Se dice que discutir sobre moralidad y política es como hablar de alimentación vegetariana con caníbales. Parece que gran parte de la gente piensa eso, y con razón. Los principios y las obligaciones morales en el ámbito político-económico actual se han descarrilado y su lugar lo han ocupado sin ningún recato los intereses del poder y del lucro.
Las implicaciones son claras. En el mundo actual, el "orden" refleja un equilibrio de intereses que se mantiene principalmente por la fuerza, ya sea militar o financiera. Sin embargo, hay otras cosas que son posibles, además de este "orden del cuartel". Imaginemos, más bien, el orden del coro de iglesia, donde los individuos cooperan sobre la base de valores y una cultura compartida.
Una de las razones que explican la total ausencia de valores en la "política del poder" en nuestros días es que a los líderes se les permite hablar con palabras cuyo verdadero significado excluyen de sus políticas. Además, los líderes espirituales seculares como Gandhi, Schweitzer y King se han esfumado, aniquilados, por lo visto, por nuestros nuevos fetiches: el éxito, las utilidades, las ganacias y los intereses especiales.
Por supuesto que el llamado "mundo civilizado" nunca logró crear una utopía viviente. Los esfuerzos en ese sentido generalmente terminaron desastrosamente. Como alguien que nació en la ex Unión Soviética, yo conozco de primera mano la desesperación y la brutalidad de ese tipo de intentos.
Eso no significa que todos los esfuerzos para construir un mundo más moral estén condenados al fracaso. Después de haber sobrevivido una era de ideologías extremas, como el capitalismo, el comunismo, y recientemente el fundamentalismo del mercado, la mayoría de la gente ya no busca la respuesta en los clichés ideológicos y la fuerza impulsora y purificadora de las certidumbres políticas. La armonía forzosa ha muerto, lo que abre la puerta a nuevas formas de armonía social.
Permítanme sugerir cinco pasos que son necesarios para que eso se dé. El primero exige que el mundo considere totalmente inaceptable la violencia de Estado que busca imponer la conformidad y la disciplina. Esa violencia es injusta porque inhibe e intimida al cuerpo y al espíritu. Sin embargo, para lograr eso se debe privar al Estado de su capacidad para aplicar dogmas, tradiciones y estereotipos que fomentan las divisiones.
Esto sólo puede suceder si se establece un sistema cuidadosamente elaborado de "controles y equilibrios" en el que se limite a los intereses organizados poderosos (los Estados sobre todo) en su afán de dominio. No sólo es necesario refrenar a las fuerzas políticas. Por ejemplo, no se debe permitir que, en sus prisas por concentrar la riqueza, los accionistas mayoritarios de las corporaciones dañen los intereses de los accionistas menores, que suelen ser ciudadanos ordinarios honestos.
Esto me lleva a mi segunda prioridad de reforma: una separación sistemática del poder del Estado y el capital. Incluso en las democracias de viejo cuño, a los candidatos para puestos de elección popular no se les juzga por su sabiduría y capacidad de liderazgo, sino por el tamaño de sus arcas de campaña. Es necesario impedir que se adquiera el poder estatal mediante la posesión del capital (y que se le convierta en dividendos económicos injustos).
¿Se puede establecer un límite así entre poder y capital? Sí. Digo esto como alguien que creó un capital importante y que después de hacerlo cambió de actividad para cultivar la moralidad en la política. La ley puede hacer que esa separación sea transparente a ojos de todos. Lamentablemente, la voluntad para lograr esa división está ausente en la mayoría de las personas que están en el poder.
En relación con lo anterior, es necesario separar a los medios masivos de comunicación tanto del poder como de los intereses del capital. En Europa, Estados Unidos y Japón, la propiedad de los medios se concentra cada vez más, lo que, con razón, preocupa a los ciudadanos de esos países, sobre todo cuando los propietarios de los medios pasan de formar opinión a formar gobiernos. ¿Cuánto más preocupante, entonces, es la propiedad concentrada en las nuevas democracias y los países en desarrollo, donde la salvaguardia que representa una sociedad civil fuerte suele estar ausente?
Todas estas reformas presuponen la existencia de un poder judicial independiente. La autonomía de los jueces debe estar garantizada, lo que exige que su carácter sea tal que la gente confíe en sus decisiones. En los Estados donde los ricos y los poderosos compran la justicia eso puede ser imposible, pero hay jueces que se enfrentan al poder. Todos los ciudadanos deben apoyarlos, ya que su ejemplo puede rediseñar un sistema judicial entero.
En esencia, la creación de un orden político más moral requiere la eliminación del dinero como factor decisivo en la política. Donde el dinero manda, algunos ciudadanos se vuelven depresivos y apáticos, otros, crueles y despiadados, y los niños aprenden comportamientos agresivos. El dinero no debe dividir a la gente en privilegiados y olvidados de la política, o a los Estados en éxitos y fracasos. Se debe eliminar el fundamentalismo del dinero gradual y persistentemente.
Por supuesto, las "transformaciones" que propongo pueden sonar demasiado buenas para ser posibles. En mi defensa quiero citar al gran filósofo de Harvard John Rawls, quien murió hace no mucho. Cuando se demuestra que las teorías, por elegantes que sean, no son ciertas, es necesario descartarlas o corregirlas, afirmaba Rawls. El corolario de eso es que las instituciones e incluso los órdenes mundiales, sin importar lo eficientes y exitosos que sean, deben reformarse si son injustos.
Tal vez sólo alguien que proviene de uno de los Estados post-soviéticos pueda concebir a la política en términos de principios originales, a la manera de Rawls. Nuestros Estados recién nacidos recibieron la oportunidad de crear sistemas políticos morales sobre las ruinas de un "dios que fracasó". La lucha para lograrlo ha sido ardua, pero a pesar de nuestras congojas (y de nuestra pobreza) yo creo que mi país tiene la fuerza para contribuir en forma creativa a este esfuerzo.


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