideas liberales se vuelven más populares cuando un monarca despótico gobierna al pueblo en alianza con un "establishment" religioso. A finales del siglo diecinueve surgió en la Siria otomana una fuerte corriente liberal, en respuesta al despotismo religioso del Sultán Abdulhamid. Al mismo tiempo, apareció en Irán un movimiento secular y anticlerical a favor del constitucionalismo, una reacción a la alianza absolutista entre los Shahs Quajar y la institucionalidad religiosa.
En vista de las similitudes entre estos precedentes históricos y las condiciones actuales en Arabia Saudí, no deberíamos descartar la posibilidad de una reforma. Ahora los datos de los estudios sugieren también que no sería extraño ver a los saudíes exigiendo una política más transparente y una religión menos intervencionista.


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