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Más allá de la austeridad

NUEVA YORK – La cumbre anual del Fondo Monetario Internacional de este año mostró claramente que Europa y la comunidad internacional siguen sin dirección en lo que se refiere a la política económica. Los líderes financieros, desde los ministros de finanzas hasta los dirigentes de instituciones financieras privadas repiten el mantra actual: los países en crisis tienen que ordenar sus finanzas, reducir sus déficits y sus deudas nacionales, emprender reformas estructurales y promover el crecimiento. Se ha dicho en repetidas ocasiones que era necesario restaurar la confianza.

Es exorbitante escuchar esos mantras de aquellos que estando al mando de los bancos centrales, ministerios de finanzas y bancos privados, condujeron el sistema financiero global hasta el punto de la ruina –y crearon los problemas actuales. Lo que es peor es que pocas veces se ofrecen soluciones. ¿Cómo se puede restablecer la confianza si las economías en crisis se hunden en la recesión? ¿Cómo se puede reavivar el crecimiento cuando es muy probable que la austeridad se traduzca en otro descenso de la demanda agregada, reduciendo todavía más la producción y el empleo?

A estas alturas ya deberíamos saber que los mercados no son estables cuando actúan por sí solos. No solo generan burbujas de activos desestabilizadoras, sino que cuando la demanda pierde dinamismo hay fuerzas que se activan y exacerban la desaceleración. El desempleo y el miedo a que éste se propague provocan una reducción de los salarios, los ingresos y el consumo –y por ende, la demanda total. Las tasas reducidas de creación de hogares –por ejemplo,  jóvenes estadounidenses que están regresando cada vez más a vivir con sus padres– disminuyen los precios de las viviendas, lo que conduce a más ejecuciones hipotecarias. Los estados con esquemas de presupuestos equilibrados se ven obligados a recortar el gasto a medida que caen los ingresos fiscales –un desestabilizador automático que Europa parece haber decidido adoptar irracionalmente.

Existen algunas estrategias alternativas. Algunos países, como Alemania, tienen margen de maniobra fiscal. Usarlo para la inversión fortalecería el crecimiento de largo plazo, que produciría efectos secundarios positivos en el resto de Europa. Un principio largamente reconocido es que la expansión equilibrada de impuestos y gasto estimula la economía; si el programa está bien diseñado (dar prioridad a los impuestos, combinado con gasto en educación) el aumento en el PIB y el empleo puede ser importante.

Europa en conjunto no tiene malas condiciones fiscales; la proporción de su deuda respecto del PIB se parece favorablemente a la de los Estados Unidos. Si cada estado de los Estados Unidos asumiera completamente su propio presupuesto, incluido pagar todos los beneficios de desempleo, ese país también tendría una crisis fiscal. La lección es obvia: el todo es más que la suma de sus partes. Si Europa –en particular el Banco Central Europeo– solicitara un crédito, y prestara las ganancias, los costos del servicio de la deuda europea disminuirían, lo que crearía un margen para hacer los tipos de gasto que promoverían el crecimiento y el empleo.

En Europa ya hay instituciones, como el Banco Europeo de Inversiones, que podrían ayudar a financiar las inversiones necesarias en las economías sin efectivo. El BEI debería expandir sus créditos. Se necesitan aumentar los fondos disponibles para apoyar a las Pymes –la fuente principal de creación de empleos en todas las economías– que es especialmente importante dado que la contracción del crédito bancario golpea especialmente fuerte a estas compañías.

Si Europa se aferra a la austeridad es debido a un diagnóstico equivocado de sus problemas. Grecia gastó excesivamente, pero España e Irlanda tenían superávits fiscales y proporciones pequeñas de su deuda respecto del PIB antes de la crisis. Está de más dar lecciones sobre prudencia fiscal. Seguirlas al pie de la letra  –incluso adoptar estrictos esquemas presupuestales– puede ser contraproducente. Independientemente de que los problemas de Europa sean pasajeros o fundamentales –por ejemplo, a la eurozona todavía le falta mucho para ser un área monetaria “óptima”, y un sistema tributario en una zona de libre migración y libre comercio puede socavar un Estado viable – la austeridad empeorará las cosas.

Las consecuencias de que Europa se apresure a adoptar la austeridad serán de larga duración y tal vez graves. Si el euro sobrevive, será a costa de un alto desempleo y un gran sufrimiento, especialmente en los países en crisis. Además, es probable que la crisis en sí se propague. Los cortafuegos no servirán si al mismo tiempo se arroja combustible al fuego, como parece que Europa está decidida a hacerlo: no ha habido una economía grande –y Europa es la más grande del mundo- que se recupera gracias a programas de austeridad.

En consecuencia, el activo más valioso de la sociedad, su capital humano, se está desperdiciando e incluso destruyendo. Los jóvenes a quienes durante mucho tiempo se les ha privado de un empleo decente –además, la tasa de desempleo entre éstos en algunos países está alcanzando el 50% y en otros ya rebasa dicho nivel; y desde 2008 el desempleo se ha mantenido inaceptablemente alto –se están alineando. Cuando finalmente encuentren trabajo será con un salario mucho más bajo. Normalmente, la juventud es la etapa en la que se desarrollan habilidades, pero ahora es el periodo en el que se atrofian.

Hay muchas economías que son vulnerables a los desastres naturales –terremotos, inundaciones, tifones, huracanes, tsunamis –si se le añade un desastre provocado por el hombre se vuelve todavía más trágico.  Pero es lo que Europa está haciendo. De hecho, la ignorancia deliberada que muestran sus líderes de las lecciones del pasado es deplorable.

El sufrimiento que Europa, especialmente los pobres y los jóvenes, está padeciendo es innecesario. Por suerte hay una alternativa. Sin embargo, la demora para aprovecharla será muy costosa, y a Europa se le está acabando el tiempo.

Traducción de Kena Nequiz