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Una transición transatlántica

AUSTIN – Pese a los muchos llamamientos hechos en pro de un “nuevo atlantismo” o de un “nuevo pacto transatlántico”, la relación americano-europea sigue presa de antiguos hábitos. Al fin y al cabo, constituye una realidad ineludible que casi todas las grandes amenazas actuales son exteriores a la tradicional relación de la OTAN y muchas de ellas corresponden a zonas en las que las concepciones americanas y europeas han diferido desde hace mucho.

Una coincidencia de posturas sobre todas las cuestiones mundiales es pedir demasiado a los EE.UU. y a Europa, pero respecto de muchas cuestiones la convergencia estratégica parece posible y necesaria. Entre ellas figuran la gestión del sistema financiero y comercial mundial, las formas de abordar la seguridad energética y el cambio climático y la remodelación de las instituciones internacionales vigentes para afrontar esos problemas.

Tal vez haya sido necesaria la crisis económica mundial para obligar a los americanos y a los europeos a revitalizar su cooperación. Con el Fondo Monetario Internacional al margen al comienzo, los europeos, encabezados por el Primer Ministro británico, Gordon Brown, pidieron una reunión en la cumbre del G-20 para examinar la posibilidad de una nueva estructura financiera internacional, pasando por alto no sólo el Fondo, sino también el G-7.

Esa iniciativa y las tres cumbres del G-20 que han seguido indican un comienzo prometedor. Con la dirección europea y americana, se adoptaron varias medidas para fortalecer la supervisión y la vigilancia financieras mediante el FMI y la Junta de Estabilidad Financiera que ha substituido al antiguo Foro de Estabilidad Financiera. Los dirigentes del G-20 acordaron también recapitalizar el FMI y los bancos de desarrollo regional con un impresionante plan de medidas por valor de 1,1 billones de dólares para ayudar a los países más pobres.

El siguiente paso esencial es el de integrar más plenamente a las nuevas potencias económicas en el sistema mundial y hacer que su poder e influencia en aumento se reflejen en el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones. Las economías con mercados en ascenso representan el 30 por ciento del PIB mundial, el 45 por ciento de las exportaciones totales y el 75 por ciento de las reservas de divisas y, sin embargo, las tradicionales potencias occidentales de la OCDE siguen contando con el 63,8 por ciento del total de acciones con derecho a voto en el FMI, el 43,7 por ciento de las cuales corresponden exclusivamente al G-7.

Un buen punto de partida sería el de que los Estados Unidos y Europa renunciaran a su tradicional aspiración a ocupar los puestos directivos del Banco Mundial y del FMI. Asimismo, se debe conceder a los gigantes económicos en ascenso, como China y la India, una capacidad de voto mucho mayor.

Otra posible fórmula sería la de que los Estados Unidos renunciaran a su posición como único país con derecho de veto, a cambio de que la UE accediera a reducir sus acciones totales con derecho a voto para que pase de representar el 30 por ciento a tener el mismo nivel que los EE.UU. Se debería reducir el tamaño de la Junta Ejecutiva del FMI de 24 a 20 miembros al consolidar la representación europea. Sin embargo, hasta ahora los EE.UU. y la UE no han estado dispuestos a renunciar a sus privilegiadas posiciones.

La crisis financiera mundial ha contribuido también a una crisis en aumento del sistema comercial mundial, pues los gobiernos han respondido a las presiones antimundialización aplicando políticas mercantilistas. Los acuerdos comerciales regionales y bilaterales han ido proliferando, pero la mayoría de ellos son precisamente la clase de pactos comerciales discriminatorios que el orden internacional encabezado por los EE.UU. había de prevenir. Entretanto, la Ronda de Doha para el Desarrollo corre el riesgo de llegar a ser la primera negociación comercial multinacional de la posguerra que fracase.

Aun así, pese a sus retóricos compromisos de concluir la ronda de Doha, ni los EE.UU. ni ninguna otra potencia económica ha hecho gran cosa para hacerla avanzar. En los EE.UU. y en otros países, la ronda de Doha ha provocado la oposición generalizada de los trabajadores y los sindicatos y sólo ha obtenido un apoyo tibio del público en general.

Se trata, en una palabra, de la conocida historia de que los beneficios están distribuidos ampliamente, mientras las pérdidas están claramente concentradas, generalmente por sector y con frecuencia por región. Revitalizar la ronda de Doha sólo será posible, si el público y el Congreso americanos ven grandes beneficios que obtengan titulares en los medios de comunicación y que contrarresten la oposición de los que se verán afectados negativamente.

Sería necesaria una audaz iniciativa internacional para superar las posiciones inamovibles, lo que significa un acuerdo que entrañe importantes concesiones por parte de los EE.UU. y la UE en materia de agricultura a cambio de compromisos proporcionales por parte de la India, del Brasil, de China y de otros países, en el sentido de abrir sus mercados de servicios y agrícolas. La búsqueda simultánea con los europeos de un “mercado trasatlántico más amplio” volvería una nueva iniciativa EE.UU.-UE sobre la ronda de Doha en materia de agricultura más atractiva para ambas partes, pues iría encaminada a reducir los obstáculos suplementarios al comercio transatlántico no incluidos en la ronda multilateral.

Otra herencia del anticuado sistema internacional es la de que ninguno de los más importantes países exportadores de energía sean miembros de la Agencia Internacional de Energía (AIE). Los EE.UU. y Europa deben tomar la iniciativa de aumentar la composición de la AIE incluyendo a China, la India, Rusia y otros países que no son miembros de la OCDE y realzar su función, junto con un Tratado sobre la Carta de la Energía ampliado, como foro sobre el aumento de la seguridad energética mediante la negociación entre los proveedores, los consumidores y los países de tránsito.

El mundo está a punto de experimentar el cambio más profundo en el poder y la influencia mundiales del último siglo. Para gestionar esa revolución silenciosa, se requiere como mínimo un nuevo sistema internacional, con una revisión radical de las instituciones vigentes y las modalidades de actuación. El sistema internacional vigente, concebido para el mundo de mediados del siglo XX, no es pertinente para el nuevo programa mundial y la redistribución del poder de Occidente a Oriente, en términos generales, que está surgiendo no permitirá un nuevo orden mundial gestionado por un condominio EE.UU.-Europa.

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