Durante los últimos tres años, América Latina ha vivido un auge económico sin precedentes. El crecimiento ha sido sólido, la inflación está bajo control y las reservas internacionales han aumentado a paso constante. El periodo que va de 2004 a 2006 ha significado los tres mejores años para las economías de América Latina desde principios de los 60.
Esta bonanza se ha debido principalmente a un ambiente internacional extraordinariamente positivo. Los precios de exportación de las mercancías básicas se encuentran en niveles nunca antes alcanzados, ha habido una gran liquidez global y las tasas de interés internacionales se han mantenido bajas.
Sin embargo, a pesar de las buenas noticias, el mapa político del continente se ha invertido, generando dudas sobre si se puede sostener el éxito económico. Una cantidad creciente de países latinoamericanos ha elegido presidentes de izquierda que critican las reformas de mercado y la globalización. Recientemente, Colombia marcó una diferencia frente a esta tendencia, y ahora parece que el candidato izquierdista de las elecciones presidenciales de México, Andrés Manuel López Obrador, ha sido derrotado por un estrecho margen. Sin embargo, los votantes han catapultado a políticos de izquierda en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, Perú, Venezuela y Uruguay, mientras que López conserva la capacidad –y quizás la voluntad- de movilizar a sus partidarios.
La principal inquietud es que los políticos de izquierdas implementen políticas populistas que generen grandes déficits fiscales, alta inflación y, finalmente, el derrumbe de sus monedas. Las crisis externas tienen una larga historia en la región. Desde los años 70, los países latinoamericanos han sufrido, en promedio, 1,6 crisis de balanza de pagos por década; algunas de las mejor conocidas son la crisis mexicana de 1994-95, la crisis brasileña de 1999 y la crisis argentina de 2001-2002.
Sus consecuencias económicas han sido gigantescas. En promedio, cada una de ellas costó a los países latinoamericanos un 12% del PGB.
No obstante, la preocupación acerca de las políticas populistas no se justifica del todo. La generación actual de líderes de izquierda es diferente de los “ caudillos ” populistas del pasado. Entienden que los desequilibrios macroeconómicos –y, en particular, la inflación- son costosos y producen frustración. Incluso Hugo Chávez de Venezuela –el más vociferante de ellos- comprende la importancia de mantener la estabilidad macroeconómica.
Más aún, en los últimos años, las economías latinoamericanas han experimentado importantes transformaciones económicas que han aumentado su resistencia ante las adversidades externas. Entre ellas, las principales han sido la adopción en varios países de tipos de cambio flexibles y la reducción de la deuda externa, particularmente la deuda del gobierno. Estos cambios estructurales han puesto a la mayoría de estas economías en buen pie, reduciendo su vulnerabilidad a los embates externos, como la desaceleración del crecimiento de la economía mundial, mayores tasas de interés internacionales y menores precios de la mercancías básicas.
Sin embargo, una mayor estabilidad macroeconómica no significa que todo esté bien. La principal debilidad de las economías latinoamericanas es que serán incapaces de generar el tipo de crecimiento rápido y sostenido que se necesita para crear empleos y reducir la desigualdad y la pobreza.
Para generar este rápido crecimiento de largo plazo es necesario que cumplan tres condiciones. Primero, deben acumular capital, lo que implica altos índices de ahorro que les ayuden a pagar nuevas máquinas, equipos e infraestructura. En segundo lugar, deben usar sus fuerzas laborales de manera eficiente, lo que exige una legislación laboral moderna que estimule el empleo de las mujeres, los jóvenes y los ciudadanos de mayor edad. Finalmente, deben lograr un alto índice de crecimiento de la productividad, lo que sólo se puede lograr asegurando un sistema educacional de alta calidad y amplio acceso.
La vasta mayoría de los países de América Latina no cumple ninguno de estos requisitos. Con un 19% del PGB, los índices de ahorro nacional son muy bajos –de hecho, mucho más bajos que en Asia-, y la legislación laboral es anticuada y inhibe un uso eficaz del capital humano, mientras que el crecimiento de la productividad es exiguo. De hecho, los estudiantes de los países latinoamericanos sacan constantemente los peores resultados de las pruebas internacionales de rendimiento como el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA) y el Tercer estudio internacional de Matemáticas y Ciencias (TIMSS).
El principal reto para los nuevos líderes de América Latina, ya sean de izquierdas o derechas, es implementar reformas que aceleren el crecimiento. El continente necesita medidas diseñadas para estimular el ahorro y la inversión, mejorar la utilización de la mano de obra y actualizar los sistemas educacionales fallidos. Sólo si el crecimiento es significativamente más rápido en el largo plazo comenzarán a aumentar los estándares de vida para la vasta mayoría de los votantes de la región.


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