Thursday, July 31, 2014
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Otro llamado de atención para Asia

NEW HAVEN – Por segunda vez en tres años, la recuperación económica global está en riesgo. En 2008 el problema fue la crisis de las hipotecas subprime fabricada en los Estados Unidos. Hoy, el problema es la crisis de las deudas soberanas fabricada en Europa. Todos los países de Asia deberían prestar atención a las señales de alarma, ya que la región depende de las exportaciones y no puede darse el lujo de ignorar una repetición de crisis que afectan a sus dos fuentes principales de demanda externa.

De hecho, las consecuencias de ambas crisis serán duraderas. Los consumidores estadounidenses (cuya demanda todavía representa el 71% del PIB de los EE. UU.) aún se debaten en las garras de una recesión de balance, similar a la ocurrida en Japón. En los 15 trimestres transcurridos desde el inicio de 2008, el gasto real de los consumidores aumentó a un anémico ritmo del 0,4% anual en promedio.

Es la primera vez que Estados Unidos, el principal consumidor del mundo, muestra semejante debilidad durante tanto tiempo. Hasta que los hogares estadounidenses progresen por la senda de reducir el endeudamiento excesivo y reconstituir el ahorro personal (un proceso que al paso que vamos puede demorar muchos años más), el lastre de los balances negativos tendrá a la economía de los Estados Unidos avanzando a ritmo de tortuga.

Es probable que suceda algo similar en Europa. Incluso partiendo del supuesto (que hoy parece sumamente arriesgado) de que la eurozona sobreviva, las perspectivas para la economía europea son desoladoras. Las economías periféricas desarticuladas por la crisis (Grecia, Irlanda, Portugal, Italia e incluso España) ya están en recesión. Al mismo tiempo, en el núcleo otrora sólido formado por Alemania y Francia, el crecimiento económico también está bajo amenaza: los principales indicadores (especialmente, la caída de las cifras de pedidos en Alemania) muestran signos ominosos de una debilidad incipiente.

Por si fuera poco, es probable que en los años venideros la austeridad fiscal limite la demanda agregada y que la insuficiente capitalización de los bancos reduzca el crédito (lo cual es un problema grave en el sistema europeo de intermediación crediticia, centrado en la banca); de modo que una recesión paneuropea parece inevitable. Hace poco, la Comisión Europea bajó su previsión de crecimiento del PIB para 2012 a 0,5% (cifra que bordea la recesión declarada), y el riesgo de que las previsiones oficiales deban recortarse todavía más es cada vez mayor.

Es difícil imaginar cómo se las arreglará Asia para seguir siendo un oasis de prosperidad en medio de un clima internacional tan riguroso. Pero el poder de la negación es grande, y confiar excesivamente en el propio impulso es tentador. Después de todo, la región lleva varios años avanzando a tanta velocidad que es natural pensar que Asia puede hacer frente sin dificultad a cualquier desafío que le arroje el resto del mundo.

Ojalá fuera tan fácil. Pero no lo es: la vulnerabilidad de Asia a las perturbaciones externas ahora es mayor que antes. Al principio de la Gran Recesión de 2008-2009, las exportaciones se habían disparado hasta alcanzar un histórico 44% del PIB combinado de los mercados emergentes asiáticos: esto es, diez puntos porcentuales por encima del valor registrado durante la crisis asiática de los años 1997 y 1998. De modo que si bien a partir del año 2000 y superada la crisis, Asia se concentró en corregir las vulnerabilidades financieras que habían provocado tamaño desastre (mediante el expediente de amasar enormes reservas de divisas, convertir los déficit de cuenta corriente en superávit y reducir su exposición excesiva al ingreso de capitales volátiles), no pudo poner otra vez en equilibrio la macroestructura de su economía. De hecho, el crecimiento económico de Asia se volvió más dependiente de las exportaciones y de la demanda externa.

Por eso, cuando llegó la crisis de 2008-2009, todas las economías de la región experimentaron una marcada desaceleración o directamente cayeron en recesión. Y no se puede descartar que se produzca algo similar en los meses que vendrán. Superada la pronunciada caída del bienio 2008‑2009, en los países emergentes de Asia la participación de las exportaciones dentro del PIB ha vuelto a subir hasta el máximo anterior, alrededor del 44%; es decir que la región está otra vez tan expuesta a perturbaciones de la demanda externa como lo estaba antes de declararse la crisis de las hipotecas subprime tres años atrás.

China (por mucho tiempo motor del pujante crecimiento asiático) es el mejor ejemplo de la vulnerabilidad de Asia ante perturbaciones procedentes de las economías desarrolladas. De hecho, en 2010 el 38% de las exportaciones chinas tuvieron como destino Europa o los Estados Unidos, que son, lejos, los principales mercados del país en el extranjero.

Los últimos datos no dejan lugar a dudas: Asia ya está sintiendo el impacto de la nueva crisis global. China lleva la delantera, igual que hace tres años: el crecimiento anual de sus exportaciones se hundió desde el 31% en octubre de 2010 hasta el 16% en octubre de 2011, y es probable que en los meses venideros la desaceleración se acentúe.

Las exportaciones de Hong Kong incluso se contrajeron un 3% en septiembre, en lo que constituye la primera caída interanual en 23 meses. La rápida desaceleración de las exportaciones de Corea y Taiwán muestra tendencias similares. Hasta en la India (por mucho tiempo considerada una de las economías de Asia más resistente a perturbaciones), el crecimiento anual de las exportaciones colapsó desde el 44% en agosto de 2011 a apenas el 11% en octubre.

Lo mismo que hace tres años, muchos esperan que Asia pueda “desacoplarse”, es decir, que la región, lanzada a toda máquina, se muestre inmune ante las perturbaciones globales. Pero con la desaceleración actual del crecimiento en toda Asia, esa esperanza parece ser mera expresión de deseos.

La buena noticia es que tal vez el impulso necesario para compensar en parte la caída de las exportaciones y suavizar el aterrizaje de Asia pueda salir de las inversiones. Pero la situación sería totalmente distinta si la eurozona se desintegra y se produce un colapso europeo con todas las letras.

Es el segundo llamado de atención que recibe Asia en tres años, y esta vez, es mejor que la región le preste oídos. Mientras los Estados Unidos (y ahora también Europa) tienen por delante un largo camino hacia su recuperación, las economías emergentes de Asia ya no pueden darse el lujo de sostener su desarrollo económico en un crecimiento firme de la demanda externa de los países avanzados. A menos que esté dispuesta a aceptar un crecimiento más lento, con absorción más lenta de la mano de obra y mayor riesgo de inestabilidad social, Asia debe tomar la iniciativa y volcarse a los 3.500 millones de consumidores locales. Hoy más que nunca, Asia necesita un nuevo equilibrio basado en el consumo.

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