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Una revolución universal

NUEVA YORK – La contribución más importante de la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada hace 60 años por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 10 de diciembre de 1948, fue afirmar una potente idea: los derechos son universales. No dependen de si se es parte de una comunidad determinada o ciudadano de un cierto estado, ni derivan de un contrato social.

En lugar de ello, puesto que los derechos son universales, son atributos de todos los seres humanos. De hecho, son parte de lo que nos hace humanos. Cada uno de nosotros puede disfrutar de derechos, y quienes ejercen poder pueden hacerlo sólo de maneras limitadas. Los derechos determinan esos límites.

Por supuesto, es posible remontar el concepto de los derechos universales al menos hasta el pensamiento inglés del siglo diecisiete en torno a la ley natural, adoptado en parte en la declaración francesa de Derechos del Hombre de 1789 y, en mayor medida, en las palabras de Thomas Jefferson de la misma época acerca de los "derechos inalienables". También dio forma al pensamiento de quienes en Inglaterra encabezaron la lucha antiesclavista durante la segunda mitad del siglo dieciocho, el primer movimiento por los derechos humanos.

Sin embargo, la Declaración Universal marcó un enorme paso hacia adelante, ya que los gobiernos del mundo (con la abstención de los estados del bloque soviético, Arabia Saudita y la Sudáfrica del apartheid, pero sin votos de oposición) acordaron que los derechos debían tener precedencia sobre el poder de los estados.

Una manera de pensar en las seis décadas que han pasado desde la adopción de la Declaración Universal es en una lucha por hacer realidad sus promesas. Por mucho tiempo fue una batalla perdida, marcada especialmente por la propagación de tiranías comunistas y anticomunistas.

Las cosas comenzaron a cambiar en los años 80, con la caída de las dictaduras militares en América Latina y en países del este asiático como Filipinas y Corea del Sur, y con la creciente cantidad de personas que participaban en la lucha por los derechos humanos en el imperio soviético. Para fines de la década, muchos regímenes del bloque soviético habían colapsado.

Un factor que contribuyó a su caída fue un cambio de mentalidad que se fue alejando de la idea de que el conflicto entre Este y Oeste era principalmente de sistemas económicos. En lugar de ello, el contraste entre totalitarismo y respeto por los derechos humanos fue lo que terminó por desacreditar completamente los regímenes opresivos vinculados a Moscú y ayudó a que llegaran a su fin. La transición, en gran medida pacífica, de Sudáfrica a una democracia multirracial a principios de los años 90 fue un avance más en pro de los derechos humanos.

Sin embargo, la última década del siglo veinte quedó manchada de manera indeleble por las limpiezas étnicas en la ex Yugoslavia y el genocidio en Ruanda, y en la década actual la tendencia histórica parece haberse vuelto contra la causa de los derechos humanos. Hay estados poderosos, como China y Rusia, que no ponen límite alguno al ejercicio del autoritarismo interno, y que además apoyan a quienes tienen conductas similares en otros países. Lo mismo se puede decir de potencias menores, como Irán y Venezuela.

Más aún, Estados Unidos ha arruinado gran parte de su capacidad de promover los derechos humanos a nivel internacional. Al responder a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 1001 en su propio territorio, he recurrido a medidas tales como la detención indefinida sin cargos, juicios ante tribunales militares que carecen de las garantías del debido proceso, y un trato cruel, inhumano y degradante a los detenidos, lo que incluye torturas.

Otros gobiernos y organismos intergubernamentales no han llenado el vacío dejado por EE.UU. Hasta ahora, el nuevo Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha desilusionado a quienes esperaban que fuera un ente más eficaz y basado en principios que su desacreditado predecesor, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. La Unión Europea ha sido una fuerza positiva en la promoción de los derechos en los países que aspiran a formar parte de ella, pero no ha demostrado capacidad de ejercer su influencia en el resto del mundo.

En la actualidad, la fuerza más eficaz para la promoción de los derechos humanos es la opinión pública global, informada y movilizada por el gran y creciente movimiento no gubernamental por los derechos humanos que, como en la reciente guerra entre Georgia y Rusia, ha centrado la atención internacional en las violaciones a las leyes aplicables a los conflictos armados que protegen a quienes no son combatientes. También han encabezado las iniciativas por crear tribunales penales internacionales que procesen y castiguen a quienes cometen crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, y genocidio. Estos logros no detienen las guerras, pero reducen la cantidad de terribles violaciones a los derechos humanos que van de la mano con los conflictos armados.

Por supuesto, es desalentador el que, pasados 60 años de la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tantos gobiernos hagan caso omiso de los principios que apoyaron hace tanto tiempo. Sin embargo, sin la legitimidad derivada de la Declaración Universal y su papel de promotores de su cumplimiento, el movimiento no gubernamental por los derechos humanos no se habría convertido en una fuerza global. El hecho de que este movimiento siga logrando avances en tiempos difíciles es una señal de cuán perdurable es lo logrado en 1948, cuando los gobiernos del mundo declararon que los derechos son universales.

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