BANGKOK – Los resultados estruendosos de las elecciones generales de Tailandia el 3 de julio le parecerán familiares a todo aquel que esté en consonancia con el levantamiento político en Oriente Medio y el norte de África. En todas partes hay regímenes fuertemente arraigados que hoy son víctimas de un profundo estrés como consecuencia de los avances de la tecnología de la información, los cambios demográficos, las crecientes expectativas y la obsolescencia de las exigencias de la Guerra Fría. A falta de voluntad y capacidad para apelar a la represión violenta, la supervivencia del régimen sólo se puede lograr a través de concesiones, acuerdos y una reinvención periódica.
Con 47 millones de votantes y una asistencia a las urnas del 75%, los resultados de la última elección en Tailandia plantean un desafío decisivo para el régimen de larga data del país. El partido Pheu Thai, liderado por Yingluck Shinawatra, la hermana menor del ex primer ministro Thaksin Shinawatra, exiliado y fugitivo, se aseguró una victoria resonante: ganó 265 bancas en la asamblea de 500 miembros, mientras que el gobernante Partido Demócrata reunió apenas 159.
El retorno al poder de Pheu Thai es extraordinario -y no sólo porque Yingluck será la primera mujer en ocupar el puesto de primer ministro en Tailandia-. Las cortes alineadas con el establishment disolvieron los dos gobiernos anteriores del partido y les prohibieron a sus principales políticos ejercer cargos públicos durante cinco años.
La victoria de Pheu Thai sugiere así que un electorado antes marginalizado se despertó de manera permanente. Una mayoría similar del electorado tailandés votó por los partidos de Thaksin y sus plataformas populistas a favor de los pobres en enero de 2001, febrero de 2005, abril de 2006 y diciembre de 2007, desafiando un golpe militar, una constitución inducida por el golpe, intervenciones judiciales y una coerción y represión militar.
Las elecciones recientes marcaron un quiebre profundo con el pasado. En la segunda mitad del siglo XX, las elecciones tailandesas parecían alternar con los golpes militares. Se compraba y se vendía a los votantes como si fueran materias primas. Después de las elecciones, los votantes prácticamente ni veían ni oían hablar de los miembros del Parlamento, que se avocaban a la corrupción y a los chanchullos en Bangkok -finalmente perdiendo credibilidad y allanando el camino para los golpes militares-. Lo que invariablemente venía después era una nueva constitución y elecciones. Este ciclo vicioso de golpes, constituciones y elecciones definió la política tailandesa durante décadas.
Ese patrón reflejaba los imperativos de la Guerra Fría. Los pilares del estado tailandés -nación, religión y el rey- tocaban una fibra unificadora y colectiva, y la estabilidad resultante permitía el desarrollo económico. Si bien el crecimiento estaba tan concentrado que hacía fermentar el resentimiento popular, se mantenía al comunismo bajo control. Los desafíos al orden establecido, con el triunvirato ejército-monarquía-burocracia como su ancla, se sofocaban repetidamente.
En aquel entonces, los alumnos tailandeses cantaban canciones marciales todas las mañanas, y los tailandeses conocían su lugar en el orden piramidal rígidamente elitista, que estaba reforzado por la socialización y el adoctrinamiento en las aulas y en los livings de las casas, donde sólo podían entrar los medios controlados por el estado. Los tailandeses parecían más sujetos obedientes que ciudadanos informados. El disenso prácticamente no encontraba eco.
El ascenso del partido Thai Rak Thai de Thaksin en 2001 cambió todo eso. El partido llevó a cabo una estrategia científica para las elecciones: se basó en costosas encuestas de expertos extranjeros y ofreció una agenda clara y un liderazgo fuerte. Fue el primer partido de la post-Guerra Fría que captó la imaginación colectiva de los tailandeses. Empezaron a contar las voces de sectores ignorados del electorado, particularmente en las zonas rurales del norte y noreste del país. La compra de votos cada vez se volvió más insuficiente. Echó raíces un vínculo entre el partido y los votantes -un lazo basado en la política.
Para 2001, la Guerra Fría ya había terminado hacía rato. Los líderes políticos que discrepaban con el status quo ya no podían ser encarcelados fácilmente bajo cargos de vinculación con el comunismo. La llegada de Internet hizo que a las autoridades les resultara más difícil forjar las mentes tailandesas, conforme las fuentes noticiosas se multiplicaban y la resultante difusión de la información minaba la efectividad de la propaganda estatal. Es más, pasaron a primer plano las nuevas normas internacionales: las potencias externas que anteriormente habían hecho la vista gorda frente a los golpes, las dictaduras militares y la represión ahora se solidarizaban con la democracia y los derechos humanos.
La demografía de Tailandia también cambió. El programa de estudio de la Guerra Fría de una unidad y una estabilidad inducidas ya no tiene relevancia para los alumnos de hoy; por cierto, la mayoría de los estudiantes universitarios hoy en día nacieron después de que terminó la Guerra Fría.
Estos factores promovieron un nuevo contexto político, y Thaksin, que en aquel momento era un magnate de las telecomunicaciones, estaba bien posicionado para aprovechar la oportunidad. Revisó la burocracia, hizo promesas a los pobres, planeó una estrategia industrial y rediseñó una amplísima agenda de política exterior, entre otras medidas innovadoras.
Por supuesto, el régimen de Thaksin tuvo un costado oscuro: corrupción, conflictos de intereses, amiguismo, violaciones a los derechos humanos y abuso de poder, entre otras evidencias de mal gobierno.
Ese es el legado mixto de Thaksin. Las oportunidades, esperanzas y sueños ofrecidos a los oprimidos y la visión y planes para el futuro de Tailandia terminaron enredados en su propia venalidad. Pero, si bien Thaksin cometió muchas infracciones, su peor "pecado" fue haber cambiado la manera en que piensan y actúan los tailandeses. Algunos ven este cambio como una usurpación; otros lo ven como la liberación de Tailandia en el siglo XXI.
Los adversarios de Thaksin en el régimen afianzado de Tailandia no estaban dispuestos a aceptar sus innovaciones en materia de políticas y su populismo. Para ellos, eso habría sido el equivalente a admitir que la mayoría de la gente en este reino hospitalario y bien dotado habría sido mantenida deliberadamente en la pobreza todo el tiempo.
Por su parte, Thaksin ha intentado retratar los recientes resultados electorales como si tuvieran que ver exclusivamente con él. Pero en general se lo percibe como un agente ventajero e involuntario de la modernización política. Estos cambios y esta dinámica del siglo XXI, apuntalados por una ciudadanía cada vez más enérgica, es aquello con lo que tendrá que lidiar el establishment tailandés si el país quiere avanzar.


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