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Una lección de Historia para Koizumi

Una vez más, están surgiendo protestas en China y en Corea del Sur contra la visita anual del Primer Ministro japonés Junichiro Koizumi al santuario de Yasukuni. La insistencia de Koizumi en rendir homenaje a los caídos en la guerra enterrados en Yasukuni, donde entre los sepultados figuran criminales de la segunda guerra mundial condenados, ha estado menoscabando las relaciones con los vecinos del Japón durante años. De hecho, el Presidente chino Hu Jintao afirma continuamente que no celebrará una cumbre con un primer ministro japonés que vaya a Yasukuni, cosa que la mayoría de los chinos consideran una glorificación de las pasadas agresión y colonización japonesas.

Incluso en el Japón algunos están adoptando una postura crítica contra Koizumi. Si bien el público sigue sosteniendo una opinión negativa de los arrebatos chinos contra el Japón, una encuesta reciente indica que más del 70 por ciento de los japoneses consideran inaceptable el estado actual de las relaciones entre el Japón y China. Hay más personas que no apoyan el peregrinaje anual de Koizumi a Yasukuni y siete ex primeros ministros han pedido conjuntamente que se abstenga de hacer esas visitas.

Sin embargo, Koizumi sigue con su actitud desafiante. Además, el secretario jefe del gobierno Shinzo Abe, el más probable candidato a sucederlo, ha declarado abiertamente que seguirá visitando el santuario como primer ministro. El ministro de Asuntos Exteriores Taro Aso, otro posible sucesor de Koizumi, ha pedido que el Emperador japonés rece en Yasukuni.

De modo que parece cundir el pesimismo y el punto muerto sobre Yasukuni parece estar intensificándose, pero el pasado puede traernos algo más que problemas de esa clase. Incluso en relación con el asunto de Yasukuni hay enseñanzas positivas que extraer.

Piénsese en Yasuhiro Nakasone, predecesor de Koizumi en el decenio de 1980. Los dos son políticos magistrales que fueron populares y ocuparon sus cargos durante largos mandatos. Los dos son conservadores y nacionalistas, que propugnan la revisión de la Constitución y el desempeño por parte del Japón de un papel político y militar firme en el exterior. Por último, los dos son proamericanos y Nakasone declaró que el Japón era el "portaviones imposible de hundir" de los Estados Unidos en el Asia oriental y Koizumi envió tropas al Iraq en apoyo del esfuerzo de guerra encabezado por los Estados Unidos.

Pero con frecuencia se pasa por alto una diferencia decisiva entre Nakasone y Koizumi: su gestión de la controversia sobre Yasukuni y de las relaciones con China.

Nakasone transgredió el tabú al ser el primer primer ministro que rindió culto, en su condición oficial, al santuario de Yasukuni el 15 de agosto de 1985, cuadragésimo aniversario del fin de la segunda guerra mundial. Aquella decisión desencadenó una reacción severa de China, donde los estudiantes celebraron manifestaciones contra su visita. Las relaciones bilaterales quedaron congeladas.

Pero, en lugar de capitalizar el resentimiento nacional por las críticas de China, Nakasone decidió no volver a visitar Yasukuni. Optó por reparar las relaciones con China centrándose en los aspectos positivos de los lazos bilaterales. En 1986, Nakasone se trasladó a Beijing por invitación personal del Secretario General del Partido Comunista chino Hu Yaobang y puso la piedra angular de un Centro de Intercambios Juveniles Chino-japoneses, con la promesa de forjar amistades futuras con China.

Aquel sincero abrazo de reconciliación brindó un apoyo muy necesario a los dirigentes chinos, deseosos de controlar los sentimientos antijaponeses.

Hu elogió el valor de Nakasone y advirtió a los jóvenes chinos que si "sólo piensan en el bienestar de sus país... no son patriotas sensatos".

Nakasone superó la crisis y fu reconocido como un estadista capaz, al dirigir la diplomacia del Japón con China. No hubo acusación alguna de que Nakasone estuviera "vendiéndose" a Beijing. Tampoco resultaron menoscabadas sus credenciales conservadoras, nacionalistas y proamericanas.

Ese episodio indica que la posición intransigente de Koizumi no es la única opción. Un primer ministro japonés puede ser fuerte sin explotar el resentimiento nacional contra los vecinos del país y conservador, patriota y proamericano y al tiempo crear una relación sana y que funcione con China. De hecho, el cese de las visitas a Yasukuni probablemente abriría la puerta para la cumbre chino-japonesa que ya debería haberse celebrado hace mucho y que, a su vez, podría fortalecer las voces moderadas en China que aspiran a conseguir una relación con el Japón orientada hacia el futuro.

Lamentablemente, Koizumi y sus aliados no están dispuestos a dar pasos adelante en relación con el asunto de Yasukuni. Como dijo recientemente el ministro de Asuntos Exteriores Aso: "Cuanto más expresa China [su oposición], más sentimos el deseo de ir allí. Es exactamente como cuando te dicen: 'No fumes cigarrillos'. Sólo sirve para que sientas más ganas de fumar".

Nadie espera que los dirigentes japoneses y chinos actuales se abracen, como hicieron Nakasone y Hu hace dos decenios, pero resulta triste que los dirigentes de gigantes vecinos finjan no verse en los foros internacionales. Si Nakasone, quien ahora insta a Koizumi a poner fin a la peregrinación a Yasukuni, hubiera de responder a Aso, podría limitarse a ampliar la analogía: seguir inhalando el humo de segunda mano de Koizumi no redunda en pro de los intereses del Japón.

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