PRINCETON – El espaldarazo que dio el Presidente ruso Vladimir Putin a Alexander Medvedev para que sea su sucesor en lo que se supone que será una elección presidencial democrática en marzo próximo muestra que los líderes rusos no han cambiado un ápice. Cada vez parece más probable que, al igual que en las épocas de Leonid Brezhnev, estaremos viendo los mismos nombres en las noticias en las próximas décadas.
Según Gleb Pavlovsky, el principal ideólogo del régimen de Putin, el sistema ruso actual es perfecto en todos los aspectos menos en uno: no conoce a sus enemigos. En efecto, es como si todo el mundo en el Kremlin estuviera leyendo a Carl Schmitt, el teórico jurista nazi que enseñaba que identificar al enemigo es la misión central de la política.
En el espíritu de Schmitt, los hombres de Putin designaron a un partido liberal, la Unión de Fuerzas de Derecha, como su principal enemigo. La policía dispersaba sus manifestaciones públicas y arrestaba y golpeaba a sus líderes. Putin llama a quienes los apoyan “coyotes”.
Lo sorprendente es que este comportamiento agresivo no se dio en respuesta a ningún peligro visible. Los precios del petróleo están aumentando, al igual que los índices de aprobación de Putin. Todas las instituciones importantes, desde Gazprom hasta el Comité Central Electoral, están en manos de personas a las que él ha nombrado. Desde la pacificación de Chechenia mediante la violencia y los subsidios, la encarcelación o emigración de unos cuantos opositores financieramente viables y las enormes “inversiones sociales” de los últimos años, no hay ninguna fuerza digna de crédito que sea capaz de desafiar seriamente a los hombres de Putin. Sin embargo, su régimen está en crisis y lo saben.
La economía rusa depende más que nunca antes del gas y el petróleo. Se ha dado marcha atrás en la reforma militar. A pesar de sus ingresos crecientes, los rusos tienen menos educación y salud que cuando Putin llegó al poder; siguen muriendo a una edad escandalosamente temprana. La participación de Rusia en asuntos internacionales está manchada por envenenamientos y corrupción.
Los monopolios del Estado deshacen lo que las empresas privadas han creado. Al tener más dinero, los burócratas mal educados contratan más burócratas mal educados. Como resultado, el régimen no logra gobernar al país. El país se rebela y sus gobernantes lo saben. Por ello se alarman.
El objetivo de Putin era sujetar todo el poder al control de las fuerzas de seguridad de Rusia. La generación de oficiales de la KGB a la que él pertenece presenció la caída del Partido Comunista y todos los órganos gubernamentales que “controlaba y dirigía”, incluyendo a la KGB. Con Putin, el servicio de seguridad pudo vengarse. Sus miembros se han vuelto poderosos, arrogantes e inmensamente ricos. También se han vuelto desobedientes.
En 2004, el general Viktor Cherkesov, en ese entonces representante de Putin en el noroeste de Rusia, publicó un ensayo en el que alababa a la KGB como la única autoridad pura en un país corrupto. Este ensayo, más que cualquier otra cosa, definió el segundo período de Putin. En octubre de 2007, Cherkesov (que actualmente es el jefe de uno de los organismos más oscuros y poderosos, la Administración Federal Antinarcóticos) publicó otro ensayo en el que lamentaba la degradación de sus colegas: se quejaba de que los guerreros se habían vuelto comerciantes.
Previamente, los generales de un organismo rival, el FSB, habían arrestado al segundo de Cherkesov por “intervención electrónica ilegal”. En un gesto público de desesperación, Cherkesov admitió que el proyecto de Putin para reanimar la gobernanza rusa había fracasado por haberlo subordinado a los servicios de seguridad.
El segundo de Cherkesov sigue en prisión. La mayoría de la gente piensa que Putin no puede intervenir en su favor. En ausencia del control del Partido Comunista, estos oficiales de seguridad traicionaron su ética corporativa y se dedican a regatear, aplicando la fuerza cuando las cosas no les salen bien. Es claro que esto les sucede a los rusos comunes y corrientes. Lo que Cherkesov reveló es que el círculo de Putin también se enfrenta a esta situación.
¿Qué se debe hacer cuando los ex guerreros de la KGB se atacan mutuamente con sus espadas y sus micrófonos? El caso de Cherkesov ilustra la pesadilla de Putin. Pero si nuestros instintos nos traicionan hay que recurrir a otros más profundos.
Ahora que la gente de Putin ha dejado atrás las ideas neoliberales de sus predecesores y está a disgusto con el grupo de la ex KGB, la tarea es volver a crear un partido político omnipresente que controle los servicios de seguridad, la administración, los negocios y mucho más. Este partido estará centralizado bajo una dirección personal y reducirá al Estado a una ficción jurídica.
Predicando el nacionalismo, sus administradores tendrán confianza en sus competencias universales, en contraposición al profesionalismo y corporatismo al estilo KGB. Boris Yeltsin prohibió por decreto las células de partido en las instituciones controladas por el Estado. Los abogados de Putin revocarán esa decisión. El partido tendrá células o comités en cada fábrica, corporación, unidad militar, departamento universitario, etc. Integrados por el carisma del líder y la disciplina del partido, los miembros dirigirán y unificarán el desolado país.
Este es el plan de Putin. Al igual que el ex líder soviético Yuri Andropov, el único otro hombre de la KGB que gobernó Rusia, Putin será el secretario general del partido. Al igual que en la era soviética, los funcionarios del Estado y del gobierno quedarán reducidos a elementos sin importancia en el partido –el papel que desempeñará el Presidente Medvedev bajo el Secretario General Putin. Y, por supuesto, el cargo de Secretario General no tiene un plazo constitucional limitado.
Al final, Putin tiene lo que la historia le dejó: ideas no, sólo una facción que anhela consolidarse en el poder. Lenin y Trotsky necesitaban un partido para que su ideología se convirtiera en realidad; Putin y Medvedev están diseñando una ideología para consolidar su partido.
Es una ideología extraña. Acusa a los guerreros de ser comerciantes y a los comerciantes de ser ladrones y desprecia sus orígenes marxistas. Subordinará a todos los que realmente trabajan –comerciantes, guerreros, periodistas y otros—a los ideólogos de partido cuya única función es buscar enemigos.


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