Monday, April 21, 2014
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Un festín financiero que se muda de lugar

LONDRES– Había un momento en el que las tablas de ligas se podían encontrar solamente en las páginas deportivas de los periódicos. Hoy, son una obsesión global.

Hay tablas de ligas de escuelas y universidades, clasificaciones de empresas por su rentabilidad o responsabilidad social empresaria, tablas de indicadores de felicidad por país y tablas que intentan calificar las marcas de consumo por valor. Existe incluso una tabla de liga de los chistes más divertidos del mundo (yo no me reí tanto).

El mundo financiero también está lleno de este tipo de rankings. Los banqueros de inversión esperan ansiosamente las tablas de ligas de fusiones y adquisiciones, aunque el vínculo entre ranking alto y rentabilidad suele ser flojo o inexistente. Las tablas de ligas de los bancos nos acompañan desde hace un tiempo y ahora tienden a basarse en la fuerza del capital y no en el volumen de activos, lo cual es un pequeño avance, aunque todavía no demasiado importante.

Hoy también existen varias tablas de ligas diferentes –que están generando una considerable angustia- que clasifican a los centros financieros en base, principalmente, a encuestas de empresas. En qué grado afectó la crisis financiera la reputación y el desempeño de los principales centros occidentales es una pregunta que cada vez se formula más en Londres, y en menor medida en Nueva York. (Algunos norteamericanos tienden a pensar que el mundo se abrirá camino hasta su puerta, no importa lo mal que lo reciban cuando llega).

Hasta el momento, el mensaje de las tablas más recientes no es demasiado alarmante para los participantes. Una clasificación preparada para la Corporación de la Ciudad de Londres muestra que Nueva York y Londres siguen peleando cabeza a cabeza en la cima de la liga. La revista The Banker produce otro ranking, donde Nueva York está a la cabeza y Londres, apenas atrás en el segundo puesto –aunque la distancia entre ellas y las que vienen detrás se está achicando-. Los resultados tanto en Londres como en Nueva York en cuanto a calidad e intensidad de la regulación, y carga impositiva, han caído. Las empresas parecen nerviosas por el futuro en ambas áreas.

El cambio más sorprendente en los rankings es el ascenso de los principales centros financieros asiáticos –y no sólo Hong Kong y Singapur, sino también Shanghái, Beijing y Shenzhen-. Los chinos han venido promoviendo de manera explícita sus centros financieros, y el impacto está empezando a percibirse. El Índice de Desarrollo Financiero del Foro Económico Mundial –otra tabla de liga más para tener en cuenta- muestra que Hong Kong y Singapur de hecho están muy cerca de Londres, y actualmente China está por delante de Italia en lo que a sofisticación financiera se refiere. Los fideos chinos les están ganando a los espaguetis.

Esto, en parte, no sorprende. Mientras el centro de gravedad económica del mundo se desplaza hacia el este, el equilibrio de la actividad financiera está destinado a avanzar con él. Teniendo en cuenta el principio de que si algo es inevitable es mejor darle la bienvenida, la respuesta apropiada en Londres y Nueva York es encontrar maneras de colaborar con estos nuevos centros.

Sin embargo, la pregunta más importante para los centros financieros tradicionales es si la actividad internacional que puede trasladarse a otra parte realmente lo está haciendo. Eso es algo mucho más difícil de juzgar. Existen anécdotas de gestores de fondos de cobertura individuales que se trasladan a Ginebra. Cada vez que un gobierno, o un regulador, anuncia algún control nuevo, o un ajuste de los controles existentes, los banqueros amenazan con empacar y marcharse, llevándose consigo sus Porsche y sus amantes.

Estas amenazas, que antes tenían mucho impacto político, ahora son mucho menos efectivas. Algunos políticos y analistas rápidamente dicen “¡Adiós y buen viaje!”. Hasta el Banco de Inglaterra ha preguntado si, frente al costo de limpiar el caos causado por la última crisis, vale la pena albergar un mercado financiero global.

Es una especulación riesgosa. A pesar de todo lo mal que se hayan comportado –y algunos claramente merecen una década o más en el banquillo de los expulsados-, los servicios financieros son un elemento crucial de la economía de Londres. Si el sector financiero se viene a pique, ¿qué lo va a reemplazar en términos de empleos?

A pesar de todos los dichos poco serios sobre la ciencia y la industria como las escaleras para salir de la recesión (una imagen favorita del ex primer ministro británico Gordon Brown), no son más que eso –palabras vacías-. Existen pocos ejemplos –si es que existen- de sociedades post-industriales de altos costos que reanimen su sector industrial en gran escala una vez que ha declinado.

Londres, en particular, no tiene ningún derecho inalienable a ser un centro financiero global. El mercado doméstico del Reino Unido, después de todo, es mucho más pequeño que el de Estados Unidos.

De hecho, la ubicación de la actividad financiera ha cambiado a lo largo de los siglos. Si la incumbencia fuera una ventaja permanente, las oficinas globales de Goldman Sachs estarían en Babilonia. Debe de haber un punto crítico en el cual cierta combinación de mayores impuestos, más regulación gravosa y un clima político hostil haga que las empresas financieras se reubiquen.

Existe el riesgo de que Gran Bretaña ahora pueda estar acercándose a ese punto. Es por eso que la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido, y hasta la Confederación de la Industria Británica, que habla esencialmente por las firmas no financieras que tienen que ver con el acceso al crédito, ha empezado a pedir una tregua entre las autoridades y los mercados financieros.

Los próximos dos o tres meses determinarán si se declara la paz y, de ser así, si perdurará. Como siempre sucede en las negociaciones de paz, ambas partes deben estar dispuestas a hacer concesiones.

Las empresas necesitarán mostrar una limitación visible en lo que concierne a la ronda de sobresueldos de este año. El gobierno británico no tolerará otra juerga. Y los gobiernos de ambos lados del Atlántico necesitarán decidir  hasta dónde quieren llegar a la hora de castigar a los bancos. Las continuas amenazas de cargas impositivas aún más altas podrían resultar peligrosamente contraproducentes. Si no se establece un nuevo contrato social entre el Estado y los mercados pronto, esos mercados pueden, efectivamente, trasladarse a otra parte.

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