Exit from comment view mode. Click to hide this space
Email | Print

¿Es Irak el próximo Afganistán?

Al comienzo de la guerra encabezada por EEUU en Irak, dos visiones contrapuestas daban forma a las predicciones acerca de los resultados. La primera planteaba que el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein daría comienzo a una era democrática en Irak que serviría como modelo y catalizador para un cambio democrático en toda la región.

Tachada por sus detractores como una nueva "teoría del dominó", esta visión presentaba la intervención en Irak como algo similar al papel de los Estados Unidos en el Japón de postguerra. Contra el optimismo del "escenario japonés", los pesimistas argumentaban que era más probable un "escenario somalí". Su razonamiento se basaba en la naturaleza tribal, sectaria y multiétnica de Irak, que, en ausencia de una dictadura, supuestamente haría que Irak entrara en un colapso y se convirtiera en un "estado fallido", con un aumento rampante del poder de los señores de la guerra, los feudos étnicos y religiosos, y la acogida a las organizaciones terroristas.

Pero la principal pregunta ahora es si Irak quedará se desplazará a la deriva a un punto entre estos dos escenarios, cada vez más pareciéndose a Afganistán. Este "escenario afgano" implica un estado débil con un poder nominal sobre feudos que en la práctica con autónomos y que son líderados por caudillos con representación en el gobierno central.

Aunque suene mala, esta perspectiva parece ser un punto medio "realista" entre la visión supuestamente utópica de una democracia floreciente y unificada y la desdicha de un estado fallido. Muchas de las acciones y políticas de la Autoridad Provisional de la Coalición (APC), así como las decisiones de mayor nivel de la administración Bush, parecen apuntar a una aceptación resignada de que las esperanzas iniciales de que Irak abrazara una democracia al estilo occidental estaban fuera de lugar.

De hecho, tales esperanzas estaban fuera de lugar. La cultura política de Irak, así como la de la mayor parte del Oriente Próximo, es imcompatible con los componentes de una democracia reconocible al estilo occidental: faltan las nociones de los derechos y responsabilidades individuales, el concepto de estado patriarcal está profundamente enraizado y la identidad cultural raramente está ligada a la comunidad nacional.

Por otra parte, hay mucha lógica circular en los análisis que consideran la naturaleza "tradicional"de la sociedad iraquí como un obstáculo para la democracia liberal, ya que estos análisis no son neutrales, sino que inadvertidamente entran en la confrotación actual.

En Irak, como en todo el resto de los mundos árabe y musulmán, se está librando una guerra cultural entre dos paradigmas:grandes discursos que aceptan y promueven un entendimiento colectivista (nacionalismo, socialismo, islamismo), versus un paradigma implícito de modernidad individualista enraizado en lo local pero apoyado por la experiencia global. Las líneas fundamentales de esta guerra son las nociones de lo individual, la identidad cultural, la sociedad civil y la nación-estado.

No se debe subestimar el componente religioso islámico en la vida social iraquí. Pero tampoco se debe poner al mismo nivel del islamismo político que lucha por capitalizarlo.

Los discursos nacionalistas y político de izquierdas dejaron su impronta en el sistema de valores iraquí, pero no son sus únicos componentes. De hecho, la aceptación nominal de los grandes discursos de "democracia" y "derechos humanos" como bases comunes para el discurso político representa un giro crucial en la demarcación de la batalla cultural.

Este debate cultural no está limitado a la escena árabe. Hay también fuertes discusiones en Occidente acerca de la aplicabilidad de las instituciones democráticas al contexto árabe.

Los partidarios de la noción de "excepcionalismo árabe", que cuestiona la capacidad de las sociedades árabes de adaptar los sistemas democráticos están, de hecho, aliados objetivamente con los ideólogos de los "grandes discursos", y también con los beneficiarios del orden político basado en el patronazgo al interior del mundo árabe.

Los modelos usados en Occidente, tanto en los círculos políticos como en los académicos, para el análisis y la interpretación de las sociedades árabes sufren de graves deficiencias. En particular, actualmente muchos análisis promueven un modelo étnico, reduciendo a Irak a un constructo artificial que yace sobre una "realidad" fragmentada de comunidades separadas.

Algunos incluso han sugerido acelerar el resultado predicho por esta visión equivocada, dividiendo a Irak en sus componentes originales "genuinos": los suníes, los chiíes y los kurdos. De hecho, la sociedad iraquí es más compleja que esto.

La recepción y adopción de la democracia no son una función de una pertenencia sectaria, sino un reflejo de identidades históricas, culturales, religiosas y políticas multidimensionales dentro de las personas iraquíes. En las circunstancias correctas, es eminentemente posible movilizar a la sociedad iraquí hacia una formulación democrática de su futuro estado. La caída de Saddam corresponde a las circunstancias correctas.

De hecho, el aparente fracaso del surgimiento de un núcleo democrático reconocible en Irak dentro de los primeros meses del colapso de la dictadura de Saddam se debe más a las idiosincracias del proceso que a cualquier supuesta naturaleza esencial de la sociedad iraquí. Tras la caída de Saddam, existió en Irak un gran "campo intermedio" que estaba positivamente dispuesto hacia el discurso y la práctica democráticos. Los errores y revocaciones en las políticas lo erosionaron, abriendo un camino para el islamismo ideológico y un neo-baathismo renovado.

El error clave fue el fracaso de las fuerzas de ocupación en el equipamiento y dotación de poderes al pequeño grupo de figuras democrático-liberales iraquíes para aprovechar este campo intermedio. Como resultado, retrocedió el espacio para una salida democrática liberal. Pero tratar este retroceso como un fracaso sería una profecía autocumplida.

Los demócratas iraquíes deben reevaluar y desarrollar una estrategia pública clara. La APC y la comunidad mundial no deben teñir de prejuicios el resultado de sus iniciativas al aceptar una visión fácil y simplista de la sociedad iraquí.

Incluso si tales iniciativas tienen éxito, el camino hacia un sistema democrático pleno en Irak seguirá siendo arduo y costoso. Pero en lugar de sucumbir a un "escenario somalí", soñar con un "escenario japonés" o preparar el terreno para un "escenario afgano", Irak puede convertirse en el "escenario" de una intervención exitosa en el siglo XXI.

Reprinting material from this Web site without written consent from Project Syndicate is a violation of international copyright law. To secure permission, please contact us.

Exit from comment view mode. Click to hide this space

Comments (0)

You need to login in order to leave a comment. If you do not yet have an account, please register.

Show comments of
close

The two commenting options explained

Watch a 1 minute video
to discover how you can comment on the entire article or a specific paragraph. The two images below also explain the two ways of commenting.

1) Entire article comment
Once logged in, simply click inside the comment box where it says "Enter text here." Enter and post your comment.

2) Paragraph comment
Please log in first. Then click to the left of the desired paragraph. Your cursor will automatically move to the comments box. Enter and post your comment.

Top Project Syndicate commentaries

Email this article

Your name is required.

Your email is required.


Your friend's name is required.

Your friend's email is required.


A message is required.