Friday, October 31, 2014
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Réplicas desde el Japón

NEW HAVEN – La devastación, humana y material, provocada por el terremoto y el maremoto en el Japón es insondable. En este momento resulta imposible calibrar la magnitud exacta de los daños con grado alguno de precisión, pero, aun así, podemos empezar a evaluar sus potenciales efectos indirectos en el resto de Asia y en otras economías de todo el mundo.

La opinión de estrechas miras sobre las repercusiones económicas de la catástrofe es la de que el Japón ya no importa en realidad. Al fin y al cabo, más de veinte años de un crecimiento inhabitualmente lento de la producción japonesa ha reducido en gran medida su repercusión progresiva en la economía mundial en general. El desastre puede tener algunos efectos desproporcionados en la cadena de suministro para las cadenas de montaje de automóviles y de tecnología de la información, como, por ejemplo, lápices de memoria, pero semejantes interrupciones serán por lo general transitorias.

En apariencia, las dos mayores economías del mundo tienen pocos motivos para temer. El Japón representa sólo el cinco por ciento de las exportaciones de los Estados Unidos y el ocho por ciento de las de China. En el caso peor, el de una completa alteración de la economía japonesa, las repercusiones directas en las economías de los Estados Unidos y de China serían pequeñas, al recortar no más de una décimas de punto porcentual de sus tasas de crecimiento anual.

Dentro de las llamadas economías desarrolladas del G-10, Australia es la que más expuesta esta a las repercusiones de lo sucedido en el Japón, pues este último es el destino del 19 por ciento de sus exportaciones totales. La zona del euro está en el extremo opuesto del espectro, pues sus exportaciones al Japón representan menos del dos por ciento del total.

Entre los mercados en ascenso, las Filipinas e Indonesia son las más expuestas a las repercusiones de lo sucedido en el Japón, que absorbe el 16 por ciento, aproximadamente, de sus exportaciones totales. Corea del Sur, la economía que ocupa el tercer puesto del Asia oriental por su tamaño, se encuentra en el otro extremo de la escala, pues depende de la demanda japonesa para sólo el seis por ciento de sus exportaciones.

Pero la opinión de estrechas miras pasa por alto la consideración más decisiva: esa “sacudida del Japón” no ha ocurrido en un momento de gran vigor económico. Ello es aplicable no sólo al propio Japón, donde dos decenios perdidos han dejado una economía en tiempos vigorosa en una trayectoria de crecimiento de menos del uno por ciento desde el comienzo del decenio de 1990, sino también a la economía mundial más amplia, que precisamente estaba tan sólo empezando a recuperarse de las peores crisis financiera y recesión desde el decenio de 1930.

Además, la sacudida del Japón no es el único factor negativo que interviene actualmente. Las repercusiones de unos precios del petróleo en pronunciado aumento y problemas continuos de deuda soberana en Europa son también muy preocupantes. Si bien cada una de esas sacudidas puede no ser exactamente el proverbial punto de inflexión, la combinación y el marco son desconcertantes, por no decir algo peor.

El marco es decisivo. Pese al eufórico resurgimiento de los mercados mundiales de valores en los dos últimos años, la economía mundial sigue siendo frágil. Lo que los mercados parecen haber olvidado es que las recuperaciones posteriores a burbujas y a crisis financieras suelen ser anémicas. Las economías crecen a velocidades muy próximas al estancamiento, por lo que carecen de la “velocidad de escape” necesaria para una recuperación autosostenida. A consecuencia de ello, las economías después de las crisis son mucho más vulnerables a las sacudidas y propensas a recaídas que en otras circunstancias.

Por desgracia, hay otra complicación por la que las sacudidas actuales resultan aún más preocupantes: los gobiernos y los bancos centrales han agotado los métodos tradicionales a los que han recurrido durante mucho tiempo en épocas de precariedad económica. Ello es aplicable a la vez a las políticas monetaria y fiscal. los dos pilares fundamentales de la estabilización anticíclica moderna. Los tipos de interés oficiales están próximos a cero en la mayoría de las economías del mundo desarrollado y unos déficits presupuestarios desmedidos son la norma. A consecuencia de ello, políticas no tradicionales y cuya eficacia no está demostrada, como, por ejemplo, la de la llamada “relajación cuantitativa”, han hecho furor entre los banqueros centrales.

Desde el principio, se consideraron semejantes políticas no tradicionales un remedio temporal. Se abrigaba la esperanza de que los marcos normativos volvieran a ser los anteriores a la crisis, pero, al producirse una sacudida tras otra, se sigue aplazando la “estrategia de salida”.

Así como resulta prácticamente imposible retirar el tratamiento de respiración asistida a un paciente en estado crítico, así también resulta difícil retirar a las economías posteriores a la burbuja su dosis, ahora constante, de inyecciones de liquidez y exceso de gasto público. En una época de desempleo extraordinariamente elevado, las presiones políticas contribuyen a agravar el problema.

Eso constituye tal vez la preocupación mayor de todas: en un mundo posterior a la crisis que padece una sacudida tras otra y con unos bancos centrales que carecen de margen para reducir los tipos de interés, no resulta difícil imaginar una situación de expansión monetaria indefinida que acabe en llanto. El temido desenlace inflacionario se perfila de repente como una posibilidad muy real.

Nada de eso merma el factor de resistencia. Sí, el Japón se reconstruirá, lo que indudablemente propulsará algún tipo de recuperación en su economía golpeada por el desastre. Así fue inmediatamente después del terremoto de Hanshin (Kobe) de 1995 y así será también esta vez.

Pero, así como la reconstrucción posterior al terremoto de Kobe contribuyó poco a poner fin al primero de los decenios perdidos del Japón, así también esta vez se puede esperar una resultado similar. El aspecto positivo de la reconstrucción –aparte del restablecimiento urgente de la vida normal para miles de personas– es sólo un paliativo temporal para una economía dañada.

Ésa es tan sólo una de las enseñanzas que se desprenden para los demás de lo sucedido en el Japón. De hecho, la economía japonesa se ha llevado la palma al padecer muchos de los problemas más graves que han afectado a la economía mundial en los últimos años. De las burbujas de activos a un sistema financiero con fallos de funcionamiento, pasando por la contención monetaria y los errores de bulto en materia de política monetaria, el Japón ha sido en muchos sentidos el laboratorio de nuestro futuro.

Lamentablemente, el mundo no ha aprendido las lecciones del Japón y ahora corre el riesgo de pasar por alto otra clave decisiva. La importancia del terremoto y del maremoto de 2011 no es la relativamente poca magnitud de las repercusiones directas de lo sucedido en el Japón en la economía mundial más amplia. El mensaje más significativo es el de cómo esas sacudidas nos encajonan a los demás en un rincón aún más estrecho.

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