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¿Un nuevo Bretton Woods?

PRINCETON – La caótica y costosa respuesta internacional a la actual crisis financiera mundial llevó al presidente francés, Nicolas Sarkozy, al primer ministro británico, Gordon Brown, y al presidente alemán, Horst Köhler, ex director del Fondo Monetario Internacional, a convocar una nueva Conferencia de Bretton Woods con el objetivo de diseñar un nuevo sistema financiero global. Pero este tipo de demanda depende de que se entienda claramente qué podría ofrecer un nuevo acuerdo.

Resulta fácil ver el atractivo de desechar la arquitectura financiera global de hoy, porque obviamente es mucho lo que ya está deshecho. Las instituciones existentes parecían cada vez más irrelevantes en tiempos normales, e ineficaces en tiempos de crisis. Si bien el FMI difundió algunas cifras lóbregamente precisas sobre el probable costo del fiasco inmobiliario norteamericano, prácticamente no tuvo participación a la hora de abordar la crisis actual. Esta fue la primera crisis financiera internacional desde la Conferencia de Bretton Woods de 1944 en que el Fondo se mantuvo al margen.

El principal actor internacional, en cambio, ha sido el G7, un agrupamiento dominado por estados europeos de tamaño medio en el que las dinámicas economías emergentes de Asia -la actual fuente de ahorros globales- no tienen representación alguna.

La Conferencia de Bretton Woods tuvo éxito no porque reuniera a cada estado o porque los participantes se involucraran en una conferencia amplia. John Maynard Keynes, un arquitecto de Bretton Woods, creía que la verdadera lección de los fracasos de la Depresión de los años 1930 residía precisamente en la dimensión y el carácter caótico de la Conferencia Económica Mundial de Londres de 1933. Keynes concluyó que sólo podría diseñarse un plan verdaderamente realizable ante la insistencia de "una única potencia o un grupo de potencias afines".

Esencialmente, Keynes estaba en lo cierto, pero debería haber agregado que siempre ayuda cuando una potencia puede negociar con otra potencia. En el pasado, la diplomacia financiera más efectiva se produjo bilateralmente, entre dos estados poderosos que simbolizaban estrategias diferentes frente a la economía internacional.

Esto fue así para los preparativos del encuentro de Bretton Woods. Si bien había 44 países participantes, sólo dos importaban realmente, el Reino Unidos y, sobre todo, Estados Unidos. El acuerdo fue formulado por el diálogo anglo-norteamericano, con una mediación ocasional de Francia y Canadá.

Las conversaciones bilaterales, posteriormente, siguieron siendo la clave de todo éxito importante de la diplomacia financiera en gran escala. A principios de los años 1970, cuando el régimen de tipo de cambio fijo llegó a un fin, el FMI parecía haber sobrevivido a su función. Sus Artículos de Acuerdo fueron renegociados por Estados Unidos, que buscaba más flexibilidad, y Francia, que quería parte de la solidez y la previsibilidad del viejo patrón oro.

Más avanzados los años 1970, las relaciones monetarias europeas estaban desahuciadas cuando Francia, Alemania y Gran Bretaña intentaron discutir sobre ellas, pero se enderezaron cuando participaron sólo Francia y Alemania. A mediaos de los años 1980, cuando las oscilaciones salvajes de los tipos de cambio produjeron llamamientos a nuevas medidas de protección del comercio, Estados Unidos y Japón encontraron una solución que implicó la estabilización del tipo de cambio.

Entonces, ¿qué forma debería adoptar hoy ese tipo de bilateralismo?

En términos de países, el nuevo par que salta a la vista comprende a Estados Unidos, el principal deudor del mundo, y China, su mayor ahorrador. En términos de temas, la conferencia tendría que solucionar un tipo nuevo de problema: cómo deberían manejar los estados los grandes flujos de capital que en las últimas cuatro décadas estuvieron mediados por el sector privado.

Hasta 2008 parecían funcionar dos modelos alternativos. Por un lado estaba el modelo norteamericano, con una variedad de bancos regulados, bancos de inversión mínimamente regulados y fondos de inversión ampliamente desregulados que se ocupaban de manejar los flujos de capital. Por otro lado estaba la solución china, con una gestión cada vez más costosa de las reservas que dio lugar a que los activos fondos de riqueza soberanos buscaran una participación estratégica en las inversiones en el exterior.

Ambos enfoques eran errados –y factibles de generar controversia política-. El modelo norteamericano fracasó porque los bancos demostraron ser altamente vulnerables al pánico una vez que quedó claro que los nuevos y sofisticados instrumentos financieros habían formado una pila de heno plagada de pérdidas profundas, peligrosas e indigeribles. E, inevitablemente, después de los grandes rescates de hoy sobrevino una discusión de mucha carga política sobre qué bancos debían ser rescatados y qué intereses políticos debían respetarse. Hoy existe un debate encendido sobre la influencia de Goldman Sachs en el Tesoro de Estados Unidos. De la misma manera, los voluminosos rescates europeos (que totalizan tanto como el 20% del PBI en Alemania) han generado controversias sobre la distribución de los costos.

Mientras tanto, la solución china dio lugar a temores nacionalistas de que se pudiera abusar de los fondos de riqueza soberanos para echar mano de empresas estratégicamente vitales o de sectores enteros de una economía.

La inspiración original detrás de la creación del FMI era que un organismo ampliamente automático y regido por reglas sería una manera menos politizada de estabilizar los mercados y las expectativas. Eso sigue siendo válido hoy: administrar participaciones temporarias en bancos que necesitan una recapitalización, en nombre de grandes proveedores de capital (como los países asiáticos con excedentes) serviría como un amortiguador neutral y despolitizado entre los estados y las instituciones del sector privado.

El FMI fue originariamente concebido en 1944 en un mundo sin flujos de capital privado importantes, en el que los estados realizaban casi todas las transacciones internacionales. Extender su misión para incluir algunos rescates del sector privado sería reconocer el papel preponderante que hoy juegan los mercados. Al mismo tiempo, la participación de una agencia internacional regida por reglas minimizaría el veneno político asociado con las recapitalizaciones bancarias y las intervenciones monetarias.

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