PARIS – “Integremos a Rusia si podemos hacerlo, pero contengámosla si es necesario”. Estas dos alternativas ya definieron la estrategia occidental hacia Rusia a mediados de los años 90. Desde entonces, Rusia puede haber cambiado radicalmente, pero no nuestras interrogantes sobre ella. ¿Qué se hace cuando el gran vecino amplía la brecha que existe entre su cultura, que es europea, y su sistema político, que se está haciendo cada vez más "asiático", al menos en el viejo y sombrío sentido de "despotismo oriental"?
¿Tendría que ser la mejor respuesta al retorno de las ambiciones imperiales de Rusia una versión moderna de la Santa Alianza, que busque garantizar la estabilidad y contener a la nueva nación descarriada del mundo? ¿O bien es necesaria una versión moderna de la Conferencia de Yalta, orientada a redefinir los límites políticos de Europa? ¿Podría ser la respuesta un poco de ambas cosas?
Si Rusia se está convirtiendo en lo que era la Francia revolucionaria bajo Napoleón, o si está retrocediendo a la forma soviética –imbuida de una ideología totalitaria, pero con apetito por conquistar y reconquistar- lo que se precisa no es la “liga de democracias” propugnada por algunos conservadores de Estados Unidos. Lo que se necesita, en lugar de ello, es una “liga por la estabilidad” que incluya a actores prominentes como China, India y otros países más interesados en el crecimiento económico que en “desestabilizar” el sistema internacional. Una estrategia así implica, primero que todo, una sólida relación de colaboración con China, no porque esté evolucionando en dirección a la democracia, sino porque es una potencia que privilegia el status quo.
Una estrategia de este tipo llevaría a establecer negociaciones con Irán y, por supuesto, a estrechar vínculos dentro de la OTAN. El mensaje al Kremlin sería claro. “No os engañéis. El nacionalismo y el imperialismo no les llevarán a ninguna parte: no pueden expandirse geográficamente sin que eso implique serios costes para vuestro crecimiento económico y vuestro enriquecimiento personal. Puede que Europa sea débil y esté dividida, y que Estados Unidos no sea ya lo que era, pero con vuestra decreciente población y el lamentable estado de vuestra economía más allá del petróleo y el gas, simplemente no estáis en el grupo de las grandes potencias globales. China lo está; vosotros, no."
Sin embargo, el argumento de la contención no funciona, porque el Kremlin puede seguir haciendo de las suyas de manera irresponsable en todo el mundo, actuando junto con Siria o Venezuela. Lo que es más importante, alinear al planeta únicamente contra Rusia significaría tomarse demasiado en serio sus pretensiones de gran potencia. Por ejemplo, muchos asiáticos creen que Rusia es un problema para Europa, pero que ya no lo es para el resto del mundo. Tras el fin de la Guerra Fría, Japón estaba obsesionado con Rusia como heredera de la Unión Soviética. Hoy están tan preocupados con China que tienen poco tiempo para alimentar temores sobre los rusos.
La otra alternativa a un resurgimiento de la "contención" consistiría en aceptar el argumento de Rusia, o más precisamente, sus "emociones". Significaría decir: “Os hemos humillado innecesariamente a lo largo de los últimos diez años. En temas como la ampliación de la OTAN y el reconocimiento de la independencia de Kosovo, hemos pasado por alto deliberadamente vuestra sensibilidad y vuestros intereses. Sentémonos como Churchill, Roosevelt y Stalin en Yalta y rediseñemos un mapa de Europa para los próximos veinticinco años. ¿Qué queréis recuperar? ¿Con qué nos quedamos nosotros?"
Este enfoque reconocería los “derechos inherentes” de Rusia en la evolución futura del Cáucaso. En los hechos, bajo la conducción de la Francia de Sarkozy, que actualmente tiene la presidencia de la UE, Europa se ha resignado de facto al desmembramiento de Georgia. Las tropas rusas seguirán en Osetia del Sur y Abjasia. Occidente no declarará la guerra a Rusia por una Georgia cuya credibilidad se ha visto muy erosionada por el comportamiento irresponsable de su presidente. En cuanto a Ucrania, puede que algún día pase a formar parte de la Unión Europa, pero su futuro no está en la OTAN.
No obstante, entre una contención abierta, que es muy poco probable y no necesariamente deseable ni realista, y una adaptación que limita con el apaciguamiento, que sería peligrosa para el futuro de Europa, es necesario encontrar una tercera vía basada en unos pocos principios firmes.
Estos principios están claros. Primero, la integridad territorial de Ucrania no es negociable. Esto se ha dicho muchas veces, pero la repetición no disminuye su importancia. Rusia sin Ucrania es una nación-estado manejable; Rusia con Ucrania es un imperio inmanejable.
En segundo lugar, a pesar de la condena de Occidente a la irresponsabilidad de Georgia y a que incorpore a su política lo que Rusia siente acerca de las complejas relaciones históricas con sus antiguos territorios imperiales, es inaceptable la desvergonzada brutalidad del Kremlin. Después de todo, esto es Europa más de seis décadas después de la Segunda Guerra Mundial, y cerca de 20 años después del colapso de la Unión Soviética. No se puede aceptar de manera pasiva el uso de la fuerza para solucionar las diferencias e imponer la voluntad de una nación por sobre otra.
Puede que, en el corto plazo, el tiempo esté del lado de Rusia. En el largo plazo, en términos económicos, demográficos, políticos y estratégicos, el tiempo está de "nuestro" lado, si somos fieles a nuestros valores y principios.


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