REYKJAVIC – Si los países africanos adoptaran una sola política para intensificar el crecimiento económico y mejorar la estabilidad macroeconómica, deberían reducir lo antes posible el número de divisas en circulación en todo el continente. Lo más probable es que así fomentarían el comercio, como ocurrió en Europa con la llegada del euro, y podrían contener la inflación, cosa que siempre es buena para el crecimiento, imponiendo disciplina internacional en materia de política monetaria.
La Unión Africana se propone ahora juntar todas las divisas del continente en una sola de aquí a 2028. Entretanto, varias uniones monetarias regionales están en fase de proyecto, además de las dos uniones monetarias que ya existen, una de jure y otra de facto .
La primera y más antigua de esas uniones está compuesta por los catorce países que forman parte de la Comunidad Monetaria del África central y la Unión Monetaria y Económica del África Occidental, que usan el franco CFA. La segunda de dichas uniones está compuesta por Lesotho, Namibia. Swazilandia y ahora Zimbabwe, todos los cuales usan el rand sudafricano. Dejando aparte Zimbabwe, converso reciente e incompleto, los dieciocho países de las dos uniones monetarias existentes se han beneficiado, como se trataba de conseguir, de una inflación menor que la de gran parte del resto de África.
Para entender por qué, veamos el caso de Nigeria. Antes de la independencia, la moneda de curso legal de Nigeria era la libra británica. Con la creación del Banco Central de Nigeria en 1959, se introdujo la libra nigeriana. En aquel entonces, una libra nigeriana equivalía a una libra británica. Esa disposición permaneció intacta hasta 1973, año en que Nigeria adoptó una nueva divisa, el naira. El tipo de cambio permaneció inalterado: un naira equivalía a una libra británica.
El naira iba encaminado a fortalecer la independencia del país, al hacer posible que el banco central aplicara su propia política monetaria. También era un motivo de orgullo nacional. La concepción en la que se basaba la nueva disposición era la de que una política monetaria independiente y flexible redundaría en beneficio de la nación más que un tipo de cambio fijo que vinculara el naira con la libra.
Pero la introducción del naira no tardó en poner fin a la paridad con la libra británica. Pese a unas ganancias en divisas extranjeras rápidamente en aumento debidas a las exportaciones de petróleo a partir de 1970, el gasto gubernamental superaba los ingresos federales. Los déficits presupuestarios del gobierno federal se financiaban mediante empréstitos nacionales y extranjeros e imprimiendo moneda, lo que creaba inflación y provocaba la depreciación de la nueva moneda. En la actualidad para comprar una libra británica hacen falta 220 naira, lo que representa una depreciación media anual del 15 por ciento desde 1973.
Esa depreciación tal vez hubiera sido justificable, si Nigeria se las hubiese arreglado para usar el dinero fácil a fin de reducir el desfase entre el nivel de vida de los nigerianos comunes y corrientes y el de las personas que viven en Gran Bretaña, pero no fue así. El poder adquisitivo de la renta nacional por habitante en Nigeria es actualmente el 50 por ciento menor respecto de Gran Bretaña que en 1980.
En vista de esa experiencia, Nigeria se propone ahora abolir el naira y adherirse a una unión monetaria con otros cuatro o cinco países del África occidental (Gambia, Ghana, Guinea, Sierra Leona y tal vez Liberia), pero esa unión monetaria, cuyo lanzamiento estaba previsto para 2009, ha quedado suspendida.
¿Por qué? Los países pequeños no dan señales de temor a verse abrumados por Nigeria, el país más populoso con mucha diferencia del grupo (cuya población asciende a 155 millones de los 200 millones de personas que tienen los seis países en total), sobre todo porque el nuevo Banco Central del África Occidental tendrá su sede en Accra, capital de Ghana (24 millones). Sin embargo, otros pueden temer el debilitamiento de su soberanía cuando el nuevo Banco Central de la Zona Monetaria del África Occidental asuma algunas de los cometidos en materia de formulación de políticas de los bancos centrales nacionales, pero ése es, naturalmente, el objetivo principal de una unión monetaria.
Cuando por fin se establezca la Zona Monetaria del África Occidental, el número de divisas de África equivaldrá a la mitad, aproximadamente, del número de sus países y, cuando la Comunidad del África Oriental, con sus cinco miembros (Burundi, Kenya, Rwanda, Tanzania y Uganda), reaparezca como está previsto, habrá otras cuatro menos divisas.
La creencia de que las divisas nacionales soberanas, al permitir políticas monetarias independientes y flexibles, son la mejor forma de fomentar el desarrollo económico y social –tal era la concepción de los dirigentes poscoloniales de Nigeria– está perdiendo validez gradualmente. La eficiencia dicta la utilización de menos y mayores divisas (y los inversores extranjeros, comprensiblemente recelosos de las divisas débiles y volátiles, lo exigen).
De hecho, el éxito de la Unión Europea y del euro desde su lanzamiento en 1999 ha causado una gran impresión en África. Parafraseando a Winston Churchill, las divisas son como las democracias: la mejor forma de preservar su integridad es compartirlas.


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