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Realismo sobre el renminbi

NUEVA YORK - Durante siete años, Estados Unidos ha permitido que la fijación de su tipo de cambio con el renminbi desvíe la atención de asuntos mucho más importantes en su relación económica con China. El próximo Diálogo Estratégico y Económico entre EE.UU. y China será una excelente oportunidad para examinar -y reconsiderar- las prioridades estadounidenses.

Desde 2005, el Congreso de EE.UU. ha coqueteado una y otra vez con leyes tendientes a defender a los trabajadores estadounidenses en apuros de la presunta amenaza de una moneda china barata. El apoyo bipartidista para este tipo de medidas se demostró cuando los senadores Charles Schumer (demócrata liberal de Nueva York) y Lindsey Graham (republicano conservador de Carolina del Sur), presentaron el primer proyecto de ley sobre la moneda china.

El argumento a favor de la acción legislativa es tentadoramente simple: el déficit comercial de mercancías de EE.UU. ha promediado un récord del 4,4% del PIB desde 2005 y China representa un 35% del mismo, supuestamente debido a su manipulación de la moneda. Los chinos deben revaluar o enfrentar sanciones, insiste una amplia coalición de políticos, empresarios, académicos y economistas,

Este razonamiento resuena bien con los votantes de EE.UU. Las encuestas de opinión realizadas en 2011 mostraron que un 61% de los estadounidenses creen que China representa una amenaza económica seria. Así las cosas, el debate sobre la moneda se perfila como un tema importante de la próxima campaña presidencial. "Basta ya", respondió el presidente Barack Obama cuando se les preguntó sobre el renminbi tras su último encuentro con el presidente chino, Hu Jintao. Mitt Romney, el presunto rival republicano de Obama, se ha comprometido a declarar a China culpable de manipulación de la moneda el día en que asuma el cargo.

Sin embargo con todo lo atractiva que esta lógica pueda ser, está equivocada. En primer lugar, el déficit comercial de Estados Unidos es multilateral: el país lo registró con 88 naciones en 2010. No es posible solucionar los desequilibrios multilaterales -especialmente los atribuibles a un déficit en el ahorro- aplicando presión sobre el tipo de cambio bilateral. De hecho, la principal amenaza de Estados Unidos es interna. Echarle la culpa a China simplemente impide el gran esfuerzo ​​que se debe hacer en casa, es decir, aumentar el ahorro mediante la reducción de los déficits presupuestarios y alentar a las familias a ahorrar ingresos en lugar de depender de las burbujas de bienes.

En segundo lugar, el renminbi se ha apreciado un 31,4% frente al dólar desde mediados de 2005, muy por encima del aumento del 27,5% reclamado por el proyecto Schumer-Graham original. Teniendo en cuenta las lecciones de Japón, especialmente su desastrosa concesión de una fuerte apreciación del yen en el Acuerdo del Plaza de 1985, los chinos han optado en cambio por una revaluación gradual. Las medidas recientes hacia la internacionalización del renminbi, una cuenta de capitales más abierta y la ampliación de las bandas de intercambio de divisas dejan pocas dudas de que el objetivo final es una moneda totalmente convertible y regida por las reglas del mercado.

Tercero, ha habido una mejora significativa en el desequilibrio exterior de China. El Fondo Monetario Internacional estima que el superávit de cuenta corriente chino bajará hasta llegar a apenas el 2,3% del PIB en 2012, tras alcanzar un máximo del 10,1% en 2007. Los funcionarios estadounidenses suelen plantear que el exceso de ahorro de China es un factor importante de la inestabilidad global. Pero tendrían que mirarse en el espejo: es probable que el déficit de cuenta corriente de Estados Unidos para este año, estimado en $510 mil millones, sea 2,8 veces más alto que el superávit chino.

Por último, China ha pasado de ser la fábrica del mundo a su línea de montaje. Los estudios demuestran que no más del 20% al 30% de las exportaciones chinas a EE.UU. reflejan valor añadido dentro de China. Aproximadamente el 60% de las exportaciones chinas representan envíos de "empresas con inversión extranjera", es decir, las filiales chinas de las multinacionales globales. Piénsese en Apple. Las plataformas de producción globalizadas distorsionan los datos de comercio bilateral entre EE.UU. y China, y tienen poco que ver con el tipo de cambio.

En vez de denigrar a China como la principal amenaza económica a Estados Unidos, la relación se debería replantear como una oportunidad. El mayor componente de la demanda agregada estadounidense -los consumidores- está congelado. En los últimos cuatro años el consumo privado ha crecido un anémico promedio anual del 0,5%, ajustado a la inflación, puesto que las familias han estado centradas en arreglar sus dañados balances. Es probable que en los próximos años persista el desapalancamiento de los consumidores, haciendo que EE.UU.  necesite cada vez más con mayor urgencia encontrar nuevas fuentes de crecimiento.

Aumentar las exportaciones encabeza la lista de posibilidades. Hoy China es su tercer mayor mercado y el que más rápido crece. No puede haber ninguna duda de su potencial para llenar parte del vacío dejado por los consumidores estadounidenses.

La clave para hacer realidad esa oportunidad es el acceso a los mercados chinos, algo tanto más significativo a la luz del próximo reequilibrio de China a favor del consumo. Históricamente, China ha tenido un modelo de desarrollo abierto en que las importaciones han llegado a representar un 28% del PIB desde 2002, casi triplicando el 10% de Japón durante su época de alto crecimiento (1960-1989). Como resultado, para un determinado incremento de la demanda interna, China está mucho más predispuesta a satisfacerla con bienes y servicios del extranjero.

A medida que el consumidor chino vaya emergiendo, puede irse elevando drásticamente la demanda de una amplia variedad de productos de fabricación estadounidense, desde dispositivos de última generación de tecnología de información y biotecnología a componentes de automoción y aeronaves. Lo mismo en el caso del sector servicios que, con tan solo el 43% del PIB, es relativamente pequeño en China. Esto representa un margen de expansión enorme para las compañías globales de servicios de Estados Unidos, especialmente en los sectores de distribución con alta cantidad de transacciones -comercio mayorista y minorista, transporte nacional y logística de cadenas de suministro-, así como en los segmentos de procesamiento en los sectores de las finanzas, la atención de la salud  y el almacenamiento de datos.

EE.UU. tiene que reorientar las prioridades comerciales entre ambas naciones hacia un mayor acceso al mercado en estas y otras áreas, intentando hacer retroceder las políticas y prácticas de contratación pública chinas que favorezcan la producción nacional y la innovación interna. Se han producido algunos avances, pero se necesitan más; por ejemplo, sumar a China al Acuerdo sobre Contratación Pública de la Organización Mundial del Comercio. Al mismo tiempo, EE.UU. debería reconsiderar las anticuadas restricciones de la Guerra Fría a las compras chinas de productos con componentes de alta tecnología.

Para un EE.UU. tan necesitado de crecimiento, las oportunidades de acceso a este enorme mercado son muy superiores a la amenaza del tipo de cambio. El consumidor chino, largo tiempo dormido, está a punto de despertar. Esto juega a favor de uno de los puntos más fuertes de Estados Unidos: su destreza al competir en nuevos mercados. Sería una vergüenza si desperdicia esta extraordinaria oportunidad al obstinarse en el próximo Diálogo Estratégico y Económico.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen