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Cómo cerrar la brecha tecnológica entre EEUU y Europa

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2003-09-26

En la segunda mitad de la década de los 90, el crecimiento promedio anual de la tasa de productividad de Europa llegó al 0,7%, mientras que en EEUU se acercaba al 1,4%. Sin embargo, si distinguimos entre las industrias que producen tecnologías de la información y comunicaciones (ICT, por sus siglas en inglés) y aquellas que son simples usuarias de tales tecnologías, podremos ver que la brecha del crecimiento de la productividad radica casi completamente en la débil productividad del sector de ICT europeo. El crecimiento de la productividad anual en sectores que son usuarios de las tecnologías de ICT promedió el 0,63% en EEUU entre 1995 y 2000, y en Europa fue un muy similar 0,41%.

Esto confirma un hecho bien conocido: Europa es menos eficiente que EEUU en producir investigación que lleve a la generación de innovaciones: ya sea porque Europa destina menos recursos a la investigación, o porque los recursos disponibles se utilizan de manera menos eficiente, o ambas cosas.

Es cierto que el gasto total en investigación y desarrollo es menor en Europa que en EEUU, pero la diferencia no es muy grande. En los años 90, EEUU dedicó anualmente un 2,8% del PGB a investigación y desarrollo, en comparación con el 2,3% de Alemania, el 2 % del Reino Unido y el 1,9% de Francia. Aún así, es característico de los gobiernos europeos el quejarse de la falta de recursos fiscales para apoyar la investigación y el desarrollo (un argumento poco creíble, dada la minúscula parte destinada a investigación en los sobredimensionados presupuestos europeos) y, siempre que la Comisión Europea se los permite, subsidian a las firmas innovadoras o a las que piensan que es más probable que inviertan en investigación y desarrollo.

Francia e Italia, por ejemplo, exigieron que los límites impuestos a los déficits presupuestarios sobre los miembros de la eurozona por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento excluyeran el gasto público destinado a investigación. De manera similar, el gobierno francés decidió apoyar financieramente a Alstom (una compañía que ha desarrollado una cierta cantidad de productos de alta tecnología, entre ellos el TGV, el tren rápido francés) antes de que cayera en la bancarrota.

Pero es poco probable que estas tácticas den impulso al sector europeo de la alta tecnología. ¿Por qué? Porque las debilidades en investigación no son (al menos no principalmente) un problema de financiamiento. Los subsidios no crean firmas tecnológicas eficientes.

Veamos primero el tema de la investigación. Europa está a la zaga de EEUU en todos los campos: la cantidad de patentes, la cantidad de premios Nobel, la cantidad de investigadores que es capaz de atraer desde el resto del mundo. Pero el financiamiento es sólo parte del problema. Un euro dedicado a investigación en Europa es menos productivo que un dólar gastado en EEUU, por dos razones: los incentivos y la demanda de tecnología.

Nos parece que gastar más dinero sin cambiar las arcaicas reglas universitarias producirá más desperdicio, no más resultados de investigación. Sólo aumentaría el poder, el prestigio y los recursos de lobbies entrelazados de profesores universitarios bien asentados en sus puestos, que a menudo impiden el ingreso de sangre nueva y la competencia.

La demanda de tecnología es también importante. Ayuda a enfocar la investigación, proporciona plazos, analiza los resultados y permite que las patentes se valoren a precios de mercado. Sin los incentivos proporcionados por quienes están en el extremo receptor de la producción, los riesgos de la investigación siguen su propio curso a la deriva, a menudo sin dirección clara.

Es cierto que esto no se aplica a todos los campos: el estudio de los fragmentos griegos antiguos es valioso, incluso si apenas tiene demanda. Pero es importante en aquellos campos, tanto teóricos como aplicados, que se pueden usar como un insumo para la producción de nuevas teconologías: física, biología, química, ingeniería, etc.

Sin embargo, es el gasto de defensa el principal factor en la demanda de investigación. La mayoría de los grandes avances tecnológicos del período de postguerra, desde los microchips a la Internet, pasando por las nuevas baterías para teléfonos celulares desarrolladas por el ejército de EEUU en Irak, han tenido, al menos en sus inicios, una aplicación militar. Los teléfonos celulares, el rastreo satelital y las cámaras de alta resolución no son baratas de desarrollar, pero afortunadamente para las industrias que las utilizan, los costos de su creación han sido asumidos en parte por el gobierno.

Una razón clave de la superioridad de la investigación de EEUU es el tamaño y la composición de sus gastos de defensa. El presupuesto del Pentágono no es simplemente grande. Alcanza a más de la mitad de todo el gasto gubernamental estadounidense para investigación y desarrollo: en Francia, el gasto de defensa es sólo cerca de un cuarto del total. En 1999, el gasto de EEUU en investigación y desarrollo relacionado con la defensa fue del 0,45% del PGB, seguidos del Reino Unido y Francia, con sólo la mitad de esa cifra, 0,26% y 0,22%, respectivamente.

Como lo sugiere el caso Alstom, los franceses tienen en mente un modelo diferente. En lugar de apoyar la investigación y el desarrollo con grandes presupuestos de defensa, prefieren hacerlo directamente, subsidiando a las firmas tecnológicas francesas. La justificación oficial es que los presupuestos de defensa nacionales son demasiado pequeños como para crear la demanda que sería necesaria para apoyar la investigación y el desarrollo en los sectores de alta tecnología, mientras que aún no existe un presupuesto de defensa a nivel europeo.

Esto no es una coincidencia: si se asignara de manera competitiva, un presupuesto supranacional de este tipo identificaría a los ganadores y perdedores. Pero muchos países europeos todavía no quieren aceptar que puede que algunas de sus firmas de alta tecnología fracasen: es mejor, piensan, mantenerlas vivas con generosos subsidios y, mientras tanto, evitar la unificación de los presupuestos de defensa de la UE.

Integrando sus gastos de defensa y aumentando su tamaño, Europa mataría dos pájaros de un tiro. Sus exigencias tendrían más credibilidad en las mesas de negociación internacionales, particularmente cuando es cara a cara con EEUU, y la investigación científica se vería estimulada. El camino para lograr estas metas no es tener mayores déficits, lo que meramente implica más impuestos para mañana, sino reducir el gasto en otras partes del presupuesto. En pocas palabras: un poco de dolor de corto plazo para tener ganancias de largo plazo.

Alberto Alesina es profesor de Economía en la Universidad de Harvard y Francesco Giavazzi es profesor de Economía en la Universidad Bocconi de Milán. Sus direcciones de correo electrónico son aalesina@harvard.edu y francesco.giavazzi@uni-bocconi.it.

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