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Un consenso global contra el terrorismo

Si uno menciona las Naciones Unidas, lo más probable es que la primera reacción se refiera al actual escándalo del programa de petróleo por alimentos y lo que significa para la capacidad del Secretario General Kofi Annan de conducir la organización durante el año y medio que le queda en el cargo.

No obstante, en la ONU están ocurriendo muchas otras cosas, aparte de las investigaciones. La reforma se respira en el aire, en parte debido al escándalo, pero también debido a su incapacidad de enfrentar de manera eficaz desafíos como los planteados por Ruanda, Kosovo, Irak y, más recientemente, Sudán. Incluso los partidarios más fervientes de la ONU admiten ahora que es necesario hacer cambios para que la organización haga una contribución significativa a la paz y la seguridad internacionales.

Parte de las conversaciones sobre reforma se refieren a la composición del Consejo de Seguridad de la ONU. El Consejo de Seguridad refleja la visión de los aliados de la Segunda Guerra Mundial sobre cómo sería el mundo de posguerra y la manera de gobernarlo. Esto ayuda a explicar por qué una muy debilitada Francia se convirtió en miembro permanente del Consejo, y por qué no fue así en el caso de Alemania y Japón (y una India que aún no era independiente).

Es imposible defender la estructura actual del Consejo de Seguridad; la necesidad de un cambio está fuera de cuestión. No obstante, será extremadamente difícil dar con una propuesta que logre un apoyo internacional amplio.

Gran Bretaña y Francia se resistirán a ser reemplazadas por un solo asiento de la UE, mientras que hacer miembro permanente a Alemania sólo exacerbaría el problema de la sobrerrepresentación relativa de Europa. Pakistán pondría objeciones al ingreso de India al Consejo de Seguridad; Argentina, Chile y México, al de Brasil; Nigeria al de Sudáfrica (y viceversa), y varios países, incluidos China, Indonesia y Corea del Sur, se resistirían a un asiento permanente para Japón.

Es claro que reformar el Consejo de Seguridad exigirá una considerable cantidad de tiempo y muchos esfuerzos políticos. Mientras tanto, hay trabajo importante por hacer. Un camino productivo sería seguir las recomendaciones del Grupo de Alto Nivel que fue respaldado por Annan; es decir, que todos los miembros de la ONU declaren explícitamente que el terrorismo no tiene espacio en el mundo actual.

Esto resultará ser más difícil de lo que parece a primera vista. Durante demasiado tiempo, la comunidad internacional ha tolerado el terrorismo (el asesinato intencional de civiles y no combatientes por parte de actores no estatales con fines políticos) sobre la base de que, en ciertas ocasiones, “el que para unos es un terrorista, para otros es un luchador por la libertad”.

Los historiadores pueden darse el lujo de debatir si el terrorismo puede haber estado justificado en ciertas situaciones del pasado. Nosotros, no. El terrorismo moderno es demasiado destructivo como para ser tolerado, y mucho menos apoyado.

Las armas de destrucción masiva (armas nucleares, biológicas y químicas) son exactamente eso, y ninguna causa puede justificar su uso. Más aún, como quedó demostrado en los ataques terroristas en Estados Unidos en 2001, utensilios tan básicos como un cortacartones pueden convertirse en armas de destrucción masiva si se usan para explotar las vulnerabilidades de la vida moderna y global.

El terrorismo se justifica aún menos si se considera que actualmente existen vías políticas para promover objetivos políticos. Los palestinos pueden negociar su relación futura con Israel, contando con la ayuda estadounidense, rusa, europea y de la ONU. Los iraquíes han elegido a sus propios representantes y están en vías de escribir su constitución. Nadie que busque hacer realidad objetivos razonables y esté dispuesto a negociar puede argumentar que el terrorismo es su única opción personal o colectiva.

El mundo ya ha dado algunos pasos importantes contra el terrorismo. Una docena de convenciones internacionales y numerosas resoluciones de la ONU comprometen a los gobiernos a oponerse a la toma de rehenes, el secuestro de aeronaves civiles y el terrorismo en términos más generales.

De manera similar, el mandato del Grupo de Acción Financiera, creado en 1989 para luchar contra el lavado de dinero, ha sido ampliado y se ha concentrado principalmente en enfrentar el financiamiento de los terroristas. La Resolución 1373 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada después de los ataques del 11 de septiembre, llama a los estados a negar refugio a los terroristas, llevar ante la justicia a quienes colaboren con el terrorismo, reprimir el reclutamiento de miembros de grupos terroristas, bloquear las iniciativas de los terroristas para adquirir armas, y cooperar con otros gobiernos y organizaciones internacionales para dar seguimiento a los sospechosos y aumentar los niveles de seguridad.

Lo que falta es una nueva y decimotercera convención que cierre el resquicio que parece permitir que los gobiernos se erijan en jueces de qué es terrorismo y qué no lo es. Se necesita un amplio consenso de que todo asesinato intencional de civiles y no combatientes es inaceptable, y que es necesario castigar a los responsables y a quienes los apoyan.

Por supuesto, una convención así no impedirá del todo que en el futuro se cometan acciones terroristas, pero las ideas importan. Es necesario deslegitimar el terrorismo de la misma manera como se deslegitimó la esclavitud. Esto hará que los gobiernos y las personas piensen dos veces antes de participar en actividades terroristas; también facilitaría la obtención de apoyo para acciones internacionales contra quienes, con todo, decidan hacerlo.

En nuestras vidas, aprendemos muy temprano que el fin no justifica los medios. Es el momento de aplicar este principio antes de que se pierdan más vidas inocentes.

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