Wednesday, April 23, 2014
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La tierra de los hombres

NUEVA DELHI – En la colección de cuentos Hombres sin mujeres, Ernest Hemingway estudia las tensas relaciones entre los géneros. En uno de los relatos más conmovedores, un joven convence a su pareja de abortar, pues considera que su hijo nonato será un obstáculo para su posición. La mujer acaba por ceder.

Ese cuento, publicado hace más de 80 años, sigue siendo pertinente en la India actual, donde los fetos femeninos corren serios riesgos. Según el censo de 2011, el coeficiente de género infantil del país cayó de 927 a 914 niñas por 1000 niños, el nivel más bajo en 60 años. Los coeficientes en los estados del norte son particularmente alarmantes: únicamente Himachal Pradesh tiene un coeficiente de niñas por niños superior a 900.

Pese a que son ilegales, en toda la India se utilizan análisis de ultrasonido para determinar el sexo con el fin de abortar grandes cantidades de fetos femeninos sanos. Pero también hay graves preocupaciones sobre las operaciones legales. La genitoplastia –una operación para cambiar el sexo de niñas recién nacidas—es un negocio muy preocupante que está en pleno crecimiento.

Esto sólo se puede describir con un término: genericidio. Si no se controla, en la próxima generación de la India habrá una grave escasez de mujeres.

Las parejas indias tienen una fuerte predilección cultural, que raya en la obsesión, por los hijos varones –a pesar de los grandes avances en términos de educación y empleo que han hecho las mujeres en las últimas décadas. La educación y la riqueza no tienen nada que ver –de hecho, algunas de las zonas más afectadas están en las ciudades más ricas de la India. Por desconcertante que parezca, las verdaderas culpables pueden ser la cultura y la tradición del país.

Los gastos y presiones del sistema de dotes y el hecho de que en la mayoría de las familias sólo los hijos heredan riqueza y propiedades contribuyen a este favoritismo. También es importante que los hijos normalmente viven con sus padres incluso después de casarse y se hacen cargo de ellos cuando envejecen. Las hijas, que viven en casa de sus esposos después del matrimonio, son consideradas amanat –la propiedad de otros. En resumen, los hijos representan ingresos y las hijas gastos.

En los viejos tiempos, cuando las familias solían tener entre 5 y 10 hijos, esto no era tan importante. El número de hijos e hijas a menudo se equilibraba. Sin embargo, en las familias más pequeñas de hoy, el que los hijos sean dos varones o dos niñas influye en todo, desde la planificación financiera hasta los preparativos para la vejez.

Muchos dicen que las mujeres indias deberían imponerse a sus familias y negarse a abortar cuando el feto sea femenino. Pero las mujeres indias también quieren hijos varones. A diferencia del personaje de Hemingway, a menudo están más que dispuestas a abortar una niña e intentar tener un niño. El novelista Salman Rushdie alguna vez planteó la siguiente pregunta a quienes apoyan el derecho al aborto: “¿Qué se debe hacer cuando una mujer utiliza el poder que tiene sobre su propio cuerpo para discriminar a los fetos femeninos?”

Esto plantea otras preguntas relacionadas con las consecuencias de una escasez importante de niñas. ¿Se valorará más a las mujeres? ¿O acaso el exceso de hombres dará lugar a un aumento del tráfico de novias, de la violencia sexual y de los suicidios femeninos?

El historiador británico Niall Ferguson cita a académicos que atribuyen la expansión imperialista del Japón posterior a 1914 a un exceso de hombres jóvenes y que vinculan el aumento del extremismo islámico a un exceso de jóvenes islamistas. “Tal vez las futuras generaciones de hombres asiáticos encontrarán un desahogo inofensivo a sus inevitables frustraciones, como los deportes de equipo o los videojuegos, pero lo dudo”, escribe. Nos dice que no debemos sorprendernos si en la próxima generación “el nacionalismo estridente da lugar al militarismo machista o incluso al imperialismo”.

Desafortunadamente no hay una solución instantánea. Para salvar a nuestras niñas será necesario modificar radicalmente algunos de los arreglos, tradiciones y actitudes familiares de la sociedad india, y no hay una forma fácil de lograrlo. La legislación por sí sola no funcionará, puesto que la tradición es una ley en sí misma. Por ejemplo, las leyes religiosas hindúes permiten que una mujer reclame una parte igual de la riqueza de sus padres, pero pocas ejercen ese derecho. Culturalmente sienten que no tienen un derecho igual a las propiedades de sus padres.

Sin embargo, en la India sí se necesitan leyes nuevas –directas y aplicables—que repriman las prácticas culturales que sostienen tradiciones destructivas. Por ejemplo, podría establecerse un límite a los gastos matrimoniales –que es normalmente el mayor gasto que hace un padre por su hija. Con una limitación de los gastos matrimoniales, la compensaría de otro modo –quizá con una mayor herencia. Gradualmente esto se convertiría en la norma y las tradiciones se ajustarían a ella en consecuencia (es interesante que el estado de Kerala, en el que la herencia es por línea materna, el coeficiente de género y las tasas de alfabetismo están entre las más equitativas de la India).

Algunas personas proponen medidas más radicales, como una intervención directa en la que el Estado otorgue beneficios a las familias que tengan más niñas. Tal vez las autoridades podrían también penalizar a las familias con niños, al menos temporalmente.

La India se ve a sí misma como una mujer– Bharat Mata, o Madre India. Resulta irónico, entonces, que a menos que se hagan cambios profundos pronto, la Madre India podría ser la única mujer que quede en el país.

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