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El desafío universitario de Europa

Alberto Alesina and Francesco Giavazzi

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2003-01-23

Los sistemas universitarios de los EEUU y Europa Continental no podrían ser más diferentes. ¿Cuál funciona mejor? La respuesta es clara: Estados Unidos, sin lugar a dudas.

Las universidades europeas generalmente están basadas en tres principios poco afortunados:

  • los contribuyentes, en lugar de los estudiantes, pagan la educación universitaria;
  • las designaciones académicas están regidas por los contratos del sector público y los procedimientos universitarios a menudo están centralizados y casi siempre son inflexibles;
  • los salarios entre los profesores tienden a igualarse, así como la calidad de la enseñanza entre las universidades.

Este sistema es supuestamente más igualitario que el sistema estadounidense de educación superior, que muchos europeos menosprecian como elitista. En realidad, el sistema europeo por lo general produce menos investigación, peores estudiantes (especialmente a nivel de doctorados) y probablemente es menos igualitario que el de EEUU.

Hacer que los contribuyentes cubran los costos de la educación universitaria es efectivamente una redistribución, pero en la dirección errónea: las más de las veces los beneficiarios son los hijos de familias europeas que disfrutan de un cómodo nivel de vida. Incluso asumiendo una perspectiva generosa, lo mejor que se puede decir es que el sistema es neutral en lo relativo a la redistribución, debido a que los más ricos pagan más impuestos y usan con más frecuencia los servicios universitarios.

Además de favorecer a quienes más tienen en Europa, este sistema hace prácticamente imposible la supervivencia de las universidades privadas autofinanciadas. De hecho, probablemente esta sea la verdadera motivación del sistema de universidades públicas gratuitas de Europa: mantener el monopolio estatal de la educación superior.

Pero consideremos, en lugar de ello, el sistema de EEUU: los estudiantes pagan su educación y, con parte de las cuotas que ellos pagan, las universidades financian becas para estudiantes pobres que tienen méritos para recibirlas. Un sistema así es al menos tan "justo" con el modelo de Europa y probablemente más que uno en el que los contribuyentes pagan por todos, incluidos los ricos. De hecho, un estudio reciente que comparó la educación en EEUU e Italia concluyó que el ingreso familiar es más importante para el éxito de un estudiante (medido en términos de su salario) en la "igualitaria" Italia que en el "elitista" Estados Unidos.

Pero la competencia es tan importante como el financiamiento para determinar la calidad de una universidad, debido a que aumenta el mérito del producto. Esto sucede en el sistema estadounidense, en donde las universidades públicas y privadas coexisten sin problemas. La Universidad de California en Berkeley es pública. La Universidad de Stanford, ubicada una hora hacia el sur, es privada. Ambas están entre las mejores universidades de Estados Unidos. La competencia entre ellas funciona porque implica luchar por los mejores estudiantes y ofrecer becas a los que, siendo pobres, merecen estudiar.

En contraste, el control centralizado y burocrático de Europa sobre las universidades produce sólo mediocridad. Las contrataciones académicas en las universidades europeas a menudo están marcadas por complejos procesos burocráticos en los que participan incontables "jueces" de todo un país. Este proceso está diseñado para supuestamente "garantizar" que los mejores sean quienes reciban los cargos. Sin embargo, en realidad estos jueces hacen más fácil que quienes están dentro del sistema nombren a sus amigos, en lugar de hacer que quienes resulten contratados lo sean por la calidad de su investigación y enseñanza.

Algunos países, por ejemplo Francia, están cambiando sus sistemas al hacer que unos pocos académicos de otros países formen parte de los comités de contratación y promoción. Si bien obviamente es un paso en la dirección correcta, producirá pocos resultados.

Las mejores universidades estadounidenses manejan sus procesos de contratación internamente, recurriendo a personas que no pertenecen a ellas sólo para recibir opiniones especializadas acerca de la calidad de la investigación de un profesor candidato. Lo que produce buenas contrataciones es la amenaza de que los profesores mediocres hagan difícil atraer buenos estudiantes y grandes fondos para investigación.

La tendencia de Europa a igualar los salarios y el tratamiento de los profesores e investigadores también reduce el incentivo para impulsar una buena investigación y enseñanza. Si el único factor que aumenta el salario de un profesor es el paso del tiempo, ¿para qué hacer el esfuerzo adicional de lograr una calidad sobresaliente?

Por supuesto, el amor a la investigación y a la enseñanza es la razón por que muchas personas se unen a las facultades universitarias en primer lugar, pero ¿por qué no dar a estos nobles sentimientos una mano, proporcionando los incentivos financieros adecuados? Los bajos salarios a menudo parten de un acuerdo implícito: a cambio de una mala paga, los administradores de la universidad cierran sus ojos a una enseñanza e investigación perezosas y de mala calidad. Más aun, si los salarios son bajos, ¿qué pueden hacer los decanos universitarios para impedir que los miembros de la facultad recorran el país prestando lucrativos servicios de consultoría? El resultado es una enseñanza de mala calidad, una investigación impresentable y profesores con altos índices de ausencia.

Las universidades estadounidenses a menudo usan fuertes incentivos financieros y un tratamiento diferenciado hacia los profesores para premiar la buena enseñanza e investigación. Además, el carácter privado de los contratos entre una universidad estadounidense y sus profesores crea una saludable competencia en la búsqueda de talentos y un mercado flexible y eficiente para los científicos.

El resultado es que no es poco común en Estados Unidos que un profesor productivo y brillante gane tanto, si no más, que sus colegas más viejos y menos productivos. En Europa, los jóvenes y prometedores investigadores tienen que luchar y complementar la enseñanza y la investigación con trabajos por fuera, mientras los profesores ya establecidos ganan buenos salarios.

Dadas estas condiciones, no debería sorprender a nadie el hecho de que hoy en día las universidades estadounidenses cada vez más cuenten entre sus miembros a los mejores académicos europeos. Lo que sorprende a la luz de esta fuga de cerebros es el poder de presión de los profesores universitarios en Europa para bloquear toda reforma.

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AUTHOR INFO

Alberto Alesina is Professor of Economics at Harvard University.
Francesco Giavazzi is Professor of Economics at Bocconi University, Milan.