Friday, November 28, 2014
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El vigilante dormido de Estados Unidos

Este mes me quiero desviar de los temas económicos habituales y enfocarme en cambio en el sistema por el cual la prensa –principalmente la estadounidense- cubre actualmente a los gobiernos. Pero tal vez esta no sea una gran desviación ya que la conducta de los medios no sólo afecta a la política sino también a la economía.

Consideremos una columna escrita en marzo por el director editorial del Washington Post, Fred Hiatt, en donde ofrece una pequeña e insuficiente disculpa por la cobertura y evaluación de la administración Bush realizadas por el periódico. Según Hiatt, “abordamos esos temas”, como el de si la administración Bush pensó debidamente su aventura en Iraq, “pero sin el vigor necesario”. En otras palabras, Hiatt se reprocha a sí mismo y a su organización el haber informado lo correcto, pero sin la fuerza suficiente.

Ahora pensemos en el comentario del ex editor del New York Times, Max Frankel, sobre cómo la ecología de las filtraciones de los medios en Washington es saludable porque “la mayoría de los reporteros no se limitan únicamente a repetir perezosamente las filtraciones.” En cambio, “las usan como cuñas para extraer otros secretos” y así vigilan al gobierno. Puede que el sistema “sea desordenado y cree confusión” pero “el precio que la sociedad tiene que pagar por el beneficio de obtener filtraciones esenciales sobre el gobierno es tolerar que el gobierno abuse de ellas para desinformar.”

Entonces, donde Hiatt ve un cuerpo periodístico que fue demasiado cobarde al vigilar a la administración Bush, Frankel ve un cuerpo periodístico que realiza una labor razonable aunque sea mediante un proceso desordenado y confuso. Yo veo algo muy diferente.

En el verano de 2000 comencé a preguntar a los republicanos que conozco –en general personas que podrían ser candidatos naturales a varias posiciones políticas en el segundo nivel del gabinete de una administración republicana- cuánto les preocupaba que el candidato presidencial republicano, George W. Bush, claramente no estuviera a la altura del puesto. Me dijeron que no les preocupaba que Bush no estuviera adecuadamente informado y que se mostrara extrañamente poco curioso para ser alguien que buscaba la posición más poderosa del mundo. Comentaron que uno de los problemas del presidente Clinton fue que le aburría la parte ceremonial de sus funciones –y por ello se metió en grandes problemas.

Hay que ver cómo actuó Bush cuando fue presidente del club de beisbol Texas Rangers, decían. Bush dejaba que los mánagers administraran el equipo y que el personal encargado de las finanzas condujera los negocios. Bush pasaba su tiempo asegurándose de que la coalición política para apoyar a los Texas Rangers permaneciera estable en el estilo al que estaba acostumbrada. Bush conoce sus fortalezas y debilidades, afirmaban. Se va a concentrar en ser la Reina Isabel II de Estados Unidos y va a dejar que personas como Colin Powell y Paul O’Neill sean los Tony Blair y Gordon Brown de este país.

Para el verano de 2001 era evidente que algo había salido muy mal. Para ese entonces, Bush había rechazado el consejo de O’Neill y Christine Todd Whitman sobre la política ambiental; de igual modo rechazó el de Alan Greenspan y O’Neill sobre política fiscal; el de Powell y Condolezza Rice sobre la importancia de avanzar en las negociaciones entre Israel y Palestina; y –como supimos después- el consejo de George Tenet y Richard Clarke sobre la importancia de la lucha contra el terrorismo.

De las conversaciones con funcionarios del segundo nivel del gabinete de la administración, con sus amigos y con los amigos de los amigos surgió una imagen extraña de Bush. No sólo estaba mal informado sino que también era perezoso: insistía en permanecer mal informado. No sólo era desinteresado sino también arrogante: insistía en tomar decisiones sin la información necesaria, de ahí que las que adoptaba eran esencialmente al azar. Y era obstinado: una vez que tomaba una decisión –incluso si, o mejor dicho, sobre todo si era manifiestamente equivocada y torpe –nunca la reconsideraba.

Así, para el verano de 2001, se había establecido un patrón que condujo al analista británico Daniel Davies a preguntar si había alguna política de la administración Bush sobre cualquier cosa, aunque fuera de importancia moderada, que no estuviera estropeada por completo. Pero leyendo el Washington Post o el New York Times, nos habría costado trabajo darnos cuenta. Hoy en día es un hecho aceptado que lo más amable que se puede decir sobre la administración Bush es que es completamente incompetente, y es lo que dicen ahora seguidores fieles de Bush como la National Review y el comentarista Robert Novak.

¿Por qué el cuerpo periodístico estadounidense no cubrió adecuadamente los primeros cinco años de la administración Bush? La verdad no lo sé. Sé que el mundo no puede atenerse a la prensa estadounidense para estar informado: si me engañas una vez, la culpa es tuya; si me engañas dos veces, la culpa es mía. Por ello, hago un llamado a todos ustedes que trabajan para los periódicos, la radio y la televisión fuera de Estados Unidos: es a ustedes a quienes nosotros -incluyendo los que estamos en Estados Unidos- debemos recurrir para descubrir qué está haciendo nuestro propio gobierno.

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