Wednesday, October 1, 2014
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En busca de la tierra prometida

LONDRES.– En el punto culminante de los levantamientos árabes de la primavera pasada, muchos europeos se atormentaron con la pesadilla de un tsunami de inmigrantes que barría las costas del continente. La ola nunca llegó, pero su fantasma alimentó un tenaz populismo antiinmigratorio, que ha ocultado una importante nueva tendencia: las migraciones hacia Europa –y los Estados Unidos– en gran medida se han estancado. En muchos países, son más los inmigrantes que parten que los que llegan, principalmente debido a la crisis económica que ha reducido la cantidad de puestos de trabajo en occidente.

Esa reversión es una de las grandes historias con menor difusión de 2011 (y de los dos años anteriores). Los números son sorprendentes. Piensen en España, camino a perder más de medio millón de residentes en 2020. Por el contrario, entre 2002 y 2008, la población española creció en 700 000 personas al año, impulsada principalmente por la inmigración. Las tendencias son similares en el resto de Europa.

Si bien este hecho por sí solo no acallará a los oponentes de la inmigración, proporciona aire a los países para reparar y fortalecer unos sistemas muy dañados de recepción e integración para los recién llegados. Si bien los países occidentales con poblaciones en rápido envejecimiento son incapaces de atraer los inmigrantes que necesitan, permiten que millones que ya están allí sufran discriminación y abusos. Las detenciones y deportaciones a veces ocurren en condiciones terribles. Mientras tanto, la comunidad internacional falla conjuntamente a la hora de proteger a vastas poblaciones de inmigrantes vulnerables, como los millones abandonados a su suerte por los recientes conflictos en África del Norte.

Indudablemente, el creciente populismo antiinmigratorio debe ser confrontado. Si bien las encuestas sugieren que las actitudes se ven más influidas por etnicidad que religión, ambas ayudan a definir las identidades y los modos de pensar. Los partidos políticos en Francia, Suiza y los Países Bajos (por nombrar unos pocos) han implementado campañas exitosas que convierten a los inmigrantes en chivos expiatorios.

Por otra parte, los gobiernos, desde Alabama hasta Hungría, están aprobando leyes que socavan lo que debieran ser los derechos de los inmigrantes. Italia adoptó recientemente duros decretos «de emergencia», con los inmigrantes en la mira al convertir el ingreso y la residencia indocumentados un delito penal.

La retórica antiinmigratoria de los extremos políticos se ha incorporado al discurso político dominante. Los líderes políticos europeos se equivocan cuando se apuran a declarar, uno con más énfasis que el otro, que el multiculturalismo ha muerto. El político holandés Geert Wilders, cuyo partido de la libertad es informalmente parte de la coalición gobernante, fue aún más lejos al ser acusado de incitación al odio antimusulmán. En los Estados Unidos, los fosos llenos de cocodrilos y las cercas electrificadas en la frontera han formado parte de la campaña presidencial actual.

Esos ataques a la inmigración pueden ofrecer cierta recompensa política instantánea, pero su resultado neto es dividir a las sociedades cuya cohesión se ve ya seriamente amenazada por la crisis económica. La creciente discriminación en el empleo, la vivienda y la educación no solo afecta a los inmigrantes y sus hijos; incide sobre nuestras sociedades como un todo.

Con el adormecimiento de la inmigración neta, ahora tenemos una ventana de oportunidad para ocuparnos de estas debilidades. Desacreditar los mitos sobre la inmigración –que la mayoría de los inmigrantes ingresan en forma ilegal, por ejemplo, o que la inmigración desplaza a los trabajadores existentes– sería un buen punto de partida. También resultaría útil explicar que la inmigración es necesaria para la prosperidad y el crecimiento en casi todos los países de la OCDE.

Si las sociedades que están envejeciendo en occidente y otros lugares (como Japón) no logran ocuparse correctamente de la inmigración, estarán deplorablemente preparadas cuando se enfrenten al verdadero maremoto: la jubilación de los baby boomers durante las próximas dos décadas. Las brechas en los mercados de trabajo de esos países –desde especialistas en software y médicos hasta asistentes para servicios de la salud en el hogar– serán inmensas. La fuerza de trabajo de la Unión Europea disminuirá en aproximadamente 70 millones de trabajadores durante los próximos 40 años sin una inmigración neta significativa (combinada con una edad jubilatoria mucho mayor), las economías europeas y las redes de seguridad social se marchitarán.

Las prioridades son claras. Necesitamos entender mejor cómo evolucionarán nuestras economías en las próximas décadas y rediseñar nuestros sistemas educativos para producir trabajadores con habilidades útiles. Y, donde sea clara la necesidad de inmigrantes, debemos ser capaces de identificarlos, darles la bienvenida, integrarlos y protegerlos.

Mientras tanto, nuestras instituciones más fundamentales –las escuelas, la policía y los juzgados– deben ser rediseñados para reflejar y responder a la diversidad de nuestras comunidades, que hoy es un hecho. Los países deben aprender a trabajar conjuntamente para lograr esas metas, pocas de las cuales pueden alcanzarse en forma independiente.

Si careciéramos de herramientas, nuestra inacción podría ser comprensible. Pero los ejemplos de prácticas inmigratorias inteligentes abundan. Canadá y Filipinas, por ejemplo, cuentan con un acuerdo que funciona correctamente y protege los derechos de los trabajadores temporarios. Suecia ha desarrollado legislación que minimiza la burocracia para las empresas que necesitan trabajadores extranjeros. Y se han logrado avances importantes para garantizar que los niños inmigrantes reciban educación que necesitan para convertirse en miembros completos de la sociedad.

También se está progresando en el nivel global, a pesar de la crisis económica y los vientos populistas en contra. En junio, los estados miembro de la Organización Mundial del Trabajo aprobaron por abrumadora mayoría la Convención de Trabajadores Domésticos, que aumentará significativamente la protección para un grupo vulnerable de trabajadores –inmigrantes en su mayoría. Mientras tanto, el Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo, establecido en 2007, se ha convertido rápidamente en un importante medio para la promoción del conocimiento y las asociaciones.

El motivo de la creciente cooperación internacional es sencillo: los países en todas partes se ven afectados por la migración y, cada vez más, experimentan inmigración y emigración simultáneamente.

De hecho, aproximadamente un tercio de los migrantes hoy día se traslada entre países desarrollados; un tercio entre países en desarrollo; y solo un tercio desde los países en desarrollo a los desarrollados. Los trabajadores altamente especializados, como los banqueros e ingenieros, migran en masa hacia China. México, conocido principalmente como un país de emigración, es hogar de millones de inmigrantes centroamericanos. Millones de personas del Sudeste Asiático se aventuran hacia el Medio Oriente para trabajar, pero millones más cruzan la frontera dentro de la región. La lista continúa.

Cuando se trata de migración, todos estamos en el mismo barco... y el barco hace agua. A partir de 2012, los países deberían redoblar sus esfuerzos para arreglarlo.

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