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Un momento checo

PRAGA – Cuando oí lo que algunos europeos decían en el momento en que mi país estaba preparándose para ocupar la presidencia de la Unión Europea, sentí un débil eco de la infame descripción por parte de Neville Chamberlain de Checoslovaquia como “un país lejano del que sabemos poco”. Supongo que el descaminado intento de Donald Rumsfeld, hace unos años, de incitar a una división entre “la nueva y la vieja” Europa contribuyó al resurgimiento de esa desdeñosa actitud.

La realidad es que no existe una “nueva y vieja” Europa y nunca existió. La ruptura con el comunismo y la reunificación de Europa tienen ya casi dos decenios. Nosotros, los checos, somos ciento por ciento europeos y lo éramos incluso cuando el Telón de Acero nos separó de la Europa democrática. De hecho, nuestros sentimientos a favor de la UE pueden muy bien ser más fuertes, porque nuestra adhesión a la Unión, como nuestra libertad, es, comparativamente, nueva.

Por eso, nadie en Europa debe temer que la República Checa tenga programa nostálgico o idiosincrásico alguno sobre Europa que quiera imponer a la Unión. Al contrario, los acontecimientos han impuesto un programa a Europa que no podemos eludir y para el que se necesitará la solidaridad: la unión verdadera.

El principal y más apremiante de los problemas que afrontamos es la crisis económica y financiera que está envolviendo a la UE. Lamentablemente, es probable que las condiciones en toda la Unión empeoren antes de que empiecen a mejorar. El tipo de disturbios sociales observados recientemente en Grecia puede extenderse, porque es probable que la depresión se cobre un precio desproporcionado con los jóvenes de Europa, que buscan empleos en un momento en que las apuradas empresas van a poder ofrecerles muy pocos.

Una vez más, corresponderá a la Unión ayudar a transformar la desesperación en esperanza. Nosotros, los checos, sabemos algo de eso, pues la desgarradora transición económica que padecimos en el decenio de 1990 nos enseñó mucho sobre cómo las políticas adecuadas pueden liberar de la desesperanza.

Para contener la crisis económica y financiera actual, Europa necesitará también continuar la cooperación de que ha dado muestras hasta ahora. La propia existencia de nuestra Unión –y en particular la del euro– ya ha contribuido a prevenir las devaluaciones competitivas y las políticas encaminadas a arruinar a los rivales que asolaron a Europa durante el decenio de 1930, última ocasión en que el continente afrontó una depresión económica tan brutal.

Pero no podemos confiar indolentemente en que las fuerzas del egoísmo nacional seguirán controladas. De momento, el estimulo fiscal coordinado de los gobiernos de la UE ha privado a los populistas de su acusación habitual de que la UE es indiferente a la suerte de las personas. Una mayor coordinación de las políticas será necesaria tanto para afrontar la crisis como para restablecer las normas de la UE, una vez que empiecen a disiparse los nubarrones.

Aunque es cierto que el Pacto de Crecimiento y Estabilidad ha pasado a ser más flexible en estos momentos excepcionales, sus normas garantizaron un primer decenio de éxito para el euro. Para que Europa regrese a la vía de un crecimiento sostenible, en su momento habrá que restablecer intactas dichas normas y ahora habrá que forjar un consenso para que así sea.

La segunda amenaza principal que afrontaremos durante nuestra presidencia europea es la de Rusia. Hay que negociar un nuevo Acuerdo de Asociación y Cooperación (AAC) entre la UE y la Federación de Rusia. Esas negociaciones deberían haberse iniciado en serio el año pasado, pero la guerra en Georgia intervino para dejarlas en suspenso.

Ahora se han reanudado esas conversaciones, pero el marco de las negociaciones ha cambiado espectacularmente. La economía de Rusia está ahora en condiciones mucho peores que la de los miembros de la UE. El desplome de los precios del petróleo y del gas ha afectado gravemente al presupuesto de Rusia y la falta de inversión en el sector energético del país a lo largo de los años está causando ahora el descenso de la producción que los economistas predijeron hace mucho.

Hasta ahora, Rusia se ha interesado menos que la UE por un AAC, porque dos tercios de las exportaciones de Rusia a la Unión se componen de recursos naturales, que aportan ingresos aun sin las estrictas normas que establece un AAC. Sin embargo, dados los profundos cambios en la situación económica, ahora constituye una necesidad para los intereses nacionales de Rusia garantizar a los mercados internacionales que es un lugar fiable para los negocios, de lo que un nuevo AAC constituiría una señal ideal.

Además, sin un nuevo AAC, los países europeos por separado pueden considerar necesario procurar subscribir más acuerdos bilaterales con Rusia. De hecho, muchos miembros de la UE han competido mutuamente para ser el amigo más íntimo de Rusia en la Unión, pero los acuerdos bilaterales que han resultado de esa competencia a veces han redundado en perjuicio de otros miembros de la Unión y pueden desequilibrar las relaciones dentro de la Unión en conjunto. Sólo un marco de la UE reglamentado puede constituir un fundamento firme para las relaciones con Rusia, tanto las bilaterales como las de la Unión en conjunto.

La fuerza principal de Europa en la política exterior no es su compromiso con un multilateralismo reglamentado, pese a ser sin duda importante, sino su unidad. Cuando estalló la crisis de Georgia, Europa se unió en torno a una posición única sobre la retirada de Rusia. La tarea de la República Checa y la de la presidencia sueca de la UE, que seguirá a la nuestra, consiste en mantener dicha unidad a medida que avancen las negociaciones sobre el AAC.

Durante el decenio de 1990, los Estados Unidos y Europa se equivocaron al tratar a Rusia con benévolo descuido. Sería un error que Rusia respondiera con la misma moneda procurando prolongar las negociaciones del AAC con la esperanza de que un presidente de la UE, posiblemente más receptivo, ofrezca algún día condiciones menos estrictas. Nosotros, como todas las presidencias de la UE, representaremos los intereses, más amplios, de la Unión cuando negociemos.

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