Sunday, October 26, 2014
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¿Recaerán los EU en la recesión?

El invierno pasado, el banco central de Estados Unidos (la Reserva Federal) estaba de plácemes. El recorte al 1.75% anual en su tasa de interés básico parecía haber funcionado: la recesión estaba acabando. Se pensaba que, a pesar de las expectativas más mesuradas en cuanto al impacto de la revolución de la alta tecnología sobre la productividad y las ganancias, así como del nerviosismo provocado por el ataque terrorista en contra del World Trade Center, las empresas estadounidenses pronto comenzarían a reanudar las grandes inversiones porque la oportunidad de obtener préstamos al 1.75% era demasiado buena para dejarla pasar.

Para fines de la primavera, esas expectativas se habían disipado con el colapso de Enron, WorldCom y Arthur Andersen. De pronto, todo el mundo puso en duda la integridad de las cuentas financieras de las compañías estadounidenses. De pronto, todo el mundo se dio cuenta del grado al que se había deteriorado el sistema estadounidense de vigilancia y control corporativo durante la burbuja de los noventa.

El mercado de valores de Estados Unidos cayó 15-20% por debajo de los niveles que había tenido en el invierno. Crecieron las diferencias entre las tasas de interés a las que se podía endeudar el gobierno y aquéllas aplicables a las corporaciones. Súbitamente, la Reserva Federal dejó de felicitarse: una tasa de interés de 1.75% podría ser la adecuada para impulsar una recuperación cuando el índice Dow-Jones se encuentra en 10,000, pero no cuando está a 8,500.

A lo largo del verano, las noticias sobre las inversiones corporativas fueron desalentadoras. Cada vez más analistas comenzaron a hablar de la posibilidad de una recaída en la recesión.

Sin embargo, mientras lo anterior sucedía, la Reserva Federal permaneció pasiva. Las tasas de interés a corto plazo bajo su control no se movieron. Fue apenas a mediados de agosto que la Reserva Federal comenzó a dar indicios de que las tasas podrían bajar.

La lógica informal y extraoficial que se filtraba de la Reserva Federal para explicar su inacción tenía dos partes. Primero, las tasas de interés a corto plazo ya eran tan bajas que todo el mundo vería como temporal cualquier reducción adicional. De esa manera, tendrían poco efecto sobre las tasas de largo plazo que son las que verdaderamente impulsan la inversión de las empresas.

Segundo, las tasas de interés de corto plazo eran tan bajas que una reducción adicional asustaría a los mercados financieros: incluso, según sus argumentos, si la Reserva pensara que las condiciones justificaban una reducción, las empresas responderían no aumentando sus inversiones sino reduciéndolas. Aparentemente la opinión de la Reserva era que en gran medida (si no es que por completo) era impotente: había hecho todo lo que podía hacer y las palancas de la política monetaria ya no eran determinantes del nivel de la actividad económica.

Así, los Estados Unidos en el 2002 se unieron a Japón en lo que los economistas han llamado durante sesenta y cinco años una trampa de liquidez: una situación en la que las tasas nominales de interés a corto plazo que controla el banco central son tan bajas y sus vínculos con el nivel de demanda agregada tan vagos que una reducción adicional ya no funciona para combatir una recesión.

La situación de Estados Unidos no era única: Japón había estado en las garras de una trampa de liquidez desde mediados de los noventa, pero no había habido otros ejemplos desde la Gran Depresión de la década de los treinta.

No es seguro que Estados Unidos se encuentre en estos momentos en una trampa de liquidez. No sabemos cuánto tiempo vayan a durar estas condiciones. Sin embargo, incluso si Estados Unidos estuviera solamente en la orilla de una trampa de liquidez, e incluso si lograra alejarse de ella, la situación es alarmante. Si la política monetaria no es eficaz, la única palanca con que cuenta el gobierno estadounidense para manejar su economía es la política fiscal, es decir, cambios en los planes de recaudación y gasto para cambiar la contribución directa del gobierno a la demanda agregada.

No obstante, las lecciones que se desprenden de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial indican que el gobierno de los EU (con su organización compleja y barroca del siglo XVIII) no es capaz de hacer cambios suficientemente rápidos como para que la política fiscal sea una herramiente eficaz para manejar la economía. Sencillamente toma mucho tiempo para que los cambios en la recaudación y el gasto pasen por el congreso y la burocracia. Unos Estados Unidos apresados en una trampa de liquidez son un país sin herramientas eficaces de manejo macroeconómico.

Ha habido dos momentos después de la Segunda Guerra Mundial en la que los encargados del diseño de políticas (al menos los estadounidenses) creyeron que habían resuelto el acertijo del ciclo empresarial y que habían aprendido a manejar una economía industrial o post-industrial moderna. El primero fue en la década de los sesenta con el alto grado de confianza keynesiano en el manejo de la demanda, que fue destruido por la inflación de la era de Vietnam y los shocks petroleros de los setenta. El segundo fue la década de manejo exitoso del ciclo empresarial por parte de la Reserva Federal independiente, apolítica y tecnócrata de Alan Greenspan. Este segundo momento parece haber sido tan fugaz como lo fue el primero.

Hace ochenta años, John Meynard Keynes opinó que los gobiernos tenían que asumir la responsabilidad de conservar el pleno empleo y la estabilidad de precios; que el patrón oro de antes de la Primera Guerra Mundial no había sido la edad de oro que la gente creía, y que sus éxitos se habían debido a una combinación afortunada de circunstancias que difícilmente se repetirían.

Keynes fue optimista al pensar que los gobiernos podían aprender a manejar el ciclo empresarial. Se escandalizaría al ver el mundo actual: una Europa con una tasa de desempleo pertinazmente alta, un Japón empantanado en una década de estancamiento casi total y ahora unos Estados Unidos que carecen de las herramientas de política para hacer frente a cualquier mala noticia económica inesperada adicional.

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