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¿Una receta holandesa para el Brasil?

El logrado regreso del Brasil a los mercados financieros al final de abril y el fortalecimiento de su divisa del país, el real, ha demostrado que la elección del Presidente Luiz Inázio da Silva (Lula) no ha provocado un desplome de la confianza extranjera. Pero no por ello los recientes acontecimientos positivos eliminan la necesidad de reformas económicas estructurales. Lula reconoce que los avances en ese sector, incluida la reforma del mercado laboral, son decisivos para que el Brasil logre un crecimiento suficiente que le permita aplicar su ambicioso programa social.

Para ello, revestirá importancia decisiva que Lula, antiguo trabajador del metal y fundador de la Central Única de los Trabajadores (CUT), que también representa a la mayoría de los trabajadores de la industria automovilística, logre mantener buenas relaciones con los sindicatos. Las recientes huelgas llevadas a cabo por trabajadores de la industria automovilística en las fábricas de General Motors, Renault, Volvo y Ford del Brasil no son un buen augurio. Las propuestas reformas de la seguridad social y la fiscalidad, presentadas al Congreso al final de abril, parecen estar creando una tensión suplementaria.

Lula debe mirar a Europa para ver ejemplos de consecución de niveles altos de crecimiento y creación de puestos de trabajo sin por ello dejar de mantener la protección social. Europa puede brindar también una hoja de ruta para los políticos decididos a pasar de izquierdistas en la oposición y enemigos del mercado a estadistas reformistas en el poder. Felipe González, de España, y Tony Blair, de Gran Bretaña, hicieron ese recorrido. Pero un ejemplo mejor puede ser el de Wim Kok, quien el año pasado abandonó el cargo de Primer Ministro de los Países Bajos, que había ocupado durante ocho años. Lula y Kok comparten la infrecuente distinción de haber llegado a jefes de gobierno después de haber sido dirigentes sindicales.

Tras llegar a la cima del FNV, el mayor sindicato de los Países Bajos, Kok se encontró en una posición de considerable influencia en la formulación de la política económica de su país. Durante el período en que fue dirigente sindical, al final del decenio de 1970 y a comienzos del de 1980, la economía holandesa atravesó por un período muy negativo: estancamiento del crecimiento, desempleo elevado, tipos de interés prohibitivos y escasos beneficios empresariales. Los grandes déficit fiscales no dejan margen para la inversión privada.

Los problemas de los Países Bajos eran principalmente estructurales, aunque una recesión económica cíclica empeoró más aún la situación. En 1982, ésta se había deteriorado hasta tal punto, que los "interlocutores sociales" en el sistema tripartito holandés (gobierno, empresarios y sindicatos) llegaron a la conclusión de que, para luchar contra la crisis, había que romper con el pasado.

El momento decisivo llegó con el acuerdo de Wassenaar de ese año: un pacto entre empresarios y sindicatos, alcanzado con el estímulo activo del gobierno. Los sindicatos accedieron a moderar las reclamaciones salariales y abandonar la indexación de los salarios a cambio de una reducción de la jornada laboral y una mejora de sus perspectivas en el futuro.

Con el tiempo, la mayor flexibilidad del mercado laboral holandés restableció los beneficios del sector privado y propició una rápida creación de puestos de trabajo, una de las mayores de Europa y comparable con las de los Estados Unidos. Una actitud prudente en materia fiscal, adoptada mientras se recuperaba la economía y se reducían los tipos de interés, brindó un margen para reducciones importantes de los impuestos y las contribuciones sociales. Con una menor inflación, aumentaron los ingresos disponibles reales de los trabajadores, lo que permitió a los sindicatos demostrar a sus afiliados que la moderación salarial daba resultado y redundaba en su provecho.

Los recientes resultados, muy inferiores, de la economía holandesa se explican en gran medida por importantes aumentos de los salarios, que socavaron la competitividad y contribuyeron a la desaparición de puestos de trabajo. Esa situación movió a Kok a hacer un llamamiento el año pasado -en el vigésimo aniversario del acuerdo de Wassenaar-- en pro de un nuevo pacto entre los interlocutores sociales del país. Gracias a su reciente nombramiento, pronto va a disponer de una plataforma europea para transmitir su mensaje de moderación salarial y flexibilidad del mercado laboral e insuflar nueva vida a la estrategia en materia de empleo de la Unión Europea.

¿En qué sentido es pertinente el modelo de Wassenaar para el Brasil? De forma parecida a la de los Países Bajos a comienzos del decenio de 1980, la economía del Brasil afronta en la actualidad el empeño de estimular un rápido crecimiento del empleo con limitaciones fiscales y altos tipos de interés. Si bien la tasa de empleo registrada del Brasil no es demasiado alta en comparación con las de otros países de su región, su fuerza laboral, en rápido aumento, requiere una tasa elevada de creación de puestos de trabajo. La emulación de la experiencia holandesa en materia de creación de puestos de trabajo constituye la vía más segura posible para aliviar la pobreza en el Brasil.

No se trata de que el Brasil intente aplicar el modelo económico-social holandés: son países demasiado diferentes para eso. Pero Lula podría y debería seguir el ejemplo de Kok y aprovechar sus conexiones con los sindicatos, además de su relación con la clase obrera, para lograr un pacto social encaminado a la consecución de una mejora sostenida de los resultados económicos globales del Brasil y la realización de sus posibilidades para llegar a ser la central económica de América Latina.

El Brasil se ha beneficiado de una mejora del talante de los mercados y de los indicadores financieros desde la elección de Lula. Ahora su gobierno debe fomentar una garantía de paz social al estilo de Wassenaar, lo que brindaría margen a las autoridades para abordar su imponente programa en materia de política social a largo plazo, que comprende, entre otras cosas, una reorganización del sistema fiscal, una importante reforma del costoso sistema de pensiones y el fortalecimiento de la normativa referente a las quiebras- que el Brasil debe afrontar para incrementar la competitividad.

Los conciudadanos de Lula, que lo eligieron por abrumadora mayoría, necesitan unos rápidos crecimiento económico y creación de puestos de trabajo. Sólo se producirán, si Lula logra pasar de dirigente sindical enemigo del mercado a estadista que combine juiciosamente las reformas económica y social. Su éxito no sólo beneficiaría al Brasil, sino que, además, tendría un poderoso efecto de demostración en toda América Latina.

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