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La retirada de Asia por parte de los Estados Unidos

La prevista retirada de Asia de tropas por parte de los Estados Unidos, que el Presidente George W. Bush anunció el 16 de agosto, no tiene por qué perjudicar a la paz y la estabilidad en esa región y, en particular, en Corea, pero una condición fundamental para un redespliegue sin problemas de las tropas de los EE.UU. es la de que este país celebre estrechas consultas con sus aliados, cosa que no ha hecho bien hasta ahora.

Para que esa retirada, ya inevitable, salga bien, se tienen que tener en cuenta en serio las opiniones de Corea del Sur y del Japón. En cambio, el anuncio -y después la ejecución- unilateral de la retirada puede perjudicar el propio objetivo al servicio del cual deben estar las restantes tropas estadounidenses en Asia: el de garantizar la disuasión, la estabilidad y la no proliferación en Corea y en Asia.

El plan de retirada está causando innumerables preocupaciones. En el Japón, existe la preocupación de que lo convierta en el puesto de mando en primera línea de los Estados Unidos en Asia, lo que posiblemente rebase el alcance de su tratado bilateral de seguridad con este país. Un resultado es el de que China se sienta nerviosa ante las consecuencias de cualquier ampliación de la alianza militar americanojaponesa.

Pero donde se sienten más profundamente las repercusiones de las previstas retiradas de tropas de los Estados Unidos es en Corea del Sur. En junio, el gobierno de Bush reveló su plan de retirar al final de 2005 unos 12.500 de los 37.000 soldados de los EE.UU. estacionados en Corea del Sur. Entre ellos figurarán los 3.600 soldados de la segunda brigada de la segunda división de Infantería, cuyo redespliegue en el Iraq ya está decidido.

El Departamento de Defensa de los EE.UU. justifica ese cambio como parte de la "revisión de la posición mundial" que ha estado haciendo para dotar de mayor flexibilidad y movilidad al despliegue de tropas a lugares en los que se las necesite más urgentemente en todo el mundo, pero el carácter unilateral del anuncio y la precipitación con que se ha anunciado el plan han provocado alarma en Corea del Sur y tal vez en el Japón, en el sentido de que la retirada podría entrañar graves riesgos para el decisivo papel que las fuerzas de los EE.UU. han desempeñado en la disuasión a fin de impedir otra guerra en Corea.

Los surcoreanos temen sinceramente que el plan debilite la disuasión enviando a Corea del Norte -que pide una retirada militar de los EE.UU., al tiempo que se niega a abandonar su ambición de disponer de armas nucleares- el mensaje de que la intransigencia da resultado. De hecho, no se debe olvidar que Corea del Norte mantiene un ejército de 1.100.000 soldados.

Además, la forma como el gobierno de Bush reveló su plan de retirada ha debilitado el crédito de la alianza americanocoreana. El anuncio unilateral por parte de los Estados Unidos ha propiciado la aparición de rumores en el sentido de que la retirada debe tener algo que ver con la oleada en aumento de antiamericanismo en Corea del Sur y en particular con la renuencia y la demora de este país a la hora de enviar otros 3.600 soldados propios al Iraq.

El gobierno de Bush intenta rebatir esas acusaciones diciendo que el plan no debilitará las capacidades de disuasión de las fuerzas americanas, pues se mantendrá la presencia aérea y naval, mucho mas potente, de los Estados Unidos en esa zona. Además, los EE.UU. se proponen fortalecer las fuerzas propias de Corea del Sur suministrándoles equipo de tecnología avanzada por valor de 11.000 millones de dólares en los cinco próximos años.

Militarmente, ese argumento tiene sentido. Sin embargo, política y psicológicamente el método -por no hablar de la oportunidad y la ejecución de las retiradas- plantea muchos interrogantes sobre la viabilidad actual de la alianza americanocoreana de seguridad, pues ésta parece ahora desorientada, sin un objetivo común y con poca orientación por ninguna de las dos partes.

Y, sin embargo, el gobierno de Bush insiste: "Los Estados Unidos consideran a Corea del Sur un aliado fuerte y firme. Estamos comprometidos con su seguridad y con nuestra alianza y asociación con Seúl". Si Washington habla en serio, debe transformar ese compromiso en una alianza total y a largo plazo que pueda sobrevivir al distanciamiento actual -y continuar incluso después de la reunificación coreana- haciendo una declaración conjunta con el Gobierno de Corea del Sur en el más alto nivel.

Para disipar recelos y restablecer la confianza en la alianza, es necesario que los Estados Unidos y Corea del Sur reafirmen sus intereses y valores comunes en pro de la disuasión, la no proliferación, la estabilidad y la democracia en la península coreana y en toda Asia. Una vez que decidan prolongar su alianza son esos fines, ha de ser posible que funcionarios competentes elaboren unos principios rectores de la cooperación concreta en materia de seguridad. Las negociaciones concretas sobre la retirada de tropas americanas de Corea o sobre su redespliegue desde la zona desmilitarizada hasta más abajo de Seúl deben basarse en dichos principios.

Al hacerlo, los Estados Unidos deben tratar a Corea como un socio con todas las de la ley y con voz a la hora de adoptar decisiones que afecten a sus intereses en materia de seguridad. Como aliado de los Estados Unidos durante 51 años y tercera economía del Asia oriental, Corea del Sur tiene derecho a ser consultada plenamente sobre esa clase de decisiones.

Pese a los sentimientos antiamericanos por parte de algunos surcoreanos, la mayoría de la población del país quiere que las fuerzas americanas sigan siendo una fuerza estabilizadora. El de garantizar la existencia de una península coreana pacifica y desnuclearizada, zona en la que se cruzan directamente los intereses del Japón, China, Rusia y los Estados Unidos, es uno de los objetivos mas importantes en materia de seguridad de todo el planeta. Por esa razón, los Estados Unidos y Corea del Sur deben restaurar su visión estratégica para el futuro.

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