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Un momento decisivo para la Constitución de Europa

Bertie Ahern

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2004-06-15

Irlanda se acerca al final de su Presidencia semestral de la Unión Europea. Lo más destacado fue el Día de las Bienvenidas, celebrado en Dublín el 1 de mayo para señalar la entrada de diez nuevos Estados miembros. Esa ampliación representó el fin definitivo de las enconadas divisiones de Europa en el siglo XX. De hecho, la ampliación fue la culminación de cincuenta años de labor por parte de la propia UE para cicatrizar las divisiones de Europa.

Ahora el imperativo de la UE es el de volver a centrarse en las prioridades de hoy y de mañana. Debe comunicarse mejor con sus ciudadanos, renovar el apoyo de éstos, al demostrar que, aunados, los europeos pueden fomentar el crecimiento y la creación de puestos de trabajo, luchar contra la delincuencia internacional y conseguir un medioambiente limpio. La Unión debe desempeñar un papel más activo en el mundo en sentido amplio, no para seguir intereses egoístas, sino para promover los valores universales sobre los que se fundó.

Por encima de todo, la Unión ampliada necesita un marco constitucional e institucional que cuadre con sus ambiciones. Durante treinta meses, los gobiernos y los diputados han estado trabajando en una nueva constitución para Europa. La Convención presidida por el ex presidente francés Valery Giscard d'Estaing preparó un borrador excepcional. La tarea de los gobiernos nacionales -mía y de mis colegas en el Consejo Europeo- es la de rematar esa labor. Esta semana nos reuniremos en Bruselas y nuestra prioridad primordial es la de lograr un acuerdo sobre la constitución.

Hace tiempo que existe un consenso sobre la mayor parte del borrador. No hay diferencias sobre los valores y los objetivos de la UE, sobre la inclusión de la Carta de Derechos Fundamentales o sobre la simplificación de los procesos legislativos. Se trata en todos esos casos de avances de la mayor importancia, pero los gobiernos nacionales tienen inevitablemente un interés particular en los poderes de las instituciones de la UE en sectores decisivos como la política exterior, la legislación penal y la fiscalidad.

Ésas son las cuestiones sobre las que ahora hay que lograr un acuerdo final. A lo largo de meses de contactos bilaterales y negociaciones entre los ministros, hemos logrado reducir las cuestiones pendientes hasta el punto de que se puede alcanzar un acuerdo global equitativo y equilibrado.

Como en cualquier negociación, los ingredientes fundamentales son el calendario y la voluntad política. El pasado diciembre, cuando se hizo un primer intento de ultimar el acuerdo, había quienes, sencillamente, no estaban preparados para ello. La decisión adoptada en marzo por el Consejo Europeo de concluir las negociaciones durante la Presidencia irlandesa fue una firme señal de nuestra determinación para salir del punto muerto. Durante el pasado mes me he reunido con todos mis colegas frente a frente, en sus capitales. Hablamos con frecuencia. No veo debilitada la determinación. De hecho, existe la sensación de que no podemos permitirnos el lujo de fracasar. En un periodo arduo para la Unión, ésta debe demostrar que, a la hora de la verdad, sus miembros pueden adoptar decisiones colectivas, pero difíciles, en pro del interés común.

Los equilibrios institucionales básicos entre la Comisión, el Consejo y el Parlamento Europeo no están en entredicho, pero las instituciones de la UE necesitan una modernización. Gracias a la creación de un Presidente permanente del Consejo Europeo y un Ministro de Asuntos Exteriores de la UE habrá una mayor continuidad y concentración; además, habrá una presidencia de las otras formaciones del Consejo formada por un equipo de tres países.

También se acepta ahora que el sistema de votaciones dentro del Consejo Europeo debe basarse en una doble mayoría de población y Estados miembros. Es lógico, transparente y representativo, pero hay que calibrar las disposiciones precisas para las votaciones por doble mayoría de un modo que respete las preocupaciones particulares de todos los Estados miembros y, además, el nuevo sistema sea mas eficiente que su predecesor. Creo que podemos zanjar esa cuestión, la más difícil, de forma equitativa.

La tarea de la Comisión es la de sacar adelante el programa de la UE en pro del interés común. Se está desarrollando un consenso en el sentido de que se pueden lograr la "representatividad" y la legitimidad al incluir a ciudadanos de todos los Estados miembros en las dos próximas Comisiones, después de las cuales se pasará a un número menor basado en una rotación estrictamente igualitaria.

También es necesario velar por que los ciudadanos de todos los Estados miembros, grandes y pequeños, estén adecuada y apropiadamente representados en el Parlamento Europeo. La constitución prevé una mayor ampliación de las importantes funciones, legislativas y presupuestarias, del Parlamento en cooperación con los Estados miembros. De hecho, por primera vez se asigna a los parlamentos nacionales un importante papel de vigilancia.

Esas disposiciones preservarán la excepcional esencia institucional de la UE -los equilibrios entre instituciones y entre Estados miembros- y al tiempo ofrecerán la perspectiva de una eficiencia, una eficacia y una transparencia mayores.

La constitución entrañará otro importante avance en el recurso a las votaciones por mayoría, que son necesarias en una UE de 25 (y pronto de más) miembros, pero unos pocos asuntos deberán seguir sujetos a la decisión por unanimidad, dada su naturaleza especial. Creo que estamos a punto de lograr un acuerdo equilibrado a ese respecto.

Con demasiada frecuencia, se presentan las cuestiones complejas que entraña esta clase de negociaciones como una batalla entre un país y otro o entre ideologías en contienda. Por mi larga experiencia en materia de negociación, sé que hablar de vencedores y vencidos no sólo no es útil, sino que, además, resulta engañoso. Todo el mundo debe aceptar transacciones, pero también debe ver reflejadas sus esperanzas y preocupaciones en un texto final.

Si tenemos éxito esta semana, será un triunfo para la UE. Europa es una confluencia de tradiciones e historias diferentes, de Estados soberanos independientes, pero estamos unidos en nuestro convencimiento de que compartir la soberanía y laborar en común es la mejor -de hecho, la única- forma de avanzar. Aprobar una constitución significa consolidar el fin de las enconadas divisiones del pasado y una oportunidad para construir una Unión que funcione para nuestros 450 millones de ciudadanos.

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AUTHOR INFO

Bertie Ahern is former Prime Minister of Ireland.