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El otro treinta por ciento de los Estados Unidos

NEW HAVEN – El consumidor americano es una simple sombra de su  todopoderoso yo anterior. En el segundo trimestre de 2012, el consumo personal aumentó en los Estados Unidos sólo a una tasa anual del 1,5 por ciento en términos reales (ajustada según la inflación) y no fue una anomalía. Lamentablemente, sigue una tónica de debilidad que ha resultado evidente desde comienzos de 2008.

A lo largo de los dieciocho últimos trimestres, el aumento anualizado de la demanda de consumo real ha sido por término medio de tan sólo 0,7 por ciento, frente a un aumento tendencial de 3,6 por ciento en el decenio anterior al estallido de la crisis. Nunca había sido el consumo estadounidense tan flojo durante tanto tiempo.

La causa no es un ningún secreto. Los consumidores hicieron enormes apuestas en dos burbujas: la de la vivienda y la del crédito. Unas políticas monetaria y reglamentadora imprudentes convirtieron la morada humilde en un cajero automático que permitía a las familias extraer dólares de las burbujas y vivir por encima de sus medios.

Hace ya tiempo que las dos burbujas estallaron y los hogares de los EE.UU. están afrontando ahora una devastación financiera: a saber, activos por los suelos, deuda sin precedentes y grave escasez de ahorros. Al mismo tiempo, un desempleo elevadísimo y un aumento insuficiente de los ingresos se han combinado para apretar la soga a unos consumidores insolventes.

A consecuencia de ello, los hogares americanos se han apretado el cinturón como nunca. Los consumidores están dedicando los pocos ingresos que obtienen a pagar la deuda y reconstituir sus ahorros. Es algo a un tiempo lógico y racional y, por tanto,  la Reserva Federal de los EE.UU. no puede contrarrestarlo con una relajación monetaria inhabitual.

La reducción sin precedentes de los gastos de los consumidores americanos ha vuelto del revés el cálculo del crecimiento de la economía de los EE.UU. Habitualmente, el consumo representa el 70 por ciento del PIB (el 71 por ciento en el segundo trimestre, para ser exactos), pero el 70 por ciento apenas aumenta y no es probable que lo haga demasiado en un futuro previsible, por lo que el otro 30 por ciento de la economía de los EE.UU. carga con un peso enorme para engendrar recuperación alguna.

En realidad, el otro 30 por ciento no ha funcionado nada mal, sobre todo si tenemos en cuenta la situación –con el viento en contra– del 70 por ciento correspondiente al consumo. El 30 por ciento consta principalmente de cuatro componentes: el gasto de capital por parte de las empresas, las exportaciones netas (exportaciones menos importaciones), la construcción de viviendas y las compras gubernamentales. (Técnicamente, se debería incluir el ritmo de la inversión en inventarios, pero, más que de una fuente de demanda final, se trata de un amortiguador cíclico entre la producción y las ventas.)

En vista de la tendencia del 0,7 por ciento en el crecimiento del consumo real a lo largo de los cuatro y medio últimos años, la anémica recuperación anualizada de la economía de un 2,2 por ciento después de la “gran recesión” es casi milagrosa. Se debe atribuirla principalmente al otro 30 por ciento, en particular a las fuertes exportaciones y a una recuperación del gasto de capital de las empresas.

En cambio, el sector gubernamental ha avanzado en la dirección opuesta, al reducir gastos los gobiernos de los estados y las administraciones locales y llegar al punto máximo las compras federales, después de las explosiones del déficit posteriores a la crisis. El sector de la vivienda ha empezado a recuperarse en los cinco últimos trimestres, pero a partir de un nivel tan profundamente deprimido, que su crecimiento ha tenido pocas repercusiones en la economía total.

Dada la gran probabilidad de que los consumidores sigan siendo débiles en los próximos años, el programa de crecimiento de los Estados Unidos debe centrarse en obtener más a partir del otro 30 por ciento. De los cuatro componentes del crecimiento que entran dentro de esa categoría, dos tienen el mayor potencial para hacer una aportación: el gasto de capital y las exportaciones.

Las perspectivas para esas dos fuentes de crecimiento no sólo influirán en el vigor –o en la falta de él– de cualquier recuperación, sino que, además, podrían perfectamente ser decisivas para provocar un importante cambio en el modelo de crecimiento de los EE.UU. La división 70/30 subraya el imperativo: los EE.UU. deben hacer frente a una reequilibración fundamental, consistente en abandonar la confianza excesiva en la demanda interna y obtener un mayor apoyo de la demanda exterior.

El gasto de capital y las exportaciones, que representan juntos el 24 por ciento, aproximadamente, del PIB, son la clave para ese cambio. La proporción del gasto de capital, poco más del diez por ciento del PIB, es muy inferior al punto máximo –de casi un 13 por ciento– en 2000, pero el gasto de capital debe superarlo para que las empresas de los EE.UU. estén equipadas con capacidad y tecnología de vanguardia e infraestructura privada que les permitan recuperar la participación en el mercado interior y exterior. Sólo entonces podría el crecimiento de las exportaciones, impresionante desde mediados de 2009, sostener aumentos mayores y sólo entonces podrían los EE.UU. frenar la ola ascendente de penetración de las importaciones por parte de productores extranjeros.

El otro 30 por ciento es también muy representativo de un problema estratégico más grave que afrontan los Estados Unidos: un profundo desafío competitivo. El cambio a la demanda exterior no está esperando ahí. Se debe lograr mediante trabajo denodado, pura determinación y una reactivación competitiva necesaria desde hace mucho.

También en ese frente, los Estados Unidos han ido quedando rezagados. Según el Índice de competitividad mundial del Foro Económico Mundial, en el período 2011-2012 los EE.UU. bajaron del cuarto puesto que ocupaban el año anterior al quinto, lo que constituye una evidente tendencia general descendente desde 2005.

La erosión es atribuible a varios factores, incluidas las insuficiencias de las enseñanzas primaria y secundaria y una gestión macroeconómica deficiente, pero las EE.UU. ocupan puestos preocupantemente bajos en las clasificaciones de la calidad de sus infraestructuras (el vigésimo cuarto), la disponibilidad y absorción de tecnología (el décimo octavo) y la complejidad y amplitud de los procesos de producción de su cadena de suministros (el décimo cuarto).

Para la recuperación competitiva de los Estados Unidos, es imprescindible mejorar todos esos aspectos, pero, para afrontar ese imperativo, hará falta un crecimiento vigoroso del otro 30 por ciento, en particular del gasto de capital privado. Como es probable que el consumidor americano siga paralizado, el mismo 30 por ciento debe seguir cargando también con el peso de una recuperación económica lenta.

Nada de todo ello puede producirse en un vacío. No se puede financiar la inversión necesaria para la reactivación competitiva y una recuperación sostenida sin una mejora, necesaria desde hace mucho, del ahorro de los EE.UU. En una época de déficits gubernamentales desmedidos e insuficiente ahorro de los hogares, ése puede ser el imperativo más difícil de los Estados Unidos.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.