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Las feministas reaccionarias de los Estados Unidos

NUEVA YORK – Es evidente que la izquierda y la clase dirigente de los medios de comunicación de los Estados Unidos no pueden entender plenamente el atractivo popular de las dos tigresas republicanas en las noticias: primero Sarah Palin y ahora, cuando va consolidando su condición de favorita republicana para las elecciones presidenciales, Michele Bachmann. ¿Qué tienen que otros candidatos no tengan... y que tantos americanos parecen desear?

Tanto Bachman como Palin son ridiculizadas en la prensa principal. En el caso de Palin, la impresión predominante es la de que es un peso ligero intelectualmente: un vídeo en el que se veía que no podía citar un solo periódico o revista que leyera habitualmente fue contemplado millones de veces en YouTube durante las últimas elecciones presidenciales.

Por otra parte, a Bachmann se la retrata como ligeramente trastornada. De hecho, puedo atestiguar a partir de mi experiencia personal que debatir con ella significa chocar con alguien que está absolutamente seguro de hechos que deben de existir en algún punto de un universo paralelo.

Pero sería un error simplemente desechar el atractivo de las dos sin esforzarse por entender a que se debe, cosa que resulta particularmente cierta en el caso de Bachmann. Palin no ha logrado el apoyo de la dirección del Partido Republicano, que se ha negado a ser su mentora, y seguirá exhibiendo su extraño atractivo como personalidad de los medios de comunicación, pero Bachman podría llegar a ser –cosa de lo más rara– Presidenta de los Estados Unidos.

La naturaleza de su atracción tiene que ver con dos variedades del pensamiento americano ante los que la clase dirigente de la izquierda y de los medíos de comunicación de los EE.UU. están en verdad ciegos. Una es la tradición americana de demagogia populista, de la que en el siglo XX formaron parte el racista Padre Charles Coughlin en el decenio de 1930, el cazador de brujas anticomunista Joe McCarthy en el de 1950 y el radical Malcom X en el de 1960. Los dirigentes populistas inspiran una devoción apasionada, por lo general en personas que se sienten (y con frecuencia están) económica, política y culturalmente marginadas.

La energía de esos movimientos populistas puede orientarse en forma positiva o negativa, pero los demagogos de los Estados Unidos adoptan tácticas similares para propulsar su ascenso al relieve público y el poder. Utilizan la retórica emotiva. Con frecuencia inventan redes misteriosas de fuerzas de “minorías selectas” alineadas contra el americano común y decente. Crean una situación de  enfrentamiento entre “nosotros y ellos” y piden a sus oyentes que crean que sólo ellos restablecerán la dignidad americana y expresarán los deseos de aquellos a quienes nadie escucha.

Palin y Bachmann hablan ese lenguaje muy personal o emocional, que incluso al hombre republicano más inflexible le resulta difícil emular. En los tres últimos decenios, la política de los Estados Unidos dominada por los hombres se ha vuelto cada vez más floja, abstracta y profesionalizada, lo que resulta negativo para la demagogia, pero no inhibe a las tigresas de la derecha, que no aparecieron por mediación del ”club de los muchachos”.

A consecuencia de ello, Palin tiene libertad para hablar de “equipos para la muerte”, amenaza totalmente imaginaria representada por la reforma sanitaria del Presidente Barack Obama y Bachmann puede invocar el espíritu de McCarthy para erigir el igualmente extraño espectro de los tentáculos del socialismo que se infiltran en los niveles más altos del Gobierno. Las dos pueden hacer llamamientos de andar por casa, como típicas madres de clase media, precisamente la clase de emocionalismo que hombres políticos profesionales más estereotipados, incluso (o en particular) en la cima del partido, no pueden ofrecer.

La segunda razón por la que Bachmann y Palin atraen a tantos americanos  –y tampoco se debería subestimarla– tiene que ver con una grave interpretación histórica equivocada del feminismo. Como el feminismo en los decenios de 1960 y 1970 se expresó mediante instituciones de la izquierda –en Gran Bretaña estuvo aliado con frecuencia con el movimiento laborista y en los Estados Unidos renació al mismo tiempo que apareció la Nueva Izquierda, se da por sentado que el propio feminismo ha de ser izquierdista. En realidad, el feminismo está filosóficamente en igual armonía con los valores conservadores y en particular los libertarios... y en algunos sentidos más aún.

El núcleo del feminismo es la elección y la libertad individuales, cosas de las que ahora el movimiento del Tea Party habla más que la izquierda, pero, aparte de esos mensajes llamativos, hay un importante sector de mujeres derechistas en Gran Bretaña y en la Europa occidental, como también en los Estados Unidos, que no ven reflejados sus valores en las prescripciones de la política social colectivista ni en el establecimiento de cuotas para cada uno de los sexos. Prefieren lo que consideran el recio individualismo de las fuerzas del mercado libre, un terreno de juego capitalista igual para todos, y un Estado débil que no vulnere sus opciones personales.

Muchas de esas mujeres son socialmente conservadoras, apoyan firmemente a las fuerzas armadas y tienen sólidas convicciones religosas... y, sin embargo, ansían la igualdad tanto como cualquier vegetariana izquierdista de Birkenstocks. La ceguera ante ese planteamiento totalmente legítimo del feminismo es la que hace equivocarse a los comentaristas que desean quitar importancia a mujeres como Margaret Thatcher o a las mujeres musulmanas o a las dirigentes derechistas de los EE.UU., por no ser, en cierto modo, “auténticas”.

Pero esas mujeres son feministas de verdad, aunque no compartan preferencias políticas con la “hermandad” ya reconocida y aun cuando ellas mismas rechacen la etiqueta feminista. En el caso de Palin –y en particular en el de Bachmann– quien pase por alto el gran atractivo del feminismo derechista se merecerá las consecuencias de su actitud.

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