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Una Europa de Provincias, No de Estados

Puesto que la Convención Constitucional Europea se reunirá a debatir los detalles de las instituciones futuras de la Unión Europea (UE), ahora es el momento de pensar lo impensable acerca del camino que seguirá Europa. O, por lo menos, sopesar quizá una cuestión considerablemente distinta: ¿Qué dirección sería razonable que la UE tomara?

La caída del comunismo implicó la aparición de varios pequeños estados en Europa. Estonia, Letonia y Lituania remergieron de la ocupación soviética. Checoslovaquia se dividió en dos estados por completo separados. Yugoslavia resultó en Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Macedonia; quizá pronto podría desembuchar Kosovo y Montenegro también. Aunque las repúblicas del Báltico no hicieron más que restablecer la independencia que tenían antes de la Segunda Guerra Mundial y la ruptura de Yugoslavia fue un asunto sangriento como tantas otras guerras de independencia, hay también algo que llama la atención en todo esto.

En la entreguerra, los estados del Mar Báltico fueron a menudo vistos como creaciones imprácticas y artificiales de los Grandes Poderes. La existencia de Checoslovaquia y de Yugoslavia se debió a que sus partes constituyentes no fueron consideradas estados independientes viables. ¿Por qué? Porque hace 80 años, cuando Wilson, Clemenceau y Lloyd George redibujaron el mapa de Europa, los estados pequeños eran disfuncionales tanto en tiempo de guerra como de paz. Para ser viable, un estado necesitaba ser suficientemente grande como para defenderse y para constituir un mercado económico relativamente autocontenido.

Nada de eso es verdad ahora. Con el prospecto de entrada a la UE, los mercados nacionales tienen menos importancia. Tanto la UE como la OTAN hacen que las guerras entre los estados miembros de la UE sean impensables y un ataque contra incluso el más pequeño miembro de la OTAN provocaría una respuesta de todos los miembros de la OTAN. Al no tener esas amenazas externas, los lazos entre, digamos, los checos y los eslovacos (¡ni hablar de serbios y croatas!) son demasiado débiles para garantizar un gobierno común a nivel nacional.

¿Nos dice eso algo acerca del futuro de Europa como un todo? La diferencia entre Checoslovaquia e Italia o Alemania es ante todo de 50 años. Finalmente, ¿no era Italia un conjunto de reinos y principados hasta 1860? ¿No fue la unificación de Alemania una cuestión de ``hierro y sangre''?

Francia y España son más viejos, pero ¿es el matrimonio de los vascos, los catalanes y los corsos corsicans con sus estados nacionales mucho más feliz que el antiguo matrimonio entre checos y eslovacos? ¿Hay en verdad alguna razón por la que los escoceses y los galeses habrían de pertenecer al mismo estado nacional que los ingleses?

Olvidemos por un segundo las ideas de identidad francesa o alemana o italiana, de patriotismo y de memorias colectivas de guerra y carnicería que aglutinaron la conciencia de las comunidades lingüísticas de la actualidad y pensemos en esto: ¿por qué necesitan los europeos un nivel intermedio de gobierno entre el marco común europeo y sus instituciones locales?

¿Por qué los piemonteses, los bávaros o los escoceses necesitan burocracias nacionales intermedias para administrar sus políticas fiscales, sus programas de bienestar, sus leyes de seguridad y sus duplicados y en mayor parte innecesarios ejércitos? ¿No sería la vida más fácil si el mercado, la moneda, la política externa, el ejército y algunas otras cosas comunes fueran administradas con base en fundamentos que abarquen toda Europa, dejando el resto a unidades locales más significativas?

Está de moda burlarse de las minucias burocráticas de la regulación europea. Pero la regulación europea es nada en comparación con las montañas de leyes y decretos nacionales, los miles de millones perdidos en patrocinios políticos y las colosales maquinarias estatales que se comen 30%-40% del producto económico de los estados nación de Europa. ¿Podría cualquier estado común europeo hacer peor las cosas?

Sin duda, la creación de un gobierno federal europeo y la eliminación de intermediarios nacionales llevaría probablemente a la más amplia liberalización económica (y de la sociedad en conjunto) de toda la historia de Europa. Consideremos a los Estados Unidos en 1787: la creación del gobierno federal arrazó al resquebrajado sistema de las colonias prerrevolucionarias e introdujo una era de expansión empresarial a lo largo y ancho de todo el continente americano.

El simple hecho es que Europa en conjunto es demasiado diversa como para ser capturada por los grupos de intereses económicos y políticos que ahora dominan a los estados nacionales. Es sólo como un nivel adicional de gobierno que la UE parece onerosa y burocrática. Si desplazara a los gobiernos nacionales su carga no tendría ningún peso en comparación con lo existente en la actualidad.

Las naciones también vuelven el balance constitucional de Europa inoperable. Alemania e Italia son simplemente demasiado grandes, comparadas con Portugal o Bélgica (en sí misma una cuestionable amalgama de flamencos y valones), y esto genera los desbalances del tipo reminiscente de la pisada fuerte de Prusia en el antiguo imperio de Bismarck.

¿Podría una Europa federal remplazar las identidades nacionales de hoy día? ¿Podrían los franceses y los británicos sentirse espiritualmente en casa en ``Europa'' tanto como se sienten en sus estados nacionales? No, ¿pero deben? Cuando los europeos piensan en las instituciones futuras, se considera que la tensión está siempre entre las diferencias nacionales y la identidad común europea. ¿Pero qué pasaría si no se mirara a las instituciones europeas a través del prisma de las instituciones nacionales? ¿Qué pasaría si la evolución de la conciencia europea procede no a través de una transferencia en altura de la adherencia a las instituciones supranacionales, sino a través de una devolución de lealtades y un renacimiento de comunidades más pequeñas, más significativas?

Claro, la defunsión de los estados nacionales no es inminente, pero no porque estén profundamente arraigados en la conciencia de sus ciudadanos. Sin duda, las identidades nacionales son ante todo abstracciones empobrecedoras, clichés, como las razas, las clases y otras creaciones ideológicas. Imagínense cuánta diversidad más genuina habría en una Europa unida si los estados nacionales no se agasaparan justo en el medio.

Pero los estados nación de Europa no desaparecerán durante un tiempo porque son centros de poder . Después de todo, cuarenta centavos de cada euro de PIB son mucho como para no luchar. Si los europeos, sin embargo, logran darse una idea de la dirección que deben seguir, quizá con el tiempo las identidades nacionales forjadas en las dos últimas centurias (pues no son mucho más viejas que eso) se convertirán en algo como el apéndice: una parte del cuerpo humano responsable de poco más que una ocasional inflamación.

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