NUEVA YORK – La inminente reunión del G-20 es un acontecimiento donde se gana o se pierde. A menos que introduzca medidas prácticas para respaldar a los países en la periferia del sistema financiero global, los mercados globales sufrirán otra ronda de deterioro, tal como les sucedió después de que el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Timothy Geithner, no lograra en febrero generar medidas prácticas para recapitalizar el sistema bancario norteamericano.
La actual crisis financiera es diferente de todas las demás que hemos experimentado desde la Segunda Guerra Mundial. En ocasiones previas, cuando el sistema financiero estaba al borde de una crisis, las autoridades se organizaron y lo rescataron del abismo. Esta vez, el sistema en realidad se vino abajo tras el colapso de Lehman Brothers el pasado mes de septiembre, y tuvieron que aplicarle respiración artificial. Entre otras medidas, tanto Europa como Estados Unidos han garantizado efectivamente que no se permita que ninguna otra institución financiera importante quiebre.
Este paso fue necesario, pero produjo consecuencias adversas no buscadas: muchos otros países, desde Europa del Este hasta América Latina, África y el sudeste asiático, no pudieron ofrecer garantías igualmente convincentes. Favorecido por la determinación de las autoridades financieras nacionales en el centro de la economía mundial para proteger a sus propias instituciones, el capital huyó de la periferia. Las monedas cayeron, las tasas de interés subieron y las permutas de riesgo crediticio remontaron vuelo. Cuando se escriba la historia de esta crisis, quedará registrado que -a diferencia de la Gran Depresión- el proteccionismo prevaleció primero en las finanzas que en el comercio.
Las Instituciones Financieras Internacionales (IFI) hoy se enfrentan a una tarea novedosa: proteger a los países de la periferia de una tormenta que emanó del centro. Están acostumbradas a lidiar con gobiernos; ahora deben aprender a enfrentar el colapso del sector privado. Si no logran hacerlo, las economías de la periferia sufrirán incluso más que las del centro
Los países de la periferia tienden a ser más pobres y más dependientes de las materias primas que el mundo más desarrollado, y deben devolver más de 1,4 billón de dólares en préstamos bancarios sólo en 2009. Estos préstamos no se pueden prorrogar sin asistencia internacional.
El primer ministro británico, Gordon Brown, reconoció el problema y lo instaló en la agenda del G-20. Pero, en el curso de los preparativos, han salido a la superficie profundas diferencias de actitud, particularmente entre Estados Unidos y Alemania.
Estados Unidos reconoció que con sólo utilizar el crédito del estado hasta el mayor grado posible se puede revertir el colapso del crédito en el sector privado. Alemania, traumatizada por el recuerdo de la hiperinflación de los años 1920 y el consiguiente ascenso de Hitler en los años 1930, se muestra reacia a sembrar las semillas de una inflación futura incurriendo en demasiada deuda. Ambas posiciones se mantienen con firmeza y pueden reforzarse mediante argumentos que son válidos desde el punto de vista del país involucrado. Pero la polémica amenaza con desestabilizar la reunión del 2 de abril.
Debería ser posible que cada parte respete la posición de la otra sin abandonar la suya propia y encontrar un terreno común. En lugar de fijar un objetivo universal del 2% del PBI para los paquetes de estímulo, bastaría con acordar que los países de la periferia necesitan de la asistencia internacional para proteger sus sistemas financieros e implementar políticas contracíclicas. Esto está en el interés de todos. Si se permite que las economías de la periferia colapsen, los países desarrollados también resultarán afectados.
Como están las cosas hoy, la reunión del G-20 producirá algunos resultados concretos: es probable que los recursos del Fondo Monetario Internacional se dupliquen, principalmente mediante el uso del mecanismo del Nuevo Acuerdo para Empréstitos (NAB, tal su sigla en inglés), que se puede activar sin resolver la fastidiosa cuestión de reasignar derechos de votación en las IFI.
Esto será suficiente para permitirle al FMI rescatar a determinados países en problemas, pero no ofrecerá una solución sistémica sin condicionalidad. Una solución de este tipo ya se puede implementar de inmediato a través de los Derechos Especiales de Giro (SDR, tal su sigla en inglés). El mecanismo existe y ya ha sido utilizado en pequeña escala.
Los SDR son altamente complicados y difíciles de entender, pero se resumen a la creación internacional de dinero. Los países que están en condiciones de crear su propia moneda no los necesitan, pero los países de la periferia sí. Los países ricos, por lo tanto, deberían prestar sus asignaciones a las monedas necesitadas.
Esto no crearía un déficit presupuestario para los países ricos. Los países receptores tendrían que pagarle al FMI una tasa de interés muy baja: la tasa promedio compuesta de las notas del tesoro de todas las monedas convertibles. Tendrían libertad para utilizar sus propias asignaciones, pero las IFI supervisarían cómo se utilizan las asignaciones prestadas a fin de asegurar que los fondos que se pidieron prestados estén bien invertidos. Es difícil pensar en un esquema en el que la relación costo/beneficio sea tan favorable.
Además del incremento por única vez de los recursos del FMI, debería haber emisiones sustanciales de SDR anuales -digamos, de 250.000 millones de dólares- mientras dure la recesión global. Para que el esquema sea contracíclico, las emisiones de SDR podrían ser pagaderas en tramos cuando la economía global se recaliente. Es demasiado tarde para emitir SDR en la inminente reunión del G-20, pero si esto fuera propuesto por el presidente Barack Obama y respaldado en principio por la mayoría de los participantes, sería suficiente para darle aliento a los mercados y lograr que la reunión termine siendo un éxito rimbombante.


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